Invisible

Mi amigo Miguel Munárriz acabó el año con tres horas de visita a la exposición de Ingres en el Museo del Prado, tal y como cuenta en su blog que puede leerse pulsando aquí. No tuve yo tanta fortuna, pues lo terminé con un resfriado inmisericorde, viendo los dos últimos capítulos de Borgen, la serie danesa de la que algunos hablan y muy pocos han visto porque si se hubiese visto, y asimilado, en TVE1 o en LaSexta, lo del bebé Bescansa se hubiera tratado de otra forma, aunque la conclusión fuera la misma. Pero volvamos a los cuadros. Leyendo a Munárriz recordé el doblete que mi mujer y yo hicimos a inicios de diciembre disfrutando de una invitación amical para ver las sedes temporales del Museo Pompidou y del Museo Ruso sitas en Málaga. Ambos están muy bien ubicados y diseñados y son propicios para aprender y disfrutar el arte. Pequeños buques que se amoldan como un guante de seda a la memoria de los visitantes, saturada tantas veces por colecciones inabarcables. Si bien todo resultó de nuestro gusto e interés, me quedé encantado con la exposición temporal dedicada a Pável Filónov.

»«Amigo mío, cada cuadro es un cementerio»

El ruso, un raro y desconocido maestro desatendido por el estado soviético a pesar de las ideas favorables al sistema del propio pintor, fue el creador del arte analítico, alejado del cubismo, y cuyo cimiento principal es el desarrollo orgánico de las obras. Filónov, afincado desde joven en San Petersburgo, otorgaba una importancia crucial a la pincelada fina y corta, una «unidad de acción», componiendo sus cuadros al igual que la naturaleza crea a partir de moléculas y átomos. En definitiva, átomos pictóricos muy precisos que debían integrarse e interactuar tanto con la forma y el color del conjunto como con cada una de las partes del cuadro. Uno de los cuadros, que anunciaba ya esta arriesgada apuesta de Filónov, se titula Familia campesina. Cuentan que un amigo de éste, mientras lo pintaba, acudía cada día a visitarlo. El visitante observó cómo el gallo dibujado en la esquina inferior derecha de la obra aparecía pintado cada vez de un color distinto y un día, después de haberlo visto con el plumaje índigo, siena, albero o marsala entre otros muchos colores, le preguntó: «Pero, Pável, ¿por qué cambias el color del gallo?» Y Filónov, sin dejar de mirar su obra, le contestó: «Amigo mío, cada cuadro es un cementerio». Viene a cuento esta anécdota porque esta idea bien puede trasladarse a otras disciplinas. En la literatura, cada poema o cada página está llena de palabras que han visto la luz, que han vivido en el poema o en el párrafo, pero que un buen día el autor ha debido ordenar su paso a mejor vida, incluso a su pesar. Unas veces porque se alumbra otra palabra más exacta y en otras ocasiones porque molesta o sobra. Rara vez por capricho. Así, al igual que el músico o el pintor, el escritor también es un exterminador y un sepulturero de palabras que sabe que nunca debe acostumbrarse a ese entierro. Y no debe acostumbrarse porque corre el peligro de insensibilizarse y perder el olfato, pues también sucede que una palabra, un verso o un párrafo borrado tenga  que ser luego recuperado. O a la manera de Hamlet, cuando observa junto a Horacio cómo los enterradores no ponen ninguna atención en su trabajo, pues «la mano que menos trabaja es la que tiene más sensible el tacto».

» Cada obra se apoya en el mundo visible y también en el invisible.

Filónov murió de inanición el tres de diciembre de 1941 durante el asedio nazi de Leningrado. Siempre se negó a vender su obra a particulares y fue su hermana la encargada de cumplir sus deseos, donando toda su obra al estado soviético. Esa muerte tan inapropiada -estaba yo pensando cómo debe ser morirse de hambre-, coincidió con el final de nuestra visita a la exposición y, al tiempo, con esa hora tan proclive al almuerzo que nos invitó a las mesas de Dani García y su nuevo menú para esta temporada que ha querido ser un homenaje a Antoine de Saint-Exupéry y El Principito. La comanda comienza con la rosa en una urna, sigue con la exquisita rosa de anguila y acaba con la rosa… prefiero no desvelar el final. Para comerlo sólo hace falta tener ganas y los sentidos dispuestos. Para entenderlo es mejor haber leído el cuento y haberlo disfrutado. El resto es cosa de cada cual. Como se dice en El Principito, lo esencial es invisible a los ojos. Esto mismo lo sabía Filónov, para quien el objeto a representar es más que forma y color, así como para el cocinero y el comensal avezados -quizá también convertidos en exterminadores y enterradores-, cada plato es más que el alimento y su textura. Cada obra pues, se apoya en la experiencia y el conocimiento del mundo visible y también, por fortuna, del invisible.

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3 pensamientos en “Invisible

  1. Excelente el blog de Munárriz, otro admirador del lúcido Ángel González (no esperaba menos, cuando tú recomiendas algo…).
    Aquí un sepulturero consumado (puedo confesar y confieso).
    Abrazo o abrazos (después dudaré entre el singular y el plural, pero hoy ya he ejercido de enterrador en mi blog y voy cumplido).
    Hasta la próxima.

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