El viaje

Están de viaje y la tarde va cayendo. Él agradece que el tren no sea muy veloz. En estos casos la rapidez le aburre. Ella se acompaña con el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa. En un momento él levanta la vista de su libro, interrumpido por la fragancia de su pelo. Le huele al frescor de la abadía de Senanque, aquel aroma de lavanda y sueños. Seguro que ella se lo robó a los monjes para siempre, piensa él.

Vivir tiene secretos horrendos y peajes sin sentido. La vida y el viaje son casi una misma cosa.

Feliz y reconfortado vuelve a sus páginas, unas hojas amarillas, y de repente se encuentra con el poema. Está dedicado a García Lorca. Aparecen barcas, sombras, libros y un niño dormido que le recuerda a Aylan, el pequeño expulsado de todo paraíso que encontró refugio en la arena y el agua durante el último viaje de su vida. Aún le duele su recuerdo. Vivir tiene secretos horrendos y peajes sin sentido. La vida y el viaje son casi una misma cosa. «Escucha», le dice ella, «mira lo que escribe Pessoa: “…no hay poniente tan bello que no pudiese serlo más…”.» El tren está llegando al andén. Los dioses bruñen el aire de la estación con el fulgor dorado del crepúsculo. Los héroes acaban de llegar a su destino. Les espera el vino y la noche, la belleza terrible e imperfecta de la vida. 

         PLAYA
                        A Federico García Lorca

Las barcas de dos en dos,
como sandalias del viento
puestas a secar al sol.

Yo y mi sombra, ángulo recto.
Yo y mi sombra, libro abierto.

Sobre la arena tendido
como despojo del mar
se encuentra un niño dormido.

Y la estela de su marcha
abierta al igual que un libro.

Y yo leyendo en los muros
del ángulo de su huida
los imposibles estímulos.

© Herederos de Manuel Altolaguirre, en Las islas invitadas.

Invisible

Mi amigo Miguel Munárriz acabó el año con tres horas de visita a la exposición de Ingres en el Museo del Prado, tal y como cuenta en su blog que puede leerse pulsando aquí. No tuve yo tanta fortuna, pues lo terminé con un resfriado inmisericorde, viendo los dos últimos capítulos de Borgen, la serie danesa de la que algunos hablan y muy pocos han visto porque si se hubiese visto, y asimilado, en TVE1 o en LaSexta, lo del bebé Bescansa se hubiera tratado de otra forma, aunque la conclusión fuera la misma. Pero volvamos a los cuadros. Leyendo a Munárriz recordé el doblete que mi mujer y yo hicimos a inicios de diciembre disfrutando de una invitación amical para ver las sedes temporales del Museo Pompidou y del Museo Ruso sitas en Málaga. Ambos están muy bien ubicados y diseñados y son propicios para aprender y disfrutar el arte. Pequeños buques que se amoldan como un guante de seda a la memoria de los visitantes, saturada tantas veces por colecciones inabarcables. Si bien todo resultó de nuestro gusto e interés, me quedé encantado con la exposición temporal dedicada a Pável Filónov.

»«Amigo mío, cada cuadro es un cementerio»

El ruso, un raro y desconocido maestro desatendido por el estado soviético a pesar de las ideas favorables al sistema del propio pintor, fue el creador del arte analítico, alejado del cubismo, y cuyo cimiento principal es el desarrollo orgánico de las obras. Filónov, afincado desde joven en San Petersburgo, otorgaba una importancia crucial a la pincelada fina y corta, una «unidad de acción», componiendo sus cuadros al igual que la naturaleza crea a partir de moléculas y átomos. En definitiva, átomos pictóricos muy precisos que debían integrarse e interactuar tanto con la forma y el color del conjunto como con cada una de las partes del cuadro. Uno de los cuadros, que anunciaba ya esta arriesgada apuesta de Filónov, se titula Familia campesina. Cuentan que un amigo de éste, mientras lo pintaba, acudía cada día a visitarlo. El visitante observó cómo el gallo dibujado en la esquina inferior derecha de la obra aparecía pintado cada vez de un color distinto y un día, después de haberlo visto con el plumaje índigo, siena, albero o marsala entre otros muchos colores, le preguntó: «Pero, Pável, ¿por qué cambias el color del gallo?» Y Filónov, sin dejar de mirar su obra, le contestó: «Amigo mío, cada cuadro es un cementerio». Viene a cuento esta anécdota porque esta idea bien puede trasladarse a otras disciplinas. En la literatura, cada poema o cada página está llena de palabras que han visto la luz, que han vivido en el poema o en el párrafo, pero que un buen día el autor ha debido ordenar su paso a mejor vida, incluso a su pesar. Unas veces porque se alumbra otra palabra más exacta y en otras ocasiones porque molesta o sobra. Rara vez por capricho. Así, al igual que el músico o el pintor, el escritor también es un exterminador y un sepulturero de palabras que sabe que nunca debe acostumbrarse a ese entierro. Y no debe acostumbrarse porque corre el peligro de insensibilizarse y perder el olfato, pues también sucede que una palabra, un verso o un párrafo borrado tenga  que ser luego recuperado. O a la manera de Hamlet, cuando observa junto a Horacio cómo los enterradores no ponen ninguna atención en su trabajo, pues «la mano que menos trabaja es la que tiene más sensible el tacto».

» Cada obra se apoya en el mundo visible y también en el invisible.

Filónov murió de inanición el tres de diciembre de 1941 durante el asedio nazi de Leningrado. Siempre se negó a vender su obra a particulares y fue su hermana la encargada de cumplir sus deseos, donando toda su obra al estado soviético. Esa muerte tan inapropiada -estaba yo pensando cómo debe ser morirse de hambre-, coincidió con el final de nuestra visita a la exposición y, al tiempo, con esa hora tan proclive al almuerzo que nos invitó a las mesas de Dani García y su nuevo menú para esta temporada que ha querido ser un homenaje a Antoine de Saint-Exupéry y El Principito. La comanda comienza con la rosa en una urna, sigue con la exquisita rosa de anguila y acaba con la rosa… prefiero no desvelar el final. Para comerlo sólo hace falta tener ganas y los sentidos dispuestos. Para entenderlo es mejor haber leído el cuento y haberlo disfrutado. El resto es cosa de cada cual. Como se dice en El Principito, lo esencial es invisible a los ojos. Esto mismo lo sabía Filónov, para quien el objeto a representar es más que forma y color, así como para el cocinero y el comensal avezados -quizá también convertidos en exterminadores y enterradores-, cada plato es más que el alimento y su textura. Cada obra pues, se apoya en la experiencia y el conocimiento del mundo visible y también, por fortuna, del invisible.

Peatón en París

Existe una parte de mí que en este octubre flojo se nota algo tontorrón, encendido entre la alegría y el placer. Que nadie se preocupe. Seguro que es algo pasajero, un rubor sin importancia, una fiebre otoñal. La otra sigue íntegramente cabreada e impotente con la vergüenza que siento cada vez que leo o veo las últimas noticias: parafraseando a la escritora polaca Wislava Szymborska, pido perdón a todos esos seres sin casa por seguir la vida, mi vida, como puedo. Así que por la tarde salgo a la calle y me aparco en un café. Leo El peatón de París, de Léon-Paul Fargue. Fargue ya está muerto pero nos dejó este trabajo de flâneur baudelaireiano, espectador y detective, observador y protagonista, escrito en 1938 con dotes de narrador ligero y ánimo de poeta. Fargue vive las habitaciones de los hoteles, disfruta los cafés, cruza los barrios, las plazas, los muelles y los mercados. No parece que los elija. Más bien se deja llevar. Creo que algo así como hacemos mi mujer y yo cada vez que inauguramos las aceras de una ciudad: a la aventura de las calles sin rumbo, lo sé, muy proustiano, pero nada del otro mundo, nada que no pueda hacer cualquiera que use la guía de viaje sólo como una pequeña ayuda para orientarse en el territorio.

» Lo propio de las parisinas era ser célebres.

Fargue, moroso con esas geografías urbanas, se detiene también en las mujeres y hombres que pueblan la ciudad para dibujar los retratos del alma con nostalgia, humor e ironía. Y el resultado de esa unión entre la geografía física y la humana podemos leerlo, por ejemplo, cuando se refiere al café Wepler, en Montmartre: «La gran sala de billar del Wepler tiene rasgos en común con la Bolsa. Algunos clientes se estrechan la mano sin conocerse, a pesar de que llevan años acudiendo con sus damas, como para cumplir con un deber preciso y nocturno. Son colegas, como los agentes de bolsa ilegales o los procuradores. Su plaza entre la diez y las doce es place Clichy, y las copas absorbidas acaban por convertirse en parte del material de oficina. Aventureros que jamás abandonan París, abogados de oficio con corbatas bien alineadas y hombreras americanas, burócratas que sentencian a veces en latín ante antiguos compañeros de colegio, profesores de enseñanza secundaria que ningún arte tentara, neurasténicos que sólo cuentan con ese rato para olvidar la vida, la falta de esposa y la carencia de encantos… El Wepler es benigno para todas esas criaturas: las protege, las cobija, las consiente…».

» Elevarse a la categoría suprema de bohemío y/o librepensador
tras un par de vinos es un ejercicio necesario de sabiduría.

Leyendo a Fargue es fácil nostalgiar París. Yo, sin ir más lejos, nostalgio la rue Cadet, en Opera, donde mi mujer y yo nos alojamos durante un otoño de hace un par de años en uno de esos apartamentos con vista a los tejados de pizarra y un patio en el que la vida rebullía detrás de cada ventanal, ajena a nuestra mirada. Pero lo cierto es que, como cualquier ciudad, son las aceras las que hacen al peatón. Asaltar las calles de París, «ciudad de crímenes pasionales y puñaladas», puede ser inolvidable un sábado por la mañana: disfrutar con el trote de los olores a pan y mantequilla, los pescados frescos y la sensualidad de las ostras, comprar flores y un periódico, visitar uno de los tantos pequeños museos (el Gustave Moreau es todo un símbolo de buen gusto e incita al abandono…) y elevarse después a la categoría de bohemio y/o librepensador tras un par de vinos donde caiga, admirando los objetos de la calle y observando los gestos de los peatones, es un ejercicio necesario de sabiduría. Fargue se detiene para hablar del carácter del parisino y de la parisina, aunque me temo que ochenta años después los retratos se hayan alterado. Porque a pesar del placer que se experimenta leyendo este libro, el París reflejado ya no existe. Ello no obsta para que el lector pueda encontrar un buen puñado de diamantes entre sus párrafos como cuando dice que «lo propio de las parisinas era ser célebres», o bien cuando escribe que «el parisino es un señor que va al Maxim’s, sabe decir dos o tres frases trilladas a su estanquera y muestra por lo general mucha amabilidad con las mujeres. Ama los libros, gusta de la pintura, conoce los restaurantes dignos de semejante nombre, no contrae demasiadas deudas —si no ninguna— y lega a sus hijos líos de faldas sin resolver». Pero ya les digo, este París de Fargue ya no existe. Lo que sí queda todavía es el eco de una mujer que vivió aquellas noches, aquellas calles y aquella ciudad, cuando «el placer era una cosa divina, supremamente elegante; era el arte por excelencia. En cambio, ahora, se ama deprisa y con seriedad…». En fin, esta imperdonable alegría de vivir.

P.S.: Alguien a quien conozco bien me envía este texto de Helen Macdonald. Lo hace con inusitada maldad, para que siga tontorrón…

«Hay un tiempo en la vida que esperas que el mundo esté siempre lleno de cosas nuevas. Y luego llega el día en que te das cuenta de que no será así en absoluto. Ves que la vida se convertirá en una cosa llena de agujeros. De ausencias. De pérdidas. De cosas que estuvieron allí y ya no están. Y te das cuenta, además, de que tienes que crecer alrededor y entre los vacíos, aunque si alargas la mano hacia donde estaban las cosas sientas esa tensa, resplandeciente opacidad del espacio que ocupan los recuerdos».