Equatoria/

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Equatoria es el segundo y estupendo volumen de la nueva era de Corto Maltés, ahora en manos del guionista Juan Díaz Canales y del dibujante Rubén Pellejero, inspirados en la obra creada por el italiano Hugo Pratt quien, a su vez, logró con las aventuras de su personaje agrandar las fronteras de la literatura y la semántica de la imaginación a miles de lectores de varias generaciones.

De la obra de Hugo Pratt dedicada a Corto Maltés se puede pensar que sus guiones no son literatura, pero sería injusto y falto de sensibilidad afirmarlo. Sin duda estamos ante una contradicción, fácilmente resoluble si aceptamos que leyendo a Corto Maltés nos situamos en ese poderoso espacio creador donde cada palabra —y también cada dibujo— se somete al sincopado universo del cómic, pero en el que nuestra soberanía como lectores se ejerce sin límite, capaces de crear toda la literatura, todas las palabras de las que por necesidad debe prescindir una historia contada en cuatro tiras por página. Será así como nuestra imaginación, con la ayuda de nuestro bagaje lector, completará a discreción tanto el texto como esa sucesión de dibujos que se tornará fotográfica, cuasi fílmica, pero siempre literaria. Leer más…

Corto Maltés: siempre de paso

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Trenes

Cuando era pequeño, durante los veranos en casa de mi abuela, el pitido del expreso de medianoche marcaba la hora de los sueños. Ahí se entremezclaban con los humos, los vapores y mil historias más. A la mañana siguiente, siguiendo los raíles de la vía, varios amigos íbamos camino de la estación. El juego consistía en mirar, en ver e imaginar. Las locomotoras paraban y bufaban como paquidermos antediluvianos, sudorosos. Mis ojos de chaval escrutaban a los estraperlistas que mi abuela me había enseñado a esquivar, o a esas mujeres que partían para alcanzar un futuro en Madrid y luego dios sabe adónde. Y también a hombres rudos y afilados, que se bebían el último trago en la cantina antes de partir con un Celtas, un Ducados o un Yuste amarrado a los labios. El gabán al hombro. No recuerdo demasiadas sonrisas. Tal vez las de algún seminarista progre. Pero lo que más recuerdo son mujeres cargadas de maletas con el pañuelo en la cabeza, quintos famélicos y señores de bigote fino, atildados o zalameros. No sé bien por qué. A veces temo que mi mirada esté saboteando la realidad de aquel pasado y la verdad fuera que no hubiera tantas mujeres con el pañuelo en la cabeza ni que los quintos estuvieran tan hambrientos. Y quizás aquellos delgados bigotes sólo fueran una moda que emulaba a los galanes cinematográficos de la época. De lo que sí me acuerdo con nitidez es de ese beso arqueado que dejó a aquella mujer pelirroja mirando cómo el tren se perdía en un cielo bajo de nubes.

Quiero apoyar a los extremeños que mañana se van a manifestar en la Plaza de España en Madrid para que el tren del siglo XXI llegue dignamente, y de una vez por todas, a su Comunidad.

Un día de finales de invierno, mi abuela me acompañó de vuelta a la casa de mis padres. ¡Cómo no recordar aquella luz casi oxidada de los compartimentos! Segunda clase. Ocho personas en cada uno. Había fotografías de lugares colgadas bajo el portaequipajes que invitaban a soñar. El humo del tabaco omnipresente. Conversaciones entrecruzadas, problemas de familia, anhelos profesionales, largas horas de viaje, confesiones, la comida ofrecida y en ocasiones bendecida. Mi abuela me dejó salir al pasillo y me puse a mirar por la ventanilla. A veces reconocía mi rostro en el cristal. Una mujer joven me acarició el pelo y pasó de largo junto a un hombre. La seguí con la mirada. Ella se volteó y me miró radiante. No supe qué pensar. Oí sus risas a lo lejos. Años más tarde, en un viaje en tren entre Budapest y Viena, lo comprendí casi todo. Se llamaba Maria Pezlö y tenía unas uñas exquisitas: me dejó un rasguño en los labios y un par de heridas en el alma. Y también años después el tren fue un lugar donde sosegar el viaje y los días, donde pensar y trabajar. Recuerdo mis primeros viajes del AVE entre Sevilla y Madrid. La gente todavía iba callada, disfrutando la música del silencio a una velocidad rayana en los 300 kilómetros por hora. Ahora nos hemos acostumbrado e imperan el ruido y la exasperación: las voces altas, los teléfonos descontrolados, los permisivos padres con su tropa, toda esa mala educación. Pero a pesar de todo, el tren es conexión y progreso y, a diferencia del automóvil o el avión, todavía es un remanso de paz donde mantener una lúcida conversación, trabajar, leer un libro o ver un paisaje que de otra forma nos estaría vedado.

Les cuento todo esto porque quiero apoyar a todos los extremeños —y pienso también en la gente de Asturias, de Murcia y de otras tierras de España— que mañana van a manifestarse en Madrid con el fin de que el tren llegue de una vez por todas en condiciones dignas a esa comunidad. Me cuenta José Luis Quintana, el alcalde de Don Benito, que lo mejor de todo ha sido la cantidad de personas que se han movilizado y que se han conjurado para seguir haciéndolo después. Para que el tren del siglo XIX duerma ya tranquilo y podamos ver en Extremadura esas aves del siglo XXI volando rasas y veloces, trayendo y llevando el trabajo y el comercio, la industria y la cultura y más que nunca, todos los sueños.

 

La ebriedad del suicida

Hoy escribo en ZENDA sobre el libro Autorretrato de Édouard Levé.

Hay libros de los que uno tiene la sensación de salir acompañado por algún personaje; en otros abandona la última página vestido con el aliño de la orfandad. Este último sería el caso de Autorretrato, de Édouard Levé, traducción del bonaerense Matías Battistón y cronológicamente la tercera de las cuatro obras que escribió en toda su vida: ObrasDiarioAutorretrato y Sucidio. Con 87 páginas y una media de 25 frases por página, lo que supone aproximadamente unas dos mil, el lector podrá observar cómo el autor y protagonista de este libro erige una imagen iconoclasta sobre su propia persona, desde lo físico a lo ideológico pasando por varios asuntos no menores y otros sencillamente irrelevantes. LEER MÁS…

La ebriedad del suicida