Increíble

Hace una semana, de camino a Trieste, tan eslovena, tan italiana, tan austrohúngara, tan mitteleuropa, Venecia me ofrecía una cita inexcusable para añadir a sus habituales encantos. Se trataba de la última exposición de Damien Hirst, titulada Treasures from Wreck of the Unbelievable (Tesoros del naufragio del Increíble). Los trabajos emplazados en las bellas amplitudes del Palazzo Grassi y Punta de la Dogana se dejan ver con holgura y tranquilidad. Hirst, encomendado y entregado a fondos de inversión —la exposición ha costado unos 50 millones de euros (100.000 de los cuales fueron utilizados para eliminar el olor a pescado del mercado de Venecia en donde se realizó la inauguración)—, se convierte en el creador y productor de esta narración que acoge más de 200 piezas que se muestran tal como fueron encontradas, unas en estado de ruina, otras reconstruidas y aún otras restauradas. Las obras se pondrán a la venta a partir de 200.000 euros y cotizará en su parte más alta por unos 4 millones. Una nimiedad teniendo en cuenta que tanto usted como yo no vamos a pujar más allá de posar con una irónica mirada o un suspiro a medio camino entre la envidia y el deseo.

«Lo que está pasando en Cataluña es una falsificación, como todo lo que se representa ahí dentro»

Pero vayamos al meollo, que es donde está lo más guai. Excepcional por su concepción, ejecución y escala, Damien Hirst nos cuenta la historia del antiguo naufragio de un inmenso buque, el Increíble (Apistos en el original griego), y nos muestra lo que se descubrió y rescató de su preciosa carga: la impresionante colección de Aulus Calidius Amotan —un liberto más conocido como Cif Amotan II— que estaba destinada a un templo dedicado al sol. Pero aunque todo es real, pues las piezas y esculturas están presentes, nada es verdad. Nunca existió Cif Amotan II, ni el buque Increíble, ni, por supuesto, su sustantiva carga. La única verdad es que Hirst ha creado un storytelling que funciona a la perfección, poniendo en marcha los mecanismos de la creación para reflejar —y tal vez denunciar— las mentiras del arte y de la sociedad.

Estamos ante un naufragio increíble, irreal, inventado, producto sólo de la imaginación y la creación del artista. Las ruinas increíbles a partir de las cuales se realizan obras de una factura increíble.

Salí emocionado, racionalmente conmovido por la belleza de muchas de las piezas expuestas y me fui a tomar un spritz a la terraza del Hotel Bauer, para ver pasar las nubes, los vaporettos y esta vida. Allí entablé conversación con Carlo, el barman que prepara al decir de muchos los mejores cócteles de Venecia. Habla español mejor y con más soltura que muchos compatriotas. Me preguntó: «¿Qué tal van las cosas por Cataluña?» Me sorprendió, pero lo vi claro. Frente a mí podía distinguir sobre las balaustradas exteriores de Punta de la Dogana, el Cráneo del Unicornio, una de las obras de Damien Hirst. Señalé con el dedo y le dije: «Lo que está pasando en Cataluña es una falsificación, como todo lo que se representa ahí dentro». «Pero… ¿no le parece bello?». «¡Por supuesto, Carlo! Bellísimo. ¡Qué sería de la mentira si no viniera envuelta en belleza! Nadie se la creería». Carlo chasqueó la lengua: «¿Le apetece otro spritz?, señor».

«En algún lugar entre la verdad y las mentiras, está la verdad».

Volví a los tesoros del Increíble y reparé en dos elementos sobre los que el artista ha querido captar nuestra atención. Y ambos proceden del lenguaje. El primero aparece en el propio título de la exposición. Las palabras Wreck (naufragio) y Unbelievable (increíble) van destacadas en negrita en todos los folletos: es decir, estamos ante un naufragio increíble, irreal, inventado, producto sólo de la imaginación y la creación del artista. Las ruinas increíbles a partir de las cuales se realizan obras de una factura increíble. El segundo aparece en el dintel de entrada a la segunda parte de la exposición. Se trata de un retruécano que en inglés dice: Somewhere between the truth and the lies, lies the truth. (En algún lugar entre la verdad y las mentiras, está la verdad). Luego regresé a la contemplación de la Punta de la Dogana y la escalinata de la Basílica de Santa María de la Salud, el único lugar del mundo en el que una mujer me hizo llorar.

 

Anuncios

París, mapa y territorio

París, redonda y categórica como una rueda, mapa y territorio a un mismo tiempo, epicentro de movimientos y vanguardias, de protestas y bohemia, de tramas y conspiraciones, sinónima de lujos y buen vivir, ha sido habitada por los más importantes artistas, pintores y escritores de medio mundo a lo largo de las dos últimas centurias.

En Las mujeres de la calle Luna, he querido descubrir una ciudad en pleno invierno, fría y lluviosa, alejada del glamur y la bohemia y pegada a la realidad de un asfalto duro por donde pululan unos personajes que afrontan el conflicto de sus propias vidas.

Y ello sin olvidar la multitud de personas de toda condición, nacidos, residentes, forasteros y otras gentes de paso, hacedores y espectadores de su indiscutible papel protagonista en la cultura mundial y europea. Sin embargo, esta ciudad, como todas, tiene su envés y al igual que la luna, también su cara oculta. En mi novela Las mujeres de la calle Luna, he querido descubrir una ciudad en pleno invierno, fría y lluviosa, alejada del glamur y la bohemia y pegada a la realidad de un asfalto duro por donde pululan unos personajes que afrontan el conflicto de sus propias vidas. Un París por el que se camina, como ese flâneur de Baudelaire o, más reciente, ese peatón de León-Paul Fargue, abierto de ojos y brazos a cualquier acontecimiento y atento a las vicisitudes que la conciencia imprimirá en el alma de los paseantes o caminantes de esta urbe que, si es llamada «La ciudad luz», conviene no olvidar que así es porque Luis XIV ordenó iluminarla con antorchas para combatir la delincuencia. El lector visitará en Las mujeres de la calle Luna las banlieus, esos suburbios donde se respira la injusticia y la discriminación, paseará por arterias y calles deshabitadas que, como la rue Watt, han fecundado el imaginario artístico de fotógrafos, poetas y escritores o también una torre menos conocida y más prosaica que la Torre Eiffel, ese monolito negro y casi enigmático que es la torre Montparnasse, desde la cual observar el caos de un mundo y sus habitantes, de una ciudad que, sin embargo, nunca dejará de fascinarnos. No en vano, París, con su historia y su miseria, sus muelles y sus gabarras, sus cafés y sus tejados, nos pertenece a todos.