Catatonia

Dejé Trieste con una cortina de agua que caía enrabietada, intercalándose con unos rayos de sol cegadores que hicieron de mi despedida algo hipnótico, inolvidable. El tren salió a su hora, paró en Duino y llegó a la estación de Santa Luzia a tiempo de trasladarme al aeropuerto Marco Polo para tomar el avión que me dejó muy cerca de Oviedo. Todo ello en poco más de seis horas. Ya en casa pensé, entre otras cosas, en el tiempo que me hubiese llevado semejante periplo hace uno o dos siglos. El apunte es obvio pero no baladí. Sirve para recordarnos que estamos en el siglo XXI y que, en algunos asuntos, somos las primeras generaciones que vivimos habiendo alcanzado el futuro.

Pero vayamos al meollo, porque a cada viaje le sienta bien su reposo, una distancia de silencio para aquilatar los recuerdos y que acaso sirva para brindarnos alguna certidumbre. Siquiera en estos días en el que una minoría de españoles de Cataluña —cuantitativamente merecedores de ser tenidos en cuenta a los efectos oportunos por el Estado español, tal y como siempre se hace en cualquier país civilizado de la Unión Europea—, nos arroja al resto de bienhumorados y pacientes ciudadanos su mezquindad, su retahíla de impúdicos agravios y ese íntimo y feroz odio indisimulado tras esos vídeos de propaganda nacionalpopulista, mensajes virulentos y manifestaciones que ellos, tan históricamente eufemísticos, denominan «pacíficas». Por lo visto, cada cierto tiempo su particular geografía y su clima son implacables con sus habitantes y, al igual que ayer, se sienten urgidos a liarse la república, la nación o lo que sea menester a la cabeza con tal de que su lengua bífida —y su bolsillo— no se oxide.

Catatonia, república de lo telúrico y lo celestial, de lo cateto y lo tabernario, del calçot y la teta.

No hablo solamente de los políticos profesionales o de paso, instigadores de un proceso reaccionario y golpista contra la soberanía del pueblo español y sus derechos fundamentales. No. Hablo de los ciudadanos mejor formados que disfrutan por su mérito y situación de un acceso privilegiado a la información y están, por tanto, en condiciones de mantener una actitud crítica ante los hechos y acontecimientos presentes y pasados. Para nuestra desgracia, pareciera que estos no viajaran, que no tuvieran acceso a la realidad, que desconocieran los problemas y los padecimientos cotidianos de sus compatriotas y que, fruto de esa ignorancia, hayan acabado por ausentarse de la vida de los demás tal si hubieran sufrido un ataque de rigidez y estupor mental: la catatonia de la Catalonia y el hallazgo no me corresponde. Se asemejan a esa Kakania, el reino de la kaka, que plasmara y satirizara notablemente Robert Musil: esa apoplejía austrohúngara que deseaba mantener el Kaiserlich und Königlich (imperial y real) sin más recursos que aquel Asserviert, “a la espera de nuevas consideraciones”, que acababa escrito en forma abreviada —Ass— en cualquier informe oficial. Pero la actualidad de esta catatónica Cataluña es menos literaria y más abyecta, herida de desafectos e hipocondrías endémicas, que al igual que Zeno, el personaje del triestino Italo Svevo, padece una malade imaginaire mucho peor que una enfermedad real porque es de todo punto de vista incurable. Y así estamos hoy, tristes y cansados, esperando una mejora en la enfermedad de esta Catatonia, república de lo telúrico y lo celestial, de lo cateto y lo tabernario, del calçot y la teta.

Pero yo hablaba de Trieste, ciudad ambigua y subrepticia, de estratos italianos, alemanes, austriacos, húngaros o eslovenos, kársticos y mediterráneos… que precisamente me recibió en la Plaza de la Bolsa con el SLOFEST, un festival esloveno en el que la empresa, la cultura, las mujeres y el comercio de los propios eslovenos de la ciudad y sus alrededores son protagonistas durante unos días para continuar proactivos en el entramado socioeconómico y cultural triestino, sin renunciar a su pasado,

Hay viajes que acaban en la derrota y la esterilidad como este que conduce a la separación y al que nos han llevado un puñado de kamikazes fracasados.

conquistando un futuro compartido, sin pisar al vecino. Porque ya han aprendido que nunca más sobrará nadie y que juntos, con el resto de comunidades, serán no sólo más fuertes, sino una sociedad con mejores ciudadanos: europeos, por supuesto. Han aprendido que el viaje no puede seguir siendo circular, centrípeto y conservador, sino un viaje continuado hacia la inquietud, lo centrífugo y progresista. Un viaje que cruza fronteras para amarlas sin convertirlas en sagradas, porque viajar es «también descubrir que siempre se está en el otro lado», como aclara Claudio Magris aludiendo al viajero que aniquila las identidades integrales para alcanzar la identidad del futuro: multiseminal y poliédrica, contingente y variable.

Hoy Trieste mira al mundo, inmersa en una Europa que ayuda a construir, mirando a sus vecinos como iguales. En cambio, esa multitud catalana, representantes de la rauxa, se mira el ombligo y gime y lagrimea como plañidera mientras urde cómo ensanchar sus privilegios, saboteando a millones de ciudadanos españoles y europeos que creyeron en Cataluña como la tierra prometida de la vanguardia económica, social y cultural, espejo en el que mirarnos. Hoy la miramos defraudados. Les ha vencido el remolino de unas ideas decimonónicas agitadas por un batiburrillo de brokers sectarios que manipulan las emociones de los ciudadanos comprando y vendiendo sentimientos sin importarles nada que no sea su propio interés. Y es que también hay viajes que acaban en la derrota y la esterilidad como este que conduce a la separación y al que nos han llevado un puñado de kamikazes fracasados, cortos de visión política, abandonados en su indigencia moral y apoyados por los mismos de siempre. Es a Trieste donde debes viajar, Ulises. El siglo XXI te espera.

 

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Increíble

Hace una semana, de camino a Trieste, tan eslovena, tan italiana, tan austrohúngara, tan mitteleuropa, Venecia me ofrecía una cita inexcusable para añadir a sus habituales encantos. Se trataba de la última exposición de Damien Hirst, titulada Treasures from Wreck of the Unbelievable (Tesoros del naufragio del Increíble). Los trabajos emplazados en las bellas amplitudes del Palazzo Grassi y Punta de la Dogana se dejan ver con holgura y tranquilidad. Hirst, encomendado y entregado a fondos de inversión —la exposición ha costado unos 50 millones de euros (100.000 de los cuales fueron utilizados para eliminar el olor a pescado del mercado de Venecia en donde se realizó la inauguración)—, se convierte en el creador y productor de esta narración que acoge más de 200 piezas que se muestran tal como fueron encontradas, unas en estado de ruina, otras reconstruidas y aún otras restauradas. Las obras se pondrán a la venta a partir de 200.000 euros y cotizará en su parte más alta por unos 4 millones. Una nimiedad teniendo en cuenta que tanto usted como yo no vamos a pujar más allá de posar con una irónica mirada o un suspiro a medio camino entre la envidia y el deseo.

«Lo que está pasando en Cataluña es una falsificación, como todo lo que se representa ahí dentro»

Pero vayamos al meollo, que es donde está lo más guai. Excepcional por su concepción, ejecución y escala, Damien Hirst nos cuenta la historia del antiguo naufragio de un inmenso buque, el Increíble (Apistos en el original griego), y nos muestra lo que se descubrió y rescató de su preciosa carga: la impresionante colección de Aulus Calidius Amotan —un liberto más conocido como Cif Amotan II— que estaba destinada a un templo dedicado al sol. Pero aunque todo es real, pues las piezas y esculturas están presentes, nada es verdad. Nunca existió Cif Amotan II, ni el buque Increíble, ni, por supuesto, su sustantiva carga. La única verdad es que Hirst ha creado un storytelling que funciona a la perfección, poniendo en marcha los mecanismos de la creación para reflejar —y tal vez denunciar— las mentiras del arte y de la sociedad.

Estamos ante un naufragio increíble, irreal, inventado, producto sólo de la imaginación y la creación del artista. Las ruinas increíbles a partir de las cuales se realizan obras de una factura increíble.

Salí emocionado, racionalmente conmovido por la belleza de muchas de las piezas expuestas y me fui a tomar un spritz a la terraza del Hotel Bauer, para ver pasar las nubes, los vaporettos y esta vida. Allí entablé conversación con Carlo, el barman que prepara al decir de muchos los mejores cócteles de Venecia. Habla español mejor y con más soltura que muchos compatriotas. Me preguntó: «¿Qué tal van las cosas por Cataluña?» Me sorprendió, pero lo vi claro. Frente a mí podía distinguir sobre las balaustradas exteriores de Punta de la Dogana, el Cráneo del Unicornio, una de las obras de Damien Hirst. Señalé con el dedo y le dije: «Lo que está pasando en Cataluña es una falsificación, como todo lo que se representa ahí dentro». «Pero… ¿no le parece bello?». «¡Por supuesto, Carlo! Bellísimo. ¡Qué sería de la mentira si no viniera envuelta en belleza! Nadie se la creería». Carlo chasqueó la lengua: «¿Le apetece otro spritz?, señor».

«En algún lugar entre la verdad y las mentiras, está la verdad».

Volví a los tesoros del Increíble y reparé en dos elementos sobre los que el artista ha querido captar nuestra atención. Y ambos proceden del lenguaje. El primero aparece en el propio título de la exposición. Las palabras Wreck (naufragio) y Unbelievable (increíble) van destacadas en negrita en todos los folletos: es decir, estamos ante un naufragio increíble, irreal, inventado, producto sólo de la imaginación y la creación del artista. Las ruinas increíbles a partir de las cuales se realizan obras de una factura increíble. El segundo aparece en el dintel de entrada a la segunda parte de la exposición. Se trata de un retruécano que en inglés dice: Somewhere between the truth and the lies, lies the truth. (En algún lugar entre la verdad y las mentiras, está la verdad). Luego regresé a la contemplación de la Punta de la Dogana y la escalinata de la Basílica de Santa María de la Salud, el único lugar del mundo en el que una mujer me hizo llorar.