París, mapa y territorio

París, redonda y categórica como una rueda, mapa y territorio a un mismo tiempo, epicentro de movimientos y vanguardias, de protestas y bohemia, de tramas y conspiraciones, sinónima de lujos y buen vivir, ha sido habitada por los más importantes artistas, pintores y escritores de medio mundo a lo largo de las dos últimas centurias.

En Las mujeres de la calle Luna, he querido descubrir una ciudad en pleno invierno, fría y lluviosa, alejada del glamur y la bohemia y pegada a la realidad de un asfalto duro por donde pululan unos personajes que afrontan el conflicto de sus propias vidas.

Y ello sin olvidar la multitud de personas de toda condición, nacidos, residentes, forasteros y otras gentes de paso, hacedores y espectadores de su indiscutible papel protagonista en la cultura mundial y europea. Sin embargo, esta ciudad, como todas, tiene su envés y al igual que la luna, también su cara oculta. En mi novela Las mujeres de la calle Luna, he querido descubrir una ciudad en pleno invierno, fría y lluviosa, alejada del glamur y la bohemia y pegada a la realidad de un asfalto duro por donde pululan unos personajes que afrontan el conflicto de sus propias vidas. Un París por el que se camina, como ese flâneur de Baudelaire o, más reciente, ese peatón de León-Paul Fargue, abierto de ojos y brazos a cualquier acontecimiento y atento a las vicisitudes que la conciencia imprimirá en el alma de los paseantes o caminantes de esta urbe que, si es llamada «La ciudad luz», conviene no olvidar que así es porque Luis XIV ordenó iluminarla con antorchas para combatir la delincuencia. El lector visitará en Las mujeres de la calle Luna las banlieus, esos suburbios donde se respira la injusticia y la discriminación, paseará por arterias y calles deshabitadas que, como la rue Watt, han fecundado el imaginario artístico de fotógrafos, poetas y escritores o también una torre menos conocida y más prosaica que la Torre Eiffel, ese monolito negro y casi enigmático que es la torre Montparnasse, desde la cual observar el caos de un mundo y sus habitantes, de una ciudad que, sin embargo, nunca dejará de fascinarnos. No en vano, París, con su historia y su miseria, sus muelles y sus gabarras, sus cafés y sus tejados, nos pertenece a todos.

Paseo aleatorio con deriva

El año se acaba. Salgo a la calle. Es un espléndido día de frío. Me cruzo con vecinos, comerciantes del barrio, la mujer del quiosco, perros y jubilados con poca prisa. Cruzo el parque, sigo por el bulevar, hacia la ronda norte y al poco advierto que no conozco a nadie. Rostros renuentes o angelicales pasan y no pasa nada. Tampoco conozco estas calles. Ya no sé dónde estoy. Me detengo ante un grafiti. Leo: «El sueño de la razón produce monstruos y también nacionalistas y populistas». Me largo por una avenida, me detengo en una esquina y un escuálido rayo de sol me deslumbra.

Cada uno de los pasos que doy es la posibilidad de un mundo entre los mundos.

Me quedo quieto y escucho a un hombre mayor de pelo blanco que se dirige a otros: «Quienes dan voz a la maldad, la mentira y la ignorancia siembran tormentas. Quienes se hacen eco y las repiten, recogen tempestades. Y todos acabamos pagando las unas y las otras. Por cierto, tal y como somos no me extraña que en nuestro país se pase por la quilla a cualquiera que disienta de las emociones y sentimientos patrios: que yo no me sienta, pongamos que catalán, español o europeo no es óbice para conocer cómo somos, y cómo se las gastan, los catalanes, españoles y la tropa de mi pueblo. Así que si yo fuera intelectual o cualquier otra cosa que se le parezca (artista, cineasta, escritor, bailarina…) antes de hacer declaraciones estudiaría con terca paciencia a mis compatriotas. Y luego de estudiar, bailaría, escribiría o dirigiría lo que me diera la gana, y cuando se me ocurriera hablar aguantaría la vela. La gente de este país sabe bien cómo hacer una guerra. Ya lo hicieron hace ochenta años con balas fraternales. Ahora se disparan twetts y se lanzan mensajes como goyescos garrotazos. Pero a quién le importa cómo me sienta yo. Tengo un pasaporte español y pago mis impuestos en España, ergo…». 

Entro en el mercado. Qué hermosos los ojos de los besugos, la piel de las naranjas y las arrugas de esta señora que le dice a la carnicera con ternura de triángulo equilátero: «Mira, Juani, es moralmente necesario que yo no me muera todavía. Los científicos tienen que darse prisa y conseguir un remedio que me facilite la coquetería hasta los 140 años, por lo menos». 

Entro en una galería. Hay un cuadro que me sorprende. Se titula Crespúsculo. Es bello. Se trata de una calle, una hilera de pequeños edificios con algunas personas al fondo que se confunden con la noche a punto de caer. Si uno se acerca, ve las pinceladas de color que la pintora ha dispuesto, a veces abigarradas, inquietas como almas en un purgatorio; otras, el pincel danza en el cielo a la manera de los paisajes de Cezanne, contraponiéndose a una fachada en rojo que hubiera firmado Toulousse-Lautrec. Pero cuando me alejo, todo adquiere una deliciosa profundidad; la perspectiva seduce la mirada y la luz emerge de lo oscuro. La calle está llena de vida. Conozco esa calle y esa noche. Ya he estado en ella alguna vez. Me alojé en el hotel del segundo piso. Recuerdo cuando salía a caminar al atardecer, con el calor dulzón y pegajoso de las ciudades coloniales. Y me acuerdo… aún fascinado… esos hombres… aquella mujer. La pintura es luz. Y recuerdo. Le muestro mi interés a la galerista. Charlamos.

Necesito un café. Tal vez dos. El camarero es argentino. Y filósofo, me aclara él. Me dice que la máxima aspiración de todo político, sea o no sea populista, es convertirse en un político de la élite. De lo contrario, continúa, no sería un político comme il faut, sino un arribista presuntuoso, o lo que es peor, un presuntuoso a secas. Tomo un sorbo. El camarero es argentino, filósofo y también escritor. Me lee un aforismo de su libreta: «Al igual que los jurados en los premios, en los referéndums el pueblo acaba fallando». Me dejo caer en una silla y Napoleón, así se llama el camarero argentino, filósofo y escritor, me acerca un artículo del Financial Times. De vez en cuando juega en bolsa, me confiesa con un guiño. Me pide que lo lea. Dice: «Para una sociedad que aspire a entender de economía sin mayores pretensiones», escribe un tal Peter Carus, «debe leerse el Manual de predicción económica. En el volumen XXVII, capítulo LVI, se dice: “Como lo más probable es que nos equivoquemos en nuestras predicciones, deberemos disponer de un mecanismo de revisión lo más ajustado y rápido posible”. Lo que debemos formular del siguiente modo: MR= ∑Aj+R² / P. En donde el Mecanismo de Revisión (MR) es igual al sumatorio del Ajustado (ajustes más ajustes más ajustes más…) más el cuadrado de Rápido (R²) dividido por lo Posible (P), intangible de valor variable según la Escuela de Chicago”». Le confieso a Napoleón que no entiendo nada. Y él me dice que así no voy a llegar muy lejos, que lo mejor que puedo hacer es seguir mi paseo aleatorio con deriva.

Deriva. Es un espléndido día de frío. Me cruzo con vecinos, comerciantes del barrio, la mujer del quiosco, niñas y niños, perros y gente a toda prisa. Cada paso que doy es la posibilidad de un mundo entre los mundos. Regreso a casa y escribo: «Feliz año nuevo. Gracias por leerme».

«50»

En mayo de 1987 se reunieron en el Teatro Campoamor de Oviedo un grupo de poetas bajo el título de Encuentros con el 50. La voz poética de una generación. Yo contaba con apenas 24 años. Hacía dos años que había terminado la carrera en la Universidad de Oviedo y andaba buscando mi lugar sin mayores responsabilidades gracias al esfuerzo de unos padres indulgentes y una abuela entregada que sufragaban los gastos más importantes. ¡Ah, aquellas abuelas! El resto corría de mi cuenta. Aquel tiempo, en el que la curiosidad te llenaba los bolsillos de grandes experiencias, singulares y novedosas, me permitió asistir a ese acontecimiento poético donde el mundo se entendía y se definía de una forma muy distinta a como estábamos acostumbrados.

» Todo ocurrió como el rumor del oleaje, cuando pensábamos que los dioses nos habían creado a su imagen y semejanza, inmortales.

Hoy, cuando llega a mis manos el libro que recoge las palabras de poetas, críticos y público que intervinieron durante aquellos días, en una edición corregida, anotada y retocada por Miguel Munárriz, en donde muestra una vez más su querencia y afecto por esa generación y por su amigo Ángel González en particular, me pregunto qué queda de aquellas voces en mi memoria y hago recuento.

De Ángel González me quedo con el poema que con diecisiete años leí a una «novia» granadina una noche de enero desde una cabina de Telefónica. Hacía frío y creía que estaba enamorado. De José Manuel Caballero Bonald, la melancolía. De Alfonso Costafreda el despertar llorando de cuclillas / en el rincón sombrío de la alcoba, sus sueños, sus pájaros y sus suicidios. De José María Valverde la largura existencial —y versal— de la conciencia y esa manera tan elegante de ser palabra. De Carlos Barral, la grandeza casi incomprensible de sus versos como cuando dice de una muchacha desnuda que creyéndose sola, se quita los bluejeans junto a una bicicleta, Desnuda frente a un muro de ataúdes eléctrico / recoges una concha seguramente rota. De José Agustín Goytisolo los versos de La noche le es propicia, su desamparo y aquel paradójico día en que al tiempo que su cuerpo descendía desde la ventana de su piso hasta el suelo de la calle también conocí a Félix Grande, volcándonos en una pequeña conversación que duró hasta la madrugada. De Jaime Gil de Biedma la cantidad de veces que en mi juventud, y también algo más tarde, me lo nombraban los amigos y los poetas, la noche y sus esquinas, tanto que, a la mañana siguiente, junto a las sábanas manchadas y la tibia presencia de otro cuerpo, siempre me parecía habitar en un estado efímero y febril que urgía de nuevo a la guerra de los cuerpos, un día más, otra noche más, entre las ruinas de aquella vejez anticipada. De José Ángel Valente sus gritos fragmentados, sus rosas y su esperanza: Sólo yo que he tocado / el sol, la rosa, el día, / y he creído, / soy capaz de morir. El dolor, todo el dolor de Francisco Brines. Y de Claudio Rodríguez las semillas desnudas de sus versos que anidaron en mi boca hasta brotar esas palabras que me ayudaron a nombrar mejor las cosas más antiguas: abedul, bodega, cucharilla… Ya, ya sé que no nombro a algunos, pero no es por olvido, sino por homenajear a Juan García Hortelano y su libro El grupo poético de los años 50.

Es probable que buena parte de todo esto que ahora conservo, tuviera su origen en aquellos encuentros matinales y vespertinos en el Salón de Té del Teatro Campoamor, o en las noches primaverales de una Vetusta que quería despertar de la siesta, celebrando la vida y la palabra en el pub El Paraguas. Hay que destacar que, además de los referentes literarios, lingüísticos y sociopolíticos que pueden rastrearse en este libro, el calor y la alegría de las copas engarzadas cada vez que estos escritores se veían por cualquier lugar de España, engendró ese neuma cómplice y nocturno que ya forma parte de la leyenda generacional del 50: esa alta ventana de la amistad y la noche. Y sin embargo, cuando mi nuca se pega al espejo y siente los cristales rotos del pasado, cuando el azogue se desprende y queda el óxido en las pupilas, lo más exacto sería decir que todo ocurrió como el rumor del oleaje, suave y lentamente, cuando pensábamos que los dioses nos habían creado a su imagen y semejanza, inmortales.

Este libro, como muchos otros —si pulsan aquí tendrán otro gratificante ejemplo no venal para su completo disfrute—, es un reflejo social y cultural de primera magnitud, en este caso también literario y amical, que responde a una época de una España no muy lejana. Por entonces el arte y sus diversas expresiones eran la fuente y el cántaro de la libertad. Para que luego pregunten los políticos, con sus salivazos sobre la cultura, para qué sirven los encuentros de escritores. ¡Malditos ignorantes!