Paseo aleatorio con deriva

El año se acaba. Salgo a la calle. Es un espléndido día de frío. Me cruzo con vecinos, comerciantes del barrio, la mujer del quiosco, perros y jubilados con poca prisa. Cruzo el parque, sigo por el bulevar, hacia la ronda norte y al poco advierto que no conozco a nadie. Rostros renuentes o angelicales pasan y no pasa nada. Tampoco conozco estas calles. Ya no sé dónde estoy. Me detengo ante un grafiti. Leo: «El sueño de la razón produce monstruos y también nacionalistas y populistas». Me largo por una avenida, me detengo en una esquina y un escuálido rayo de sol me deslumbra.

Cada uno de los pasos que doy es la posibilidad de un mundo entre los mundos.

Me quedo quieto y escucho a un hombre mayor de pelo blanco que se dirige a otros: «Quienes dan voz a la maldad, la mentira y la ignorancia siembran tormentas. Quienes se hacen eco y las repiten, recogen tempestades. Y todos acabamos pagando las unas y las otras. Por cierto, tal y como somos no me extraña que en nuestro país se pase por la quilla a cualquiera que disienta de las emociones y sentimientos patrios: que yo no me sienta, pongamos que catalán, español o europeo no es óbice para conocer cómo somos, y cómo se las gastan, los catalanes, españoles y la tropa de mi pueblo. Así que si yo fuera intelectual o cualquier otra cosa que se le parezca (artista, cineasta, escritor, bailarina…) antes de hacer declaraciones estudiaría con terca paciencia a mis compatriotas. Y luego de estudiar, bailaría, escribiría o dirigiría lo que me diera la gana, y cuando se me ocurriera hablar aguantaría la vela. La gente de este país sabe bien cómo hacer una guerra. Ya lo hicieron hace ochenta años con balas fraternales. Ahora se disparan twetts y se lanzan mensajes como goyescos garrotazos. Pero a quién le importa cómo me sienta yo. Tengo un pasaporte español y pago mis impuestos en España, ergo…». 

Entro en el mercado. Qué hermosos los ojos de los besugos, la piel de las naranjas y las arrugas de esta señora que le dice a la carnicera con ternura de triángulo equilátero: «Mira, Juani, es moralmente necesario que yo no me muera todavía. Los científicos tienen que darse prisa y conseguir un remedio que me facilite la coquetería hasta los 140 años, por lo menos». 

Entro en una galería. Hay un cuadro que me sorprende. Se titula Crespúsculo. Es bello. Se trata de una calle, una hilera de pequeños edificios con algunas personas al fondo que se confunden con la noche a punto de caer. Si uno se acerca, ve las pinceladas de color que la pintora ha dispuesto, a veces abigarradas, inquietas como almas en un purgatorio; otras, el pincel danza en el cielo a la manera de los paisajes de Cezanne, contraponiéndose a una fachada en rojo que hubiera firmado Toulousse-Lautrec. Pero cuando me alejo, todo adquiere una deliciosa profundidad; la perspectiva seduce la mirada y la luz emerge de lo oscuro. La calle está llena de vida. Conozco esa calle y esa noche. Ya he estado en ella alguna vez. Me alojé en el hotel del segundo piso. Recuerdo cuando salía a caminar al atardecer, con el calor dulzón y pegajoso de las ciudades coloniales. Y me acuerdo… aún fascinado… esos hombres… aquella mujer. La pintura es luz. Y recuerdo. Le muestro mi interés a la galerista. Charlamos.

Necesito un café. Tal vez dos. El camarero es argentino. Y filósofo, me aclara él. Me dice que la máxima aspiración de todo político, sea o no sea populista, es convertirse en un político de la élite. De lo contrario, continúa, no sería un político comme il faut, sino un arribista presuntuoso, o lo que es peor, un presuntuoso a secas. Tomo un sorbo. El camarero es argentino, filósofo y también escritor. Me lee un aforismo de su libreta: «Al igual que los jurados en los premios, en los referéndums el pueblo acaba fallando». Me dejo caer en una silla y Napoleón, así se llama el camarero argentino, filósofo y escritor, me acerca un artículo del Financial Times. De vez en cuando juega en bolsa, me confiesa con un guiño. Me pide que lo lea. Dice: «Para una sociedad que aspire a entender de economía sin mayores pretensiones», escribe un tal Peter Carus, «debe leerse el Manual de predicción económica. En el volumen XXVII, capítulo LVI, se dice: “Como lo más probable es que nos equivoquemos en nuestras predicciones, deberemos disponer de un mecanismo de revisión lo más ajustado y rápido posible”. Lo que debemos formular del siguiente modo: MR= ∑Aj+R² / P. En donde el Mecanismo de Revisión (MR) es igual al sumatorio del Ajustado (ajustes más ajustes más ajustes más…) más el cuadrado de Rápido (R²) dividido por lo Posible (P), intangible de valor variable según la Escuela de Chicago”». Le confieso a Napoleón que no entiendo nada. Y él me dice que así no voy a llegar muy lejos, que lo mejor que puedo hacer es seguir mi paseo aleatorio con deriva.

Deriva. Es un espléndido día de frío. Me cruzo con vecinos, comerciantes del barrio, la mujer del quiosco, niñas y niños, perros y gente a toda prisa. Cada paso que doy es la posibilidad de un mundo entre los mundos. Regreso a casa y escribo: «Feliz año nuevo. Gracias por leerme».

«50»

En mayo de 1987 se reunieron en el Teatro Campoamor de Oviedo un grupo de poetas bajo el título de Encuentros con el 50. La voz poética de una generación. Yo contaba con apenas 24 años. Hacía dos años que había terminado la carrera en la Universidad de Oviedo y andaba buscando mi lugar sin mayores responsabilidades gracias al esfuerzo de unos padres indulgentes y una abuela entregada que sufragaban los gastos más importantes. ¡Ah, aquellas abuelas! El resto corría de mi cuenta. Aquel tiempo, en el que la curiosidad te llenaba los bolsillos de grandes experiencias, singulares y novedosas, me permitió asistir a ese acontecimiento poético donde el mundo se entendía y se definía de una forma muy distinta a como estábamos acostumbrados.

» Todo ocurrió como el rumor del oleaje, cuando pensábamos que los dioses nos habían creado a su imagen y semejanza, inmortales.

Hoy, cuando llega a mis manos el libro que recoge las palabras de poetas, críticos y público que intervinieron durante aquellos días, en una edición corregida, anotada y retocada por Miguel Munárriz, en donde muestra una vez más su querencia y afecto por esa generación y por su amigo Ángel González en particular, me pregunto qué queda de aquellas voces en mi memoria y hago recuento.

De Ángel González me quedo con el poema que con diecisiete años leí a una «novia» granadina una noche de enero desde una cabina de Telefónica. Hacía frío y creía que estaba enamorado. De José Manuel Caballero Bonald, la melancolía. De Alfonso Costafreda el despertar llorando de cuclillas / en el rincón sombrío de la alcoba, sus sueños, sus pájaros y sus suicidios. De José María Valverde la largura existencial —y versal— de la conciencia y esa manera tan elegante de ser palabra. De Carlos Barral, la grandeza casi incomprensible de sus versos como cuando dice de una muchacha desnuda que creyéndose sola, se quita los bluejeans junto a una bicicleta, Desnuda frente a un muro de ataúdes eléctrico / recoges una concha seguramente rota. De José Agustín Goytisolo los versos de La noche le es propicia, su desamparo y aquel paradójico día en que al tiempo que su cuerpo descendía desde la ventana de su piso hasta el suelo de la calle también conocí a Félix Grande, volcándonos en una pequeña conversación que duró hasta la madrugada. De Jaime Gil de Biedma la cantidad de veces que en mi juventud, y también algo más tarde, me lo nombraban los amigos y los poetas, la noche y sus esquinas, tanto que, a la mañana siguiente, junto a las sábanas manchadas y la tibia presencia de otro cuerpo, siempre me parecía habitar en un estado efímero y febril que urgía de nuevo a la guerra de los cuerpos, un día más, otra noche más, entre las ruinas de aquella vejez anticipada. De José Ángel Valente sus gritos fragmentados, sus rosas y su esperanza: Sólo yo que he tocado / el sol, la rosa, el día, / y he creído, / soy capaz de morir. El dolor, todo el dolor de Francisco Brines. Y de Claudio Rodríguez las semillas desnudas de sus versos que anidaron en mi boca hasta brotar esas palabras que me ayudaron a nombrar mejor las cosas más antiguas: abedul, bodega, cucharilla… Ya, ya sé que no nombro a algunos, pero no es por olvido, sino por homenajear a Juan García Hortelano y su libro El grupo poético de los años 50.

Es probable que buena parte de todo esto que ahora conservo, tuviera su origen en aquellos encuentros matinales y vespertinos en el Salón de Té del Teatro Campoamor, o en las noches primaverales de una Vetusta que quería despertar de la siesta, celebrando la vida y la palabra en el pub El Paraguas. Hay que destacar que, además de los referentes literarios, lingüísticos y sociopolíticos que pueden rastrearse en este libro, el calor y la alegría de las copas engarzadas cada vez que estos escritores se veían por cualquier lugar de España, engendró ese neuma cómplice y nocturno que ya forma parte de la leyenda generacional del 50: esa alta ventana de la amistad y la noche. Y sin embargo, cuando mi nuca se pega al espejo y siente los cristales rotos del pasado, cuando el azogue se desprende y queda el óxido en las pupilas, lo más exacto sería decir que todo ocurrió como el rumor del oleaje, suave y lentamente, cuando pensábamos que los dioses nos habían creado a su imagen y semejanza, inmortales.

Este libro, como muchos otros —si pulsan aquí tendrán otro gratificante ejemplo no venal para su completo disfrute—, es un reflejo social y cultural de primera magnitud, en este caso también literario y amical, que responde a una época de una España no muy lejana. Por entonces el arte y sus diversas expresiones eran la fuente y el cántaro de la libertad. Para que luego pregunten los políticos, con sus salivazos sobre la cultura, para qué sirven los encuentros de escritores. ¡Malditos ignorantes!

 

Emigrante

Que España ha sido y sigue siendo un país de emigrantes no lo discute nadie, pero no sé por qué su reflejo en la literatura es cuando menos escaso. Yo sólo tuve la ocasión de conocer bien a un emigrante, hacia finales del siglo pasado. Se llamaba Paco y era de algún pueblo del oriente de Asturias. La situación de siniestro económico y social que asoló al país durante los años cincuenta, me contó este hombre de baja estatura, pelo atusado y perfil recortado como un secundario hollywoodiense, le empujó a partir hacia el norte de Alemania para trabajar de soldador en los astilleros Blohm+Voss, en Hamburgo. Un trabajo duro, extremo y, sobre todo, solitario. Ahora, cuando han coincidido dos buenas novelas sobre mi mesa —El hombre que amó a Eve Paradise del orensano Edmundo Díaz Conde y Molinos de viento en Brooklyn del neoyorkino Prudencio de Pereda— que hablan y tienen como protagonistas a emigrantes españoles, entiendo mejor los sinsabores y peripecias por las que hubo de pasar. Paco también me contó cómo se casó por poderes y cómo hubo de esperar tres años con sus noches de horas negras, fumando a solas en la pensión y hablando de vez en cuando con un compañero español y otro portugués, hasta que logró con sus primeras vacaciones venir a España para pasar la luna de miel junto a su mujer y consumar aquella unión en un pequeño hotel frente a la costa de Llanes. Nunca más volvieron a separarse hasta su muerte.

» Edmundo Díaz Conde y Prudencio de Pereda firman dos novelas sobre la emigración invisible, una emigración que habla de todos nosotros, de lo que fuimos, de por qué fuimos así y de por qué seguimos siendo como somos.

El hombre que amó a Eve Paradise es una muy entretenida —y bien premiada— novela de variada peripecia que transcurre en los Estados Unidos de Norteamérica y en donde el mundo del cine mudo, la justicia y el crimen se dan la mano —gracias al buen hacer de su autor— para hablar de una actriz singular que «amaba su profesión y también su estatus», una mujer que «necesitaba ser querida…, …sin pretensiones de ensuciarla con húmedos besos y abrazos cálidos. Esa regla admitía sólo una excepción: los chicos jóvenes. Y no todos, desde luego.» Pero una de las cosas que más ha llamado mi atención es que en esta obra la mayoría de sus personajes son españoles. ¿Qué hacían en los Estados Unidos tantos españoles? Díaz Conde cuenta con destreza el por qué de su presencia. La historia de la protagonista, la niña sevillana Eva, más tarde Eve Paradise, se cuenta casi al principio, pero pululan otros personajes importantes que llegaron allí por otros medios, persiguiendo un techo y una paga mensual que se les negaba en una España de principios de siglo, diezmada y hambrienta por la guerra de África y una epidemia de gripe brutal. El autor acierta al contar el periplo, la travesía y las condiciones misérrimas de los emigrantes a bordo del SS Orteric desde las costas andaluzas hasta el territorio de Hawai. Un territorio —todavía no era un estado— que necesitaba de braceros duros y experimentados para la siembra y recolección de la caña de azúcar y que encontró entre españoles y portugueses, pero también entre otras nacionalidades, una mano de obra más cualificada para los intereses estadounidenses que la de chinos o japoneses. Pero Hawai tampoco era la tierra de promisión esperada y estos emigrantes sin más fortuna que su cuerpo y la extenuante ambición de mejorar día a día, partieron hacia California, Chicago o Nueva York con la voluntad si cabe aún más curtida, cincelada de sol a sol. Así fue como se establecieron y fueron dejando una huella mínima si se compara con la emigración irlandesa o italiana, pero igual de indeleble a poco que se rastree. Por lo demás, que esta novela se catalogue como «negra» no deja de ser un puro formalismo: claro que es negra, pero también es mucho más que eso y es, por encima de ello, una buena novela que entretiene al tiempo que enseña. Algo que en estos tiempos no es moco de pavo. Si la leen, estén atentos a la hipnosis. No digo más, pues no quisiera desvelar los secretos del argumento.

La segunda novela, Molinos de viento en Brooklyn, es un relato delicioso, sencillo y finalmente enternecedor que nos muestra la vida de los emigrantes españoles en Nueva York. Al igual que la anterior transcurre durante los años anteriores al crack de 1929, años de ley seca y convulsiones sociales. Por cierto que, hablando de la ley seca, y como bien refleja la novela de Edmundo Díaz Conde, es bueno recordar aquella copla de Manuel Penella titulada En tierra extraña e interpretada por Concha Piquer que tanto cantaron a uno y otro lado del Atlántico. Dice:

Fue en Nueva York
una Nochebuena,
que yo preparé una cena
para invitar a mis paisanos.
En la reunión, toda de españoles,
entre palmas, vino y olés,
por España se brindó.
Como estaba prohibido por la Ley Seca,
allí nadie bebía vino de España.
Yo pagué a precio de oro una receta
para que se nos diera vino español.

Y es que el vino español se vendía en las farmacias como medicamento, una consideración que tal vez no debió haber perdido nunca. ¡Imagínense las bodegas convertidas en empresas farmacéuticas! Este país sería ahora enormemente rico.

Prudencio de Pereda, neoyorkino de origen español, recrea con un estilo directo y de pegada certera, su infancia y juventud en Brooklyn de la mano de su abuelo, una suerte de caballero con mimbres quijotescos, y de Agapito López, traficante de puros habanos —los conocidos como teverianos—. En compañía de éste y, en ocasiones también del abuelo, le mostrará al pequeño el negocio de las cajas de puros, el de la heroína o el del licor francés, tan pronto en un ambiente tabernario como en un obispado o en el salón de primera clase de un trasatlántico. Y así, mientras Agapito López le enseña al muchacho el valor de la amistad, el abuelo hace lo propio con la lealtad; si uno le muestra el camino del éxito y la tradición de la picaresca española, el otro lo habilita en la rectitud y la dignidad; y si Agapito le ayuda con cualquier problema cotidiano (el embarazo de la novia de su amigo Gerry, por ejemplo), el abuelo le da la cobertura necesaria para mantener sus primeros amoríos con la señora Martínez, una viuda extraordinaria que se portará muy, pero que muy bien con él. Y así se van sucediendo peripecias que nos acercan a unos compatriotas que dejaron sus costumbres (la paella o el duelo), su impronta (alegre y melancólica) y su sentido de la vida (la fiesta junto a la muerte y viceversa) en una de las ciudades más importantes del mundo. Ayuda, y mucho, a esta narración la excelente traducción de Ignacio Gómez Calvo y complementa con tino y conocimiento el epílogo esclarecedor del escritor Jorge Ordaz, a quien pueden seguir en su bitácora Obiter dicta pulsando aquí.

Se trata, además, de dos obras muy cinematográficas. La primera por su cuidada y evocadora ambientación y la segunda porque su texto reclama a gritos una desahogada producción para no olvidar esta emigración invisible que habla de todos nosotros, de lo que fuimos, de por qué fuimos así y de por qué seguimos siendo como somos.

Y ahora, después de estas lecturas, recuerdo también la última vez que vi a Paco. Ya me había contado sus muchas aventuras de emigrante, sin darles mayor importancia y sin un sólo deje de resentimiento con su país del que partía cada final de verano abortando las lágrimas propias y enjugando las de su mujer con ternura de galán. Aquella tarde me pidió que le acompañara a una librería de viejo que ya no existe. Cuando salió acercó el coche e introdujo en el maletero más de doscientos novelas de a duro en formato octavo de autores como Marcial Lafuente Estefanía o José Mallorquí, entre otros. Le pregunté, claro. En su casa de Hannover (janofa, pronunciaba en perfecto alemán) tenía más de dos mil novelas, muchas de las cuales había releído durante aquella largura de días en la soledad de una habitación, tras horas de trabajo. «Para no volverme loco y, sobre todo, para no romperme el corazón», me dijo.