Equatoria/

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Equatoria es el segundo y estupendo volumen de la nueva era de Corto Maltés, ahora en manos del guionista Juan Díaz Canales y del dibujante Rubén Pellejero, inspirados en la obra creada por el italiano Hugo Pratt quien, a su vez, logró con las aventuras de su personaje agrandar las fronteras de la literatura y la semántica de la imaginación a miles de lectores de varias generaciones.

De la obra de Hugo Pratt dedicada a Corto Maltés se puede pensar que sus guiones no son literatura, pero sería injusto y falto de sensibilidad afirmarlo. Sin duda estamos ante una contradicción, fácilmente resoluble si aceptamos que leyendo a Corto Maltés nos situamos en ese poderoso espacio creador donde cada palabra —y también cada dibujo— se somete al sincopado universo del cómic, pero en el que nuestra soberanía como lectores se ejerce sin límite, capaces de crear toda la literatura, todas las palabras de las que por necesidad debe prescindir una historia contada en cuatro tiras por página. Será así como nuestra imaginación, con la ayuda de nuestro bagaje lector, completará a discreción tanto el texto como esa sucesión de dibujos que se tornará fotográfica, cuasi fílmica, pero siempre literaria. Leer más…

Corto Maltés: siempre de paso

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París, mapa y territorio

París, redonda y categórica como una rueda, mapa y territorio a un mismo tiempo, epicentro de movimientos y vanguardias, de protestas y bohemia, de tramas y conspiraciones, sinónima de lujos y buen vivir, ha sido habitada por los más importantes artistas, pintores y escritores de medio mundo a lo largo de las dos últimas centurias.

En Las mujeres de la calle Luna, he querido descubrir una ciudad en pleno invierno, fría y lluviosa, alejada del glamur y la bohemia y pegada a la realidad de un asfalto duro por donde pululan unos personajes que afrontan el conflicto de sus propias vidas.

Y ello sin olvidar la multitud de personas de toda condición, nacidos, residentes, forasteros y otras gentes de paso, hacedores y espectadores de su indiscutible papel protagonista en la cultura mundial y europea. Sin embargo, esta ciudad, como todas, tiene su envés y al igual que la luna, también su cara oculta. En mi novela Las mujeres de la calle Luna, he querido descubrir una ciudad en pleno invierno, fría y lluviosa, alejada del glamur y la bohemia y pegada a la realidad de un asfalto duro por donde pululan unos personajes que afrontan el conflicto de sus propias vidas. Un París por el que se camina, como ese flâneur de Baudelaire o, más reciente, ese peatón de León-Paul Fargue, abierto de ojos y brazos a cualquier acontecimiento y atento a las vicisitudes que la conciencia imprimirá en el alma de los paseantes o caminantes de esta urbe que, si es llamada «La ciudad luz», conviene no olvidar que así es porque Luis XIV ordenó iluminarla con antorchas para combatir la delincuencia. El lector visitará en Las mujeres de la calle Luna las banlieus, esos suburbios donde se respira la injusticia y la discriminación, paseará por arterias y calles deshabitadas que, como la rue Watt, han fecundado el imaginario artístico de fotógrafos, poetas y escritores o también una torre menos conocida y más prosaica que la Torre Eiffel, ese monolito negro y casi enigmático que es la torre Montparnasse, desde la cual observar el caos de un mundo y sus habitantes, de una ciudad que, sin embargo, nunca dejará de fascinarnos. No en vano, París, con su historia y su miseria, sus muelles y sus gabarras, sus cafés y sus tejados, nos pertenece a todos.

El Dylan para Nobel

No creo que a Dylan le haga falta el Nobel ni creo que vaya a pasar a la historia por este galardón, aunque nunca está de más unir a una trayectoria artística un reconocimiento de esta magnitud. Muchas personas de varias generaciones últimas, cuando jóvenes, encontramos en sus canciones y en algunas de sus letras los himnos necesarios para cantar bajo la ducha, enamorarnos y hacer pequeñas revoluciones cotidianas. Puestos a interpretar la intención última del jurado del Premio Nobel de Literatura, quiero pensar que han premiado el encuentro de la gente con la belleza de sus canciones. El resto, «haber creado una nueva tradición poética dentro de la gran tradición americana de la canción», parece obvio. No es que las canciones sean o no bellas, sino que las letras de Dylan ofrecen a muchos un espejo que revela sus propias emociones y, esto, créanme, ayuda y mucho a sobrevivir. Dylan se ha hecho popular aportando la ilusión, la fe y la esperanza necesarias para consolar tantos sueños rotos y tantos fracasos sin salida.

Cuando se otorga el premio Nobel nadie dice que se valore a aquellos autores que hayan hecho una aportación en términos de estricta calidad y belleza literaria.

Ahora bien, de la belleza de una canción, de su letras y su melodía, a la belleza literaria media una distancia insalvable. Uno no está en la piel de los jurados, pero si cualquiera lee con la oportuna intención literaria a Dylan y a Gary Snayder, por ejemplo, el cantante no resiste la comparación. Snayder tiene la contundencia, la claridad y la contención que todo poeta crea con un universo propio de símbolos y palabras.

Es bien sabido que a Jorge Luis Borges no le dieron el premio, entre otros motivos, porque el poeta sueco Artur Lundkvist (1906-1991), a la postre secretario permanente de la Academia sueca, no debió perdonarle la humillación a la que le sometió el autor de El Aleph, tras haber sido su traductor e introductor en Suecia. Lundkvist era una marxista a la antigua usanza y los antecedentes de Borges no eran, desde luego, la mejor carta de presentación para ser merecedor de tal premio. Hoy en día, no hay marxista en sus cabales que niegue la belleza literaria del argentino. Pero cuando se otorga el premio Nobel nadie dice que se valore a aquellos autores que hayan hecho una aportación en términos de estricta calidad y belleza literaria. Supongo que autores norteamericanos como Pynchon, Auster o DeLillo habrán descansado hoy mejor que ayer y recordarán con el esbozo de una sonrisa sutil, la lista de autores no premiados con el Nobel: entre otros Tolstoi, ni más ni menos

Si yo hubiera estado en el jurado de este premio, hubiera apostado por otro candidato. En esta ocasión, el Premio Príncipe de Asturias se adelantó y acertó plenamente al conceder a Dylan el Premio de las Artes, porque, ante todo, Dylan es eso, un artista singular con voz de gato que ha compuesto la música, y algunas letras, de parte del siglo XX. «Yo no escribo poesía» —dijo John Lennon—, «simplemente la canto. No hay tiempo de leerla, pero sí de escucharla». Alégrense todos los escritores porque estas Navidades no tendrán a un escritor con el Nobel a sus espaldas compitiendo con ellos en las librerías. ¿O sí? 

LO QUE DEBES SABER PARA SER UN POETA

Poema de Gary Snyder

Todo lo que puedas sobre los animales como personas.
los nombres de árboles y flores y malas hierbas.
nombres de estrellas, y los movimientos de los planetas
y la luna.

tus seis sentidos, con una mente alerta y elegante.

por lo menos una clase de magia tradicional:
adivinación , astrología, el libro de los cambios, el tarot;

sueños
los demonios ilusorios y los resplandecientes dioses ilusorios;

besar el culo del diablo y comer mierda;
joder con su verga peluda y rijosa
joder con la bruja,

y con los ángeles celestiales
y las doncellas perfumadas y doradas

y luego amar lo humano: esposas y amigos.

juegos infantiles, historietas, goma de mascar,
y lo extraño de la televisión y los anuncios.

trabajar, largas horas áridas de trabajo insípido y aceptado
y vivido y amado finalmente.

Agotamiento,
hambre, descanso.

la libertad loca de la danza, éxtasis

el peligro real.
la apuesta.

el borde de la muerte.