Citas (literarias)

Cuentan que sir Winston Churchill, y esto es apócrifo, era capaz de empezar una conversación, con quien quiera que fuese su par, a partir de una cita y mantener el diálogo enlazando una con otra. Una cadena de frases, sentencias, aforismos y proverbios que tal vez acabó por desquiciar a más de uno y no por la enjundia de lo citado sino por el aprieto que suponía sospechar que el Primer Ministro le estaba tomando el pelo o mostrándole el océano de su ignorancia. Habilidad que, dependiendo de quién sea el interlocutor, hoy en día puede pasar por ser una gilipollez de erudito sin dos dedos de frente o bien por una demostración de oratoria irónica y puntiaguda dadas las nuevas condiciones de esta etapa de narcisismo trumputiniano.  

Las citas, situadas al inicio de una obra, suelen servir para enmarcar el texto que el lector va a leer. Una suerte de lema, anuncio, homenaje o aviso en el dintel antes de empezar. O de otra forma y sin más artificio, unas marcas que indican la pista de despegue o el fanal iluminado señalando la puerta de entrada. A veces resulta que la cita es oscura o desacertada y nada nos dice incluso cuando hemos finalizado la lectura del libro. En otras ocasiones, adquieren todo su significado justo al terminar. Muchos la han practicado. Fiodor Dostoievski, en Los demonios, recoge unos versos de Pushkin; en La ciudad de los prodigios, del muy galardonado Eduardo Mendoza, aparecen los versículos 11 a 33 de Lucas, y en Bomarzo, ahora de actualidad por la ópera, Manuel Mújica Lainez nos brinda unos versos del Inferno de Dante. Y de entre los libros que me escoltarán durante unos días y que me sirven de trinchera ante lo que todos ustedes ya saben y si no se lo pueden imaginar, María Elvira Roca Barea en su Imperiofobia y leyenda negra, engalana el texto con una cita de Cervantes; Mathias Enard ilumina el texto de Brújula con unos versos de Müller y Schubert; Marcelo Matas talla en el frontispicio de su Ingenio lego unos versos de Viaje del Parnaso; Ian McEwan, en Cáscara de nuez, recuerda el Hamlet de Shakespeare y, en fin, hasta un relato de este notable descubrimiento que ha sido y es Lucia Berlin con su Manual para mujeres de la limpieza, va precedido por una cita de Vicente Huidobro. Ya lo ven. El mundo literario está lleno de citas y estas afloran como algas cuando nos adentramos en las olas o en las profundidades de cada obra: es a través de ellas como podemos descubrir en cada escritor si al fin ha aprendido a copiar sin que se le note. Con todo, en El calcetín de Hegel, obra miscelánea de Francisco G. Orejas he encontrado esa suerte de compendio o resumen o, mejor todavía, de poética que ya por sí misma vale su notable intención literaria. Aquí les dejo con ellas y, aun pareciendo gilipollez de erudito, ¡ay!, transcribo cada cita… de memoria:

De El calcetín de Hegel, de Francisco G. Orejas. Ed. Trabe, 2017.

Revolviendo ha poco en mi biblioteca (…) di casualmente con este opúsculo y trabajé durante siete años con propósito de no darle a luz antes del noveno; mas ahora que le hallé, hecho una criba, de la polilla y los ratones, comprendí que si aún espero dos años en dar sus pobres folios a la estampa es de temer que más sirvieran para darles al fuego que para darles a la luz. / FRANCISO SÁNCHEZ. De Multum nobili et prima universali scientia quod nihil scitur

Comencemos pues, ante todo, por vigilar a los forjadores de fábulas. / PLATÓN. La República.

Lasciate ogni speranza voi ch’entrate. / DANTE. Inferno.

…una lucha contra la fragilidad de la memoria, contra su volátil naturaleza, contra su obstinada tendencia a borrarse y a desvanecerse. Precisamente de ese forcejeo salió la idea del libro, de cualquier libro. / RYSZARD KAPUSCINSKI. Viajes con Heródoto.

No es por darme importancia, pero debo reconocer que mi cabeza nunca ha sido muy sólida. / LOUIS FERDINAND CÉLINE. Viaje al fin de la noche.

Hablo con la autoridad que me otorga el fracaso. / F. SCOTT FITZGERALD. Diarios.

Tout, au monde, existe pour aboutir à un livre. / S. MALLARMÉ.

Por eso, al editar esta obra, no tengo nada más que decir al público sino que no tengo nada que decirle. / J. G. FICHTE. Los caracteres de la Edad Contemporánea.

The rest is silence. / SHAKESPEARE. Hamlet

París, mapa y territorio

París, redonda y categórica como una rueda, mapa y territorio a un mismo tiempo, epicentro de movimientos y vanguardias, de protestas y bohemia, de tramas y conspiraciones, sinónima de lujos y buen vivir, ha sido habitada por los más importantes artistas, pintores y escritores de medio mundo a lo largo de las dos últimas centurias.

En Las mujeres de la calle Luna, he querido descubrir una ciudad en pleno invierno, fría y lluviosa, alejada del glamur y la bohemia y pegada a la realidad de un asfalto duro por donde pululan unos personajes que afrontan el conflicto de sus propias vidas.

Y ello sin olvidar la multitud de personas de toda condición, nacidos, residentes, forasteros y otras gentes de paso, hacedores y espectadores de su indiscutible papel protagonista en la cultura mundial y europea. Sin embargo, esta ciudad, como todas, tiene su envés y al igual que la luna, también su cara oculta. En mi novela Las mujeres de la calle Luna, he querido descubrir una ciudad en pleno invierno, fría y lluviosa, alejada del glamur y la bohemia y pegada a la realidad de un asfalto duro por donde pululan unos personajes que afrontan el conflicto de sus propias vidas. Un París por el que se camina, como ese flâneur de Baudelaire o, más reciente, ese peatón de León-Paul Fargue, abierto de ojos y brazos a cualquier acontecimiento y atento a las vicisitudes que la conciencia imprimirá en el alma de los paseantes o caminantes de esta urbe que, si es llamada «La ciudad luz», conviene no olvidar que así es porque Luis XIV ordenó iluminarla con antorchas para combatir la delincuencia. El lector visitará en Las mujeres de la calle Luna las banlieus, esos suburbios donde se respira la injusticia y la discriminación, paseará por arterias y calles deshabitadas que, como la rue Watt, han fecundado el imaginario artístico de fotógrafos, poetas y escritores o también una torre menos conocida y más prosaica que la Torre Eiffel, ese monolito negro y casi enigmático que es la torre Montparnasse, desde la cual observar el caos de un mundo y sus habitantes, de una ciudad que, sin embargo, nunca dejará de fascinarnos. No en vano, París, con su historia y su miseria, sus muelles y sus gabarras, sus cafés y sus tejados, nos pertenece a todos.

Un mal día

Confieso que no me gustan demasiado esos días dedicados a concienciarnos, a denunciar o a celebrar cualquier asunto. Recordatorios que en la mayoría de los casos pasan sin pena ni gloria y que, como mucho, sirven para blanquear nuestra hipocresía rampante o simplemente para poner negro sobre blanco nuestras carencias y contradicciones. En realidad, creo que tanto los temas que nos preocupan como los que celebramos debemos tenerlos presentes las veinticuatro horas del día, todos los días del año. Y por eso el asunto de ayer era un día que hacía mío, porque estoy convencido de que mi participación —como la de cualquier hombre que se precie de tal— para conseguir la igualdad entre mujeres y hombres es necesaria y contribuye a un mundo no sólo mejor moralmente, sino también social, económica y culturalmente. Así que llamé a unas cuantas amigas, escribí sendos mensajes a las mujeres de mi familia, pergeñé estas líneas sin conocer todavía lo que el día iba a depararme y hablé con una mujer que lo está pasando realmente mal. También preparé la comida, como todos los días, para mi mujer y para mí. Tenemos repartidas las tareas domésticas según las habilidades y competencia de cada cual y sólo al cincuenta por ciento aquellas que nos desagradan a ambos o en las que nos desenvolvemos como auténticos ineptos. No llegué a tiempo para poder regalarle esas mimosas tan coloridas que florecen en el declive invernal, pero a cambio compré el mejor pastel de chocolate de la ciudad. El día era propicio y al atardecer salimos a pasear. Luego compartimos una copa de vino, comentamos las principales jugadas de la jornada, reímos con esas pequeñas complicidades que nadie entendería y regresamos a casa. En fin, uno de esos días donde la costumbre acaba por iluminarnos por dentro, como el sol a Teresa de Ávila. Pero todo se torció cuando vi las imágenes captadas por una cámara de seguridad en Benidorm, en las que se ve cómo un joven de 26 años agrede brutalmente a una joven de 17 años: la violencia era todavía más repulsiva cuando comprobé que la chica, después de la agresión, salía componiéndose el vestido tras los pasos de aquel. De nuevo, otra vez, una vez más, era a mi mujer, a las mujeres de mi familia, a las mujeres que más aprecio, a todas y cada una de las mujeres de mis amigos y de mis enemigos a quienes volvían a agredir. Otra vez. Sí, otra maldita vez. Incluso ahora mismo, mientras yo escribo o usted lee estas líneas, cuando algún descerebrado, un descerebrado al que usted y yo quizá conozcamos, esté humillando, golpeando, acuchillando o disparando en cualquier lugar del mundo a una mujer. Esto es también a lo que yo suelo llamar «tener un mal día».

La mal amada
Si algún día pronuncias mi nombre
junto al tuyo, en tu vientre de hiena
crecerá el hielo y la gangrena
en tu huérfana palabra de hombre.

Y si alguna vez tu mano me toca
ojalá que una negra esquela
se te pegue como una sanguijuela
en el cielo y el cuerpo de tu boca.

De tu voz llega un ruido de guadaña
y a gritos, a golpes y desprecio
eres hiel incluso para un gusano.

Que tu vida se desangre en vano
como una herida sin valor ni precio,

que la mía huya al fin de tu calaña.

© Javier LASHERAS, de El cielo desnudo.