El viaje

Están de viaje y la tarde va cayendo. Él agradece que el tren no sea muy veloz. En estos casos la rapidez le aburre. Ella se acompaña con el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa. En un momento él levanta la vista de su libro, interrumpido por la fragancia de su pelo. Le huele al frescor de la abadía de Senanque, aquel aroma de lavanda y sueños. Seguro que ella se lo robó a los monjes para siempre, piensa él.

Vivir tiene secretos horrendos y peajes sin sentido. La vida y el viaje son casi una misma cosa.

Feliz y reconfortado vuelve a sus páginas, unas hojas amarillas, y de repente se encuentra con el poema. Está dedicado a García Lorca. Aparecen barcas, sombras, libros y un niño dormido que le recuerda a Aylan, el pequeño expulsado de todo paraíso que encontró refugio en la arena y el agua durante el último viaje de su vida. Aún le duele su recuerdo. Vivir tiene secretos horrendos y peajes sin sentido. La vida y el viaje son casi una misma cosa. «Escucha», le dice ella, «mira lo que escribe Pessoa: “…no hay poniente tan bello que no pudiese serlo más…”.» El tren está llegando al andén. Los dioses bruñen el aire de la estación con el fulgor dorado del crepúsculo. Los héroes acaban de llegar a su destino. Les espera el vino y la noche, la belleza terrible e imperfecta de la vida. 

         PLAYA
                        A Federico García Lorca

Las barcas de dos en dos,
como sandalias del viento
puestas a secar al sol.

Yo y mi sombra, ángulo recto.
Yo y mi sombra, libro abierto.

Sobre la arena tendido
como despojo del mar
se encuentra un niño dormido.

Y la estela de su marcha
abierta al igual que un libro.

Y yo leyendo en los muros
del ángulo de su huida
los imposibles estímulos.

© Herederos de Manuel Altolaguirre, en Las islas invitadas.

Para una reflexión: Cardín.

En el epílogo a Mi más hermoso texto. Poesía completa, de Alberto Cardín (Villamayor, Asturias, 1948 – Barcelona, 1992), publicado por Ultramarinos Editorial  y firmado por Brice Chamouleau se atisba una idea para la jornada de reflexión. Jornada que, dicho sea de paso, ¿no podrían sus señorías eliminar de una p*** vez? 

» Las resistencias políticas a la cultura son ubérrimas y provienen tanto de girondinos como de jacobinos, a la espera de que lleguen los nuevos Sans Culottes

El texto de Chamouleau dice: «Ahí radica el interés de leer a Cardín, su poesía, no tanto por mantener hacia él una mirada respetuosa, porque sería considerarlo desde el presente como a un igual, sino como voz, entre otras, de un mundo pasado, cercano y lejano, cuya lectura contribuye a historizar lo cultural en la España presente. Por ahí, entiéndase la producción de relatos históricos complejos, donde lo cultural, lo estético y lo poético, se inscriben en mundos políticos y sociológicos que debemos esforzarnos por comprender porque algo mantienen con maneras nuestras de entender el lugar de la cultura en lo social que vivimos. Y esto afecta a nuestras capacidades de imaginación de las resistencias políticas en el mundo que habitamos.»

Pero que nadie se dé a engaños: las resistencias políticas a la cultura son ubérrimas y provienen tanto de girondinos como de jacobinos, a la espera de que lleguen los nuevos Sans Culottes, comandados por universitarios, altos funcionarios, periodistas e informáticos, listos para rematar el terror cultural. Como los marranos, me temo: así artistas, bailarines, músicos, actores, escritores.

 

DE UNA FILÓSOFA MARXISTA QUE OCULTA LO EVIDENTE Y EXHIBE LO MARXISTA.

La gorda molinera,
la fiera filósofa panzona,
que oculta en su botija
su falsedad y saca
los paños del discurso
por otros ya tejidos
para cubrir sus carnes flojas y fondonas
de maricona vieja.

El marxista fascista y engañoso,
la falsedad viviente,
rodeada de libros y mentiras,
de verdades guardadas del mundo y el polvo
en anaqueles,
anuladas, rematadas, muertas,
embalsamadas de asco en su asquerosa guarda,
de aséptica lujuria y gula histérica.

Mira alrededor, los ojos
de deseo inyectados,
y desea
que miren y no vean su cuerpo
desgarrado de sevicia moral,
del ansia que salmodia
mortal e incesante en su cerebro.

Quiere pecar y no puede,
quiere ser inocente y remeda
el mundo original con trizas del pasado.
Llora y oprime
su corazón sufriente que clama por volver al paraíso,
pero no hay vuelta atrás,
hacia la edad de oro.
Ni el cambio se muestra
lejano siquiera a siglos de distancia,
y esconde,
en el mismo rigor formal,
cansino,
del vivir cotidiano, matrimonial y hastiado,
la segura creencia de que nada muda.

© 2016, Herederos de Alberto Cardín

«50»

En mayo de 1987 se reunieron en el Teatro Campoamor de Oviedo un grupo de poetas bajo el título de Encuentros con el 50. La voz poética de una generación. Yo contaba con apenas 24 años. Hacía dos años que había terminado la carrera en la Universidad de Oviedo y andaba buscando mi lugar sin mayores responsabilidades gracias al esfuerzo de unos padres indulgentes y una abuela entregada que sufragaban los gastos más importantes. ¡Ah, aquellas abuelas! El resto corría de mi cuenta. Aquel tiempo, en el que la curiosidad te llenaba los bolsillos de grandes experiencias, singulares y novedosas, me permitió asistir a ese acontecimiento poético donde el mundo se entendía y se definía de una forma muy distinta a como estábamos acostumbrados.

» Todo ocurrió como el rumor del oleaje, cuando pensábamos que los dioses nos habían creado a su imagen y semejanza, inmortales.

Hoy, cuando llega a mis manos el libro que recoge las palabras de poetas, críticos y público que intervinieron durante aquellos días, en una edición corregida, anotada y retocada por Miguel Munárriz, en donde muestra una vez más su querencia y afecto por esa generación y por su amigo Ángel González en particular, me pregunto qué queda de aquellas voces en mi memoria y hago recuento.

De Ángel González me quedo con el poema que con diecisiete años leí a una «novia» granadina una noche de enero desde una cabina de Telefónica. Hacía frío y creía que estaba enamorado. De José Manuel Caballero Bonald, la melancolía. De Alfonso Costafreda el despertar llorando de cuclillas / en el rincón sombrío de la alcoba, sus sueños, sus pájaros y sus suicidios. De José María Valverde la largura existencial —y versal— de la conciencia y esa manera tan elegante de ser palabra. De Carlos Barral, la grandeza casi incomprensible de sus versos como cuando dice de una muchacha desnuda que creyéndose sola, se quita los bluejeans junto a una bicicleta, Desnuda frente a un muro de ataúdes eléctrico / recoges una concha seguramente rota. De José Agustín Goytisolo los versos de La noche le es propicia, su desamparo y aquel paradójico día en que al tiempo que su cuerpo descendía desde la ventana de su piso hasta el suelo de la calle también conocí a Félix Grande, volcándonos en una pequeña conversación que duró hasta la madrugada. De Jaime Gil de Biedma la cantidad de veces que en mi juventud, y también algo más tarde, me lo nombraban los amigos y los poetas, la noche y sus esquinas, tanto que, a la mañana siguiente, junto a las sábanas manchadas y la tibia presencia de otro cuerpo, siempre me parecía habitar en un estado efímero y febril que urgía de nuevo a la guerra de los cuerpos, un día más, otra noche más, entre las ruinas de aquella vejez anticipada. De José Ángel Valente sus gritos fragmentados, sus rosas y su esperanza: Sólo yo que he tocado / el sol, la rosa, el día, / y he creído, / soy capaz de morir. El dolor, todo el dolor de Francisco Brines. Y de Claudio Rodríguez las semillas desnudas de sus versos que anidaron en mi boca hasta brotar esas palabras que me ayudaron a nombrar mejor las cosas más antiguas: abedul, bodega, cucharilla… Ya, ya sé que no nombro a algunos, pero no es por olvido, sino por homenajear a Juan García Hortelano y su libro El grupo poético de los años 50.

Es probable que buena parte de todo esto que ahora conservo, tuviera su origen en aquellos encuentros matinales y vespertinos en el Salón de Té del Teatro Campoamor, o en las noches primaverales de una Vetusta que quería despertar de la siesta, celebrando la vida y la palabra en el pub El Paraguas. Hay que destacar que, además de los referentes literarios, lingüísticos y sociopolíticos que pueden rastrearse en este libro, el calor y la alegría de las copas engarzadas cada vez que estos escritores se veían por cualquier lugar de España, engendró ese neuma cómplice y nocturno que ya forma parte de la leyenda generacional del 50: esa alta ventana de la amistad y la noche. Y sin embargo, cuando mi nuca se pega al espejo y siente los cristales rotos del pasado, cuando el azogue se desprende y queda el óxido en las pupilas, lo más exacto sería decir que todo ocurrió como el rumor del oleaje, suave y lentamente, cuando pensábamos que los dioses nos habían creado a su imagen y semejanza, inmortales.

Este libro, como muchos otros —si pulsan aquí tendrán otro gratificante ejemplo no venal para su completo disfrute—, es un reflejo social y cultural de primera magnitud, en este caso también literario y amical, que responde a una época de una España no muy lejana. Por entonces el arte y sus diversas expresiones eran la fuente y el cántaro de la libertad. Para que luego pregunten los políticos, con sus salivazos sobre la cultura, para qué sirven los encuentros de escritores. ¡Malditos ignorantes!