Equatoria/

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Equatoria es el segundo y estupendo volumen de la nueva era de Corto Maltés, ahora en manos del guionista Juan Díaz Canales y del dibujante Rubén Pellejero, inspirados en la obra creada por el italiano Hugo Pratt quien, a su vez, logró con las aventuras de su personaje agrandar las fronteras de la literatura y la semántica de la imaginación a miles de lectores de varias generaciones.

De la obra de Hugo Pratt dedicada a Corto Maltés se puede pensar que sus guiones no son literatura, pero sería injusto y falto de sensibilidad afirmarlo. Sin duda estamos ante una contradicción, fácilmente resoluble si aceptamos que leyendo a Corto Maltés nos situamos en ese poderoso espacio creador donde cada palabra —y también cada dibujo— se somete al sincopado universo del cómic, pero en el que nuestra soberanía como lectores se ejerce sin límite, capaces de crear toda la literatura, todas las palabras de las que por necesidad debe prescindir una historia contada en cuatro tiras por página. Será así como nuestra imaginación, con la ayuda de nuestro bagaje lector, completará a discreción tanto el texto como esa sucesión de dibujos que se tornará fotográfica, cuasi fílmica, pero siempre literaria. Leer más…

Corto Maltés: siempre de paso

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La ebriedad del suicida

Hoy escribo en ZENDA sobre el libro Autorretrato de Édouard Levé.

Hay libros de los que uno tiene la sensación de salir acompañado por algún personaje; en otros abandona la última página vestido con el aliño de la orfandad. Este último sería el caso de Autorretrato, de Édouard Levé, traducción del bonaerense Matías Battistón y cronológicamente la tercera de las cuatro obras que escribió en toda su vida: ObrasDiarioAutorretrato y Sucidio. Con 87 páginas y una media de 25 frases por página, lo que supone aproximadamente unas dos mil, el lector podrá observar cómo el autor y protagonista de este libro erige una imagen iconoclasta sobre su propia persona, desde lo físico a lo ideológico pasando por varios asuntos no menores y otros sencillamente irrelevantes. LEER MÁS…

La ebriedad del suicida

El viaje

Están de viaje y la tarde va cayendo. Él agradece que el tren no sea muy veloz. En estos casos la rapidez le aburre. Ella se acompaña con el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa. En un momento él levanta la vista de su libro, interrumpido por la fragancia de su pelo. Le huele al frescor de la abadía de Senanque, aquel aroma de lavanda y sueños. Seguro que ella se lo robó a los monjes para siempre, piensa él.

Vivir tiene secretos horrendos y peajes sin sentido. La vida y el viaje son casi una misma cosa.

Feliz y reconfortado vuelve a sus páginas, unas hojas amarillas, y de repente se encuentra con el poema. Está dedicado a García Lorca. Aparecen barcas, sombras, libros y un niño dormido que le recuerda a Aylan, el pequeño expulsado de todo paraíso que encontró refugio en la arena y el agua durante el último viaje de su vida. Aún le duele su recuerdo. Vivir tiene secretos horrendos y peajes sin sentido. La vida y el viaje son casi una misma cosa. «Escucha», le dice ella, «mira lo que escribe Pessoa: “…no hay poniente tan bello que no pudiese serlo más…”.» El tren está llegando al andén. Los dioses bruñen el aire de la estación con el fulgor dorado del crepúsculo. Los héroes acaban de llegar a su destino. Les espera el vino y la noche, la belleza terrible e imperfecta de la vida. 

         PLAYA
                        A Federico García Lorca

Las barcas de dos en dos,
como sandalias del viento
puestas a secar al sol.

Yo y mi sombra, ángulo recto.
Yo y mi sombra, libro abierto.

Sobre la arena tendido
como despojo del mar
se encuentra un niño dormido.

Y la estela de su marcha
abierta al igual que un libro.

Y yo leyendo en los muros
del ángulo de su huida
los imposibles estímulos.

© Herederos de Manuel Altolaguirre, en Las islas invitadas.