«50»

En mayo de 1987 se reunieron en el Teatro Campoamor de Oviedo un grupo de poetas bajo el título de Encuentros con el 50. La voz poética de una generación. Yo contaba con apenas 24 años. Hacía dos años que había terminado la carrera en la Universidad de Oviedo y andaba buscando mi lugar sin mayores responsabilidades gracias al esfuerzo de unos padres indulgentes y una abuela entregada que sufragaban los gastos más importantes. ¡Ah, aquellas abuelas! El resto corría de mi cuenta. Aquel tiempo, en el que la curiosidad te llenaba los bolsillos de grandes experiencias, singulares y novedosas, me permitió asistir a ese acontecimiento poético donde el mundo se entendía y se definía de una forma muy distinta a como estábamos acostumbrados.

» Todo ocurrió como el rumor del oleaje, cuando pensábamos que los dioses nos habían creado a su imagen y semejanza, inmortales.

Hoy, cuando llega a mis manos el libro que recoge las palabras de poetas, críticos y público que intervinieron durante aquellos días, en una edición corregida, anotada y retocada por Miguel Munárriz, en donde muestra una vez más su querencia y afecto por esa generación y por su amigo Ángel González en particular, me pregunto qué queda de aquellas voces en mi memoria y hago recuento.

De Ángel González me quedo con el poema que con diecisiete años leí a una «novia» granadina una noche de enero desde una cabina de Telefónica. Hacía frío y creía que estaba enamorado. De José Manuel Caballero Bonald, la melancolía. De Alfonso Costafreda el despertar llorando de cuclillas / en el rincón sombrío de la alcoba, sus sueños, sus pájaros y sus suicidios. De José María Valverde la largura existencial —y versal— de la conciencia y esa manera tan elegante de ser palabra. De Carlos Barral, la grandeza casi incomprensible de sus versos como cuando dice de una muchacha desnuda que creyéndose sola, se quita los bluejeans junto a una bicicleta, Desnuda frente a un muro de ataúdes eléctrico / recoges una concha seguramente rota. De José Agustín Goytisolo los versos de La noche le es propicia, su desamparo y aquel paradójico día en que al tiempo que su cuerpo descendía desde la ventana de su piso hasta el suelo de la calle también conocí a Félix Grande, volcándonos en una pequeña conversación que duró hasta la madrugada. De Jaime Gil de Biedma la cantidad de veces que en mi juventud, y también algo más tarde, me lo nombraban los amigos y los poetas, la noche y sus esquinas, tanto que, a la mañana siguiente, junto a las sábanas manchadas y la tibia presencia de otro cuerpo, siempre me parecía habitar en un estado efímero y febril que urgía de nuevo a la guerra de los cuerpos, un día más, otra noche más, entre las ruinas de aquella vejez anticipada. De José Ángel Valente sus gritos fragmentados, sus rosas y su esperanza: Sólo yo que he tocado / el sol, la rosa, el día, / y he creído, / soy capaz de morir. El dolor, todo el dolor de Francisco Brines. Y de Claudio Rodríguez las semillas desnudas de sus versos que anidaron en mi boca hasta brotar esas palabras que me ayudaron a nombrar mejor las cosas más antiguas: abedul, bodega, cucharilla… Ya, ya sé que no nombro a algunos, pero no es por olvido, sino por homenajear a Juan García Hortelano y su libro El grupo poético de los años 50.

Es probable que buena parte de todo esto que ahora conservo, tuviera su origen en aquellos encuentros matinales y vespertinos en el Salón de Té del Teatro Campoamor, o en las noches primaverales de una Vetusta que quería despertar de la siesta, celebrando la vida y la palabra en el pub El Paraguas. Hay que destacar que, además de los referentes literarios, lingüísticos y sociopolíticos que pueden rastrearse en este libro, el calor y la alegría de las copas engarzadas cada vez que estos escritores se veían por cualquier lugar de España, engendró ese neuma cómplice y nocturno que ya forma parte de la leyenda generacional del 50: esa alta ventana de la amistad y la noche. Y sin embargo, cuando mi nuca se pega al espejo y siente los cristales rotos del pasado, cuando el azogue se desprende y queda el óxido en las pupilas, lo más exacto sería decir que todo ocurrió como el rumor del oleaje, suave y lentamente, cuando pensábamos que los dioses nos habían creado a su imagen y semejanza, inmortales.

Este libro, como muchos otros —si pulsan aquí tendrán otro gratificante ejemplo no venal para su completo disfrute—, es un reflejo social y cultural de primera magnitud, en este caso también literario y amical, que responde a una época de una España no muy lejana. Por entonces el arte y sus diversas expresiones eran la fuente y el cántaro de la libertad. Para que luego pregunten los políticos, con sus salivazos sobre la cultura, para qué sirven los encuentros de escritores. ¡Malditos ignorantes!

 

La decisión

Que alguien le envió una rosa, me dijo mientras compartíamos un Palo cortado en la Alameda de Hércules. Bien es cierto que una rosa virtual, inodora, básica, tipo emoticono. No supo si aquello era un guiño o bien respondía a esa hermosa tradición arraigada en Cataluña durante la fiesta de San Jorge. El asunto fue que, no teniendo a mano un libro virtual que ofrecerle, le agradeció el detalle enviándole otra rosa y comunicándole, aún no sabía a santo de qué, su decisión de tomarse un par de años para volver la vista hacia esos clásicos que ni el tiempo ha logrado enterrar o bien, a aquellos otros libros que algún editor, en su infinita indulgencia, suele rescatar del olvido.

»Volvió a sentir lo que ni el fútbol ni el trabajo

ni internet jamás le habían dado.

La decisión, siguió contándome, no llegó porque se hubiera saturado leyendo las nuevas propuestas o porque pensara que, en realidad, desde el punto de vista literario, todavía seguimos braceando, y buceando, por el siglo veinte a falta de que llegue el nuevo Proust (liquidador del diecinueve y padrino del veinte), otro Kafka, un Joyce, un Faulkner o siquiera un Borges tal vez. Tan sólo ocurrió que pasando el dedo por los lomos de la librería se encontró inesperadamente con Thomas de Quincey y su delicioso Los últimos días de Emmanuel Kant. No muy lejos estaba vertical y delicadamente reposando El mandarín de Eça de Queiroz y unos cuantos centímetros más allá los Cuentos de Edgar Allan Poe. Recordó, ¡cuánto tiempo hacía ya!, los sólidos y pausados momentos de aquellas lecturas y entonces percibió en la yema de su dedo un cálido hormigueo que comenzó a calentar su brazo, trepó hasta el cuello por su hombro y se introdujo por los poros de la nuca hasta llegar a algún lugar del cerebro en donde sus neuronas enloquecieron de placer. De repente, aquellos días felices se elevaron ante él, imponentes edificios de una belleza exultante, y un caleidoscopio de paisajes y personajes fueron apareciendo ante sus ojos, entreverándose unos con otros: de Luz de agosto a Dr. Jekyll y Mr. Hyde; de Madame Bovary a Moby Dick o de Los demonios a Región. No supo darme razón del tiempo que estuvo viendo la danza de aquellos seres y volúmenes que aparecían por todos los flancos a su alrededor como chispas súbitas iluminando el universo. Por unos instantes permaneció aturdido, creyó que le faltaba el aire y temió desvanecerse como si el síndrome de Stendahl le hubiera golpeado a traición. Y aunque notó que el corazón se desbocaba, lejos estaba él de este viajero que un día a la salida de la Basílica de la Santa Cruz, en Florencia, sintió que la vida estaba agotada, caminando con miedo a caerse. Nada de eso. Cuando hubo recuperado la consciencia, ya sólo quiso volver a sentir aquella emoción de los dieciocho, de los veinte o incluso de los treinta años, cuando los libros eran la medida de casi todas las cosas. Esos libros que, junto al amor, le salvaron de convertirse en «el agraz atormentado que no encuentra aliento ni lugar en donde reposar su mala ventura».

Y, colorín colorado, así fue como decidió volver a sentir lo que hace ya mucho tiempo no sentía y que ni el fútbol ni el trabajo ni internet jamás le habían proporcionado. Lo mismo que sintió un día no muy lejano cuando al pedir un café en el Horno San Buenaventura, se encontró en el mostrador con aquellas magdalenas estrechas y alargadas, cubiertas por una delgada capa de praliné de chocolate glaseado. Al menos hacía cuarenta años que no había vuelto a probar una. Retiró el envoltorio, la mojó con la liturgia de un condenado y, tras darle el primer bocado, en su mente estalló todo el imperio lejano de su infancia.

Emigrante

Que España ha sido y sigue siendo un país de emigrantes no lo discute nadie, pero no sé por qué su reflejo en la literatura es cuando menos escaso. Yo sólo tuve la ocasión de conocer bien a un emigrante, hacia finales del siglo pasado. Se llamaba Paco y era de algún pueblo del oriente de Asturias. La situación de siniestro económico y social que asoló al país durante los años cincuenta, me contó este hombre de baja estatura, pelo atusado y perfil recortado como un secundario hollywoodiense, le empujó a partir hacia el norte de Alemania para trabajar de soldador en los astilleros Blohm+Voss, en Hamburgo. Un trabajo duro, extremo y, sobre todo, solitario. Ahora, cuando han coincidido dos buenas novelas sobre mi mesa —El hombre que amó a Eve Paradise del orensano Edmundo Díaz Conde y Molinos de viento en Brooklyn del neoyorkino Prudencio de Pereda— que hablan y tienen como protagonistas a emigrantes españoles, entiendo mejor los sinsabores y peripecias por las que hubo de pasar. Paco también me contó cómo se casó por poderes y cómo hubo de esperar tres años con sus noches de horas negras, fumando a solas en la pensión y hablando de vez en cuando con un compañero español y otro portugués, hasta que logró con sus primeras vacaciones venir a España para pasar la luna de miel junto a su mujer y consumar aquella unión en un pequeño hotel frente a la costa de Llanes. Nunca más volvieron a separarse hasta su muerte.

» Edmundo Díaz Conde y Prudencio de Pereda firman dos novelas sobre la emigración invisible, una emigración que habla de todos nosotros, de lo que fuimos, de por qué fuimos así y de por qué seguimos siendo como somos.

El hombre que amó a Eve Paradise es una muy entretenida —y bien premiada— novela de variada peripecia que transcurre en los Estados Unidos de Norteamérica y en donde el mundo del cine mudo, la justicia y el crimen se dan la mano —gracias al buen hacer de su autor— para hablar de una actriz singular que «amaba su profesión y también su estatus», una mujer que «necesitaba ser querida…, …sin pretensiones de ensuciarla con húmedos besos y abrazos cálidos. Esa regla admitía sólo una excepción: los chicos jóvenes. Y no todos, desde luego.» Pero una de las cosas que más ha llamado mi atención es que en esta obra la mayoría de sus personajes son españoles. ¿Qué hacían en los Estados Unidos tantos españoles? Díaz Conde cuenta con destreza el por qué de su presencia. La historia de la protagonista, la niña sevillana Eva, más tarde Eve Paradise, se cuenta casi al principio, pero pululan otros personajes importantes que llegaron allí por otros medios, persiguiendo un techo y una paga mensual que se les negaba en una España de principios de siglo, diezmada y hambrienta por la guerra de África y una epidemia de gripe brutal. El autor acierta al contar el periplo, la travesía y las condiciones misérrimas de los emigrantes a bordo del SS Orteric desde las costas andaluzas hasta el territorio de Hawai. Un territorio —todavía no era un estado— que necesitaba de braceros duros y experimentados para la siembra y recolección de la caña de azúcar y que encontró entre españoles y portugueses, pero también entre otras nacionalidades, una mano de obra más cualificada para los intereses estadounidenses que la de chinos o japoneses. Pero Hawai tampoco era la tierra de promisión esperada y estos emigrantes sin más fortuna que su cuerpo y la extenuante ambición de mejorar día a día, partieron hacia California, Chicago o Nueva York con la voluntad si cabe aún más curtida, cincelada de sol a sol. Así fue como se establecieron y fueron dejando una huella mínima si se compara con la emigración irlandesa o italiana, pero igual de indeleble a poco que se rastree. Por lo demás, que esta novela se catalogue como «negra» no deja de ser un puro formalismo: claro que es negra, pero también es mucho más que eso y es, por encima de ello, una buena novela que entretiene al tiempo que enseña. Algo que en estos tiempos no es moco de pavo. Si la leen, estén atentos a la hipnosis. No digo más, pues no quisiera desvelar los secretos del argumento.

La segunda novela, Molinos de viento en Brooklyn, es un relato delicioso, sencillo y finalmente enternecedor que nos muestra la vida de los emigrantes españoles en Nueva York. Al igual que la anterior transcurre durante los años anteriores al crack de 1929, años de ley seca y convulsiones sociales. Por cierto que, hablando de la ley seca, y como bien refleja la novela de Edmundo Díaz Conde, es bueno recordar aquella copla de Manuel Penella titulada En tierra extraña e interpretada por Concha Piquer que tanto cantaron a uno y otro lado del Atlántico. Dice:

Fue en Nueva York
una Nochebuena,
que yo preparé una cena
para invitar a mis paisanos.
En la reunión, toda de españoles,
entre palmas, vino y olés,
por España se brindó.
Como estaba prohibido por la Ley Seca,
allí nadie bebía vino de España.
Yo pagué a precio de oro una receta
para que se nos diera vino español.

Y es que el vino español se vendía en las farmacias como medicamento, una consideración que tal vez no debió haber perdido nunca. ¡Imagínense las bodegas convertidas en empresas farmacéuticas! Este país sería ahora enormemente rico.

Prudencio de Pereda, neoyorkino de origen español, recrea con un estilo directo y de pegada certera, su infancia y juventud en Brooklyn de la mano de su abuelo, una suerte de caballero con mimbres quijotescos, y de Agapito López, traficante de puros habanos —los conocidos como teverianos—. En compañía de éste y, en ocasiones también del abuelo, le mostrará al pequeño el negocio de las cajas de puros, el de la heroína o el del licor francés, tan pronto en un ambiente tabernario como en un obispado o en el salón de primera clase de un trasatlántico. Y así, mientras Agapito López le enseña al muchacho el valor de la amistad, el abuelo hace lo propio con la lealtad; si uno le muestra el camino del éxito y la tradición de la picaresca española, el otro lo habilita en la rectitud y la dignidad; y si Agapito le ayuda con cualquier problema cotidiano (el embarazo de la novia de su amigo Gerry, por ejemplo), el abuelo le da la cobertura necesaria para mantener sus primeros amoríos con la señora Martínez, una viuda extraordinaria que se portará muy, pero que muy bien con él. Y así se van sucediendo peripecias que nos acercan a unos compatriotas que dejaron sus costumbres (la paella o el duelo), su impronta (alegre y melancólica) y su sentido de la vida (la fiesta junto a la muerte y viceversa) en una de las ciudades más importantes del mundo. Ayuda, y mucho, a esta narración la excelente traducción de Ignacio Gómez Calvo y complementa con tino y conocimiento el epílogo esclarecedor del escritor Jorge Ordaz, a quien pueden seguir en su bitácora Obiter dicta pulsando aquí.

Se trata, además, de dos obras muy cinematográficas. La primera por su cuidada y evocadora ambientación y la segunda porque su texto reclama a gritos una desahogada producción para no olvidar esta emigración invisible que habla de todos nosotros, de lo que fuimos, de por qué fuimos así y de por qué seguimos siendo como somos.

Y ahora, después de estas lecturas, recuerdo también la última vez que vi a Paco. Ya me había contado sus muchas aventuras de emigrante, sin darles mayor importancia y sin un sólo deje de resentimiento con su país del que partía cada final de verano abortando las lágrimas propias y enjugando las de su mujer con ternura de galán. Aquella tarde me pidió que le acompañara a una librería de viejo que ya no existe. Cuando salió acercó el coche e introdujo en el maletero más de doscientos novelas de a duro en formato octavo de autores como Marcial Lafuente Estefanía o José Mallorquí, entre otros. Le pregunté, claro. En su casa de Hannover (janofa, pronunciaba en perfecto alemán) tenía más de dos mil novelas, muchas de las cuales había releído durante aquella largura de días en la soledad de una habitación, tras horas de trabajo. «Para no volverme loco y, sobre todo, para no romperme el corazón», me dijo.