San Viernes

A la amistad siempre le sienta bien la hechura de la libertad. Pero para mantenerla viva conviene que la acunemos con palabras muy cuidadas. Esto hará que nos mantengamos alerta, pues si el amor muere por aburrimiento, la amistad se gripa con la distancia y el silencio. Y en un país enviciado con la agrura del miedo a significarse, bienaventurados sean quienes se honran a un mismo tiempo con la amistad del joven y de la anciana, de la lesbiana de derechas y del transversal multisexo, de la novelista barroca y del actor resentido, de la animalista y del gay tauromáquico, del emigrante y del refugiado, de la de él y de la tuya, ya sean omnívoros o veganas, solteros o casadas.

» La amistad es un desafío constante al corazón y la inteligencia.

Y si en mi vida aprendí muy pronto que pocas cosas iban a darme mayor satisfacción que la curiosidad por lo desconocido y los diferentes, en mi vida adulta comprendí que en nuestras sociedades es fundamental la existencia y el amparo de quienes se han forjado en un empeño optimista del progreso, y cuya excelencia y liderazgo suele provenir de un personalismo puesto a disposición del bien común. Su aportación crítica a la sociedad y a las instituciones, mal que le pese a los hooligans de la corrección sociopolítica y del pensamiento único, sea conservador o progresista, ha contribuido a que todavía no nos hayamos deshumanizado, logrando que nuestros trabajos y el arte de vivir no queden reducidos a una labor mecánica, burocrática o simplemente virtual.

Ahora, cuando un amigo está cercano a la jubilación y repaso lo que sé de su vida —que también es parte de la mía—, sé que él ha representado bien a uno de esos tipos a los que me refería en el párrafo anterior. Contemplo cómo a los espinos particulares de la vida ha respondido con la prudencia y el arrojo de quien sabe cómo empieza el día pero nunca cómo acaba, y a los desplantes profesionales con la humilde arrogancia de un Sócrates condenado de antemano por la ignorancia y los prejuicios de unos políticos que pasaron sin gloria y con gran pena para sus conciudadanos. Siempre que pudo fue por delante con su mano franca de jugador noble y me consta que ha sabido honrar la memoria de sus antepasados con la costumbre del esfuerzo y la habilidad para la seducción y el pacto. Y advierto emocionado, no sin cierta y bienintencionada chanza, que está a punto de poner el pie en ese territorio ignoto en el que deberá, con la paciencia del alquimista que en sus ratos libres juega a los bolos, convertir su experiencia en sabiduría. Porque con la edad, allá por los 90 ó 100 años, uno se va tornando ufanamente testarudo y no suele cambiar de opinión manque pierda, como reza la divisa de cualquier bético de pro. La jubilación, por tanto, es un tiempo necesario —hito que debiera acaecer a los 60 como muy tarde—, porque sirve para cimentar las ideas que tal vez luego se depositen con lengua de seda sobre los nietos y las generaciones venideras. Y es que uno se jubila de la profesión remunerada, pero no del oficio de la vida que emerge ahora con un ímpetu alegre y desbocado.

El Quijote, que contiene toda la aventura vital del ser humano y su espíritu, es también la historia entre Sancho y don Quijote, es decir, la gran historia de la amistad. Es en este libro prodigioso donde aparece la venta de Palomeque (I, 2, 16, 17, etc.), ese lugar en el que se dan cita universitarios y aristócratas, hombres y mujeres, sí, pero también y sobre todo, gente humilde. Pues bien, mi amigo ha hecho posible que esa venta, rediviva y al calor de otro ventero, sea hoy un café bar donde todos tienen sitio y donde habitan las cuevas y los gigantes, los encantamientos y los viajes, las opiniones y los pareceres, las cuitas del amor y la amistad. También las aventuras de tirios y de troyanas o de cazadores y pescadores tienen su lugar en este pequeño gran teatro en el que cada uno se pone la máscara que más le apetece para representar o para aprender lo que el Sr. López, alumno de Juan de Mairena, tradujera al lenguaje poético: «Lo que pasa en la calle». Y a todo esto mi amigo le dio el nombre de San Viernes, santificando de manera laica ese quinto de la semana y citándonos bajo su palio a mujeres, hombres y cualesquiera otros seres de buena voluntad, para celebrar la aventura cotidiana del vivir. Con el tiempo, y ya van muchos años a caballo de dos siglos, San Viernes se ha convertido en ese sanctasanctórum en el que la palabra viva es sosegada por el buen humor y la comanda y donde el vino sirve de médium intelectual para elevarnos a delirios vanos o empresas imposibles.

Es cierto que la amistad es una aleación de metales que se templa con las piedras del camino, pero casi nada mejor que un corazón inteligente para hacer de ella un lugar en el que poder descansar el vértigo del tiempo. Entre esas piedras hay de todo un poco: trabajo, soledad, ilusión, amargura, victoria o miseria, pero más que nada desafío. Y ahora que lo pienso, yo creo que esto es lo que nos unió, pues supimos ver a tiempo que nuestra amistad sería un desafío constante al corazón y a la inteligencia o, de lo contrario, no sería. Todavía hoy recuerdo con nitidez el primer día que nuestras manos se saludaron: más de veinte años después sigue haciéndolo con tanta ternura y tanta firmeza como cuando saluda a sus amigos cada San Viernes. Mañana será, antes de su jubilación profesional, el último viernes que nos convoque. No sé si le debo una, pero mañana le invito yo. Y que el desafío de la amistad siga su camino.

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2 pensamientos en “San Viernes

  1. Amigo Javier tus palabras son fruto de la amistad, mutua y duradera. Agradezco tu comentario y aunque el laboreo acabe , seguiremos en el San Yoraco. Mañana nos vemos

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