Trumpantoja

Comencé el año escuchando el concierto de Año Nuevo de la Orquesta Sinfónica de Viena, dirigida por un Dudamiel alegre y cercano a la revolución bolivariana. Pura tolerancia política de esa alta burguesía, tan discreta y encantadora o tan hipócrita y ostentosa que diría Thomas Bernhard. Luego le di un bocado a ese irresistible y luminoso Pisar cieno de la sevillana Rocío Hernández Triano, recomendación y regalo de una editora que anda estos días en el bauprés, oteando galeradas a la caza de gazapos. Agradecido, al final les dejo una muestra. 

Pero ni siquiera las sanas costumbres pueden con el desasosiego de los días. Llegaron Trump y la Pantoja y medio mundo y medio país se echaron a temblar y a reír por no llorar ante tanta vergüenza ajena. El otro medio mundo y el resto del país andan conspirando, de populismo a populismo y tiro porque me toca, haciéndonos ver que son ellos los guardianes del sentido común. Si no fuera por la distancia y la hipérbole, casarían bien la trampa del americano y la de la española, intentando hacernos ver lo que no es: la trumpantoja, esa ilusión de unos votantes y seguidores que confían más en el deslumbrante vellocino de oro que en la lumbre del progreso acompasado.

No obstante, no pierdo la fe tan pronto. Aún queda algún que otro frío polar y hay que pertrecharse. Por eso agradecí tanto, en medio de este desapacible y gélido ciberespacio, la silla que me ofreció un amigo para sentarme a la mesa junto con otra docena de escritores sin más intención que encontrarnos en el lento placer de un menú de 9 euros, acompañado de conversaciones atentas, respeto y ternura no exentas de sus risas, ironías y cuchufletas que a todos nos embromaron hasta !las seis de la tarde! Por supuesto que hablamos de literatura, de la negra, de la blanca y de la gris, de la de Juan Benet y de la de Fred Vargas, de la cara b de Islandia y de nuestros últimos proyectos, pero lo hicimos con la levedad que la cordura recomienda, alejados de la salmodia presuntuosa, erudita o narcisista, que tanto daño hace. Eso, junto con las miradas, los abrazos y un café de despedida hicieron del encuentro un regalo inesperado en medio de este invierno.

In media res

Fui una niña con suerte.
Mis padres se querían, yo era la hija única
de un sargento a caballo,
con magnum parabellum y R12
en un barrio parido por el tardofranquismo,
un Jordán de la urbe donde se bautizaban
las familias de pueblo,
la gente de arrabal y patios de vecinos.

Mi padre había heredado un encinar
de una tía soltera.
Mi madre enjaezaba con las colchas morunas,
con la chinoiserie y el perro de lladró
que nos dejó la tata.
Comíamos yoplait, yo tenía tres barbies
y un cenixín y un cuarto para juegos,
cierta vaga conciencia
de ser algo más rica que otras niñas:
veraneo en la playa, vestido en la patrona,
no escatimar el duro en el quiosco.
Hija de un funcionario, te llamaban,
y te sentías ungida por un óleo santísimo.

Y así crecí, entre ufana y culpable,
con los kilos de más que impone la alegría.

Siempre en tierra de nadie.

Hidalga sin blasón de los barrios obreros,
dulce pez resbaloso de las aguas salobres.

© Rocío Hernández Triano. De Pisar cieno. Algaida poesía. Sevilla, 2016.

 

 

 

«50»

En mayo de 1987 se reunieron en el Teatro Campoamor de Oviedo un grupo de poetas bajo el título de Encuentros con el 50. La voz poética de una generación. Yo contaba con apenas 24 años. Hacía dos años que había terminado la carrera en la Universidad de Oviedo y andaba buscando mi lugar sin mayores responsabilidades gracias al esfuerzo de unos padres indulgentes y una abuela entregada que sufragaban los gastos más importantes. ¡Ah, aquellas abuelas! El resto corría de mi cuenta. Aquel tiempo, en el que la curiosidad te llenaba los bolsillos de grandes experiencias, singulares y novedosas, me permitió asistir a ese acontecimiento poético donde el mundo se entendía y se definía de una forma muy distinta a como estábamos acostumbrados.

» Todo ocurrió como el rumor del oleaje, cuando pensábamos que los dioses nos habían creado a su imagen y semejanza, inmortales.

Hoy, cuando llega a mis manos el libro que recoge las palabras de poetas, críticos y público que intervinieron durante aquellos días, en una edición corregida, anotada y retocada por Miguel Munárriz, en donde muestra una vez más su querencia y afecto por esa generación y por su amigo Ángel González en particular, me pregunto qué queda de aquellas voces en mi memoria y hago recuento.

De Ángel González me quedo con el poema que con diecisiete años leí a una «novia» granadina una noche de enero desde una cabina de Telefónica. Hacía frío y creía que estaba enamorado. De José Manuel Caballero Bonald, la melancolía. De Alfonso Costafreda el despertar llorando de cuclillas / en el rincón sombrío de la alcoba, sus sueños, sus pájaros y sus suicidios. De José María Valverde la largura existencial —y versal— de la conciencia y esa manera tan elegante de ser palabra. De Carlos Barral, la grandeza casi incomprensible de sus versos como cuando dice de una muchacha desnuda que creyéndose sola, se quita los bluejeans junto a una bicicleta, Desnuda frente a un muro de ataúdes eléctrico / recoges una concha seguramente rota. De José Agustín Goytisolo los versos de La noche le es propicia, su desamparo y aquel paradójico día en que al tiempo que su cuerpo descendía desde la ventana de su piso hasta el suelo de la calle también conocí a Félix Grande, volcándonos en una pequeña conversación que duró hasta la madrugada. De Jaime Gil de Biedma la cantidad de veces que en mi juventud, y también algo más tarde, me lo nombraban los amigos y los poetas, la noche y sus esquinas, tanto que, a la mañana siguiente, junto a las sábanas manchadas y la tibia presencia de otro cuerpo, siempre me parecía habitar en un estado efímero y febril que urgía de nuevo a la guerra de los cuerpos, un día más, otra noche más, entre las ruinas de aquella vejez anticipada. De José Ángel Valente sus gritos fragmentados, sus rosas y su esperanza: Sólo yo que he tocado / el sol, la rosa, el día, / y he creído, / soy capaz de morir. El dolor, todo el dolor de Francisco Brines. Y de Claudio Rodríguez las semillas desnudas de sus versos que anidaron en mi boca hasta brotar esas palabras que me ayudaron a nombrar mejor las cosas más antiguas: abedul, bodega, cucharilla… Ya, ya sé que no nombro a algunos, pero no es por olvido, sino por homenajear a Juan García Hortelano y su libro El grupo poético de los años 50.

Es probable que buena parte de todo esto que ahora conservo, tuviera su origen en aquellos encuentros matinales y vespertinos en el Salón de Té del Teatro Campoamor, o en las noches primaverales de una Vetusta que quería despertar de la siesta, celebrando la vida y la palabra en el pub El Paraguas. Hay que destacar que, además de los referentes literarios, lingüísticos y sociopolíticos que pueden rastrearse en este libro, el calor y la alegría de las copas engarzadas cada vez que estos escritores se veían por cualquier lugar de España, engendró ese neuma cómplice y nocturno que ya forma parte de la leyenda generacional del 50: esa alta ventana de la amistad y la noche. Y sin embargo, cuando mi nuca se pega al espejo y siente los cristales rotos del pasado, cuando el azogue se desprende y queda el óxido en las pupilas, lo más exacto sería decir que todo ocurrió como el rumor del oleaje, suave y lentamente, cuando pensábamos que los dioses nos habían creado a su imagen y semejanza, inmortales.

Este libro, como muchos otros —si pulsan aquí tendrán otro gratificante ejemplo no venal para su completo disfrute—, es un reflejo social y cultural de primera magnitud, en este caso también literario y amical, que responde a una época de una España no muy lejana. Por entonces el arte y sus diversas expresiones eran la fuente y el cántaro de la libertad. Para que luego pregunten los políticos, con sus salivazos sobre la cultura, para qué sirven los encuentros de escritores. ¡Malditos ignorantes!

 

LA ÚLTIMA LECCIÓN

A veces, cansado de convivir entre la barbarie, algunos dicen que en una mierda de país y no les falta razón cuando observas cómo dejas de tener amistades por pensar diferente, ya sea por el proceso en Cataluña o porque no votas lo mismo que ellos, convirtiéndote en un apestado y rodeado por la nueva policía político moral, no está mal, me digo, hablar de algo que me reconforte para seguir, mañana, agrupados en la lucha continua contra la transversal y la transnacional. El caso es que paseaba ayer con estas cuitas cuando me encontré a Rafael por la calle, a las puertas de una tienda. Rafael fue mi profesor de Educación Física en el Instituto Alfonso II de Oviedo, uno de los mejores centros de la ciudad, hasta que llegaron los nuevos planes y se acabaron los mejores y los peores y se igualó todo en la mediocridad burocrática. Recuerdo su bonhomía y su retranca, gallega de nacimiento y manchega a buen seguro por haberse leído el Quijote de cabo a rabo y velado armas hasta las tantas de la madrugada.

» Las palabras se desbocaron, su boca se incendió, la mía era agua… Ojalá le guste esta rosa. ¡Es todo tan misterioso!

Un día nos arbitró un partido de balonmano. A un lado estábamos los de segundo de BUP. Al otro, los muchachos de COU. Era el último minuto y estábamos empatados a 19. Atacaban ellos y nosotros defendíamos una proeza que, de conseguirla, sería recordada por mucho tiempo. Logré cortar un pase del lateral y me encaminé veloz hacía el área contraria. El portero estaba situado en la mediana del campo, sorprendido comenzó a retroceder como un creyente ante el diablo y en ese momento lo vi con claridad. Lancé la pelota en marcha, con un sutil golpe de muñeca hice que trazara una parábola lenta y suave como una noche de verano que paralizó los corazones de la grada, descendió con la hermosura de un cuerpo celeste, tocó levemente en el larguero y rebotó angustiosamente justo fuera de la línea de gol, una vez, dos veces, tres. No perdimos, pero pasamos de la gloria al fracaso. Rafael pitó el final del partido. El portero me consoló. Odié siempre aquel abrazo. A Rafael ni se le ocurrió. «La próxima vez, ya sabes», me dijo, «siempre hay que llegar hasta el fondo del asunto.» La lección estaba aprendida. Quienes se lo han jugado todo en un instante y han perdido, o quienes han sentido el fracaso por una palabra mal dicha o escrita o tal vez por unos céntimos de euro mal contabilizados, saben de qué les hablo. Esa imagen de rabia musculada y consistente que se te repite durante muchas noches y que darías lo que fuera por poder cambiarla.

Años más tarde me encontré a Rafael en la Administración y fuimos compañeros: me enseñó un par de trucos para ayudar a quienes se dejan ayudar sin que se notara demasiado y uno infalible para quienes no: dejarles que se cuezan a fuego lento en el infierno de su terquedad. No olvidaré aquel centro de sabiduría popular que formaban él y Paquita, un auténtico búnker contra la inagotable tontería del hombre, don Antonio Machado dixit. Hace unos pocos años se jubiló.

 El caso es que ayer vi a Rafael, a las puerta de una tienda y con la alegre impaciencia del joven que va a descubrir algo nuevo y con la complicidad de quien comparte un secreto, me dijo: «Javier, hoy no me detengo que voy a ver si encuentro una cosa para mi mujer que le gusta mucho». Me quedé gratamente sorprendido por esa urgencia tan delicada que nunca había pensado para quien fuera años atrás mi profesor y mi compañero. Y es que solemos ser gente desatenta y padecemos de una presbicia emocional que nos hace cada vez menos humanos.

No sé bien por qué les cuento esto, pero hoy tengo prisa… Creo que voy a buscarle algo a mi mujer… ayer vi una rosa… era de chocolate… se parecía a la de El principito… con sus cuatro espinas. No en vano tal día como hoy de hace una docena de años, con un viento sur que desnorta a las gentes de estos lares, nos encontramos por primera vez. Seguro que ustedes ya comprenden: las palabras se desbocaron, su boca se incendió, la mía era agua… Ojalá le guste esta rosa. ¡Es todo tan misterioso! Gracias, Rafael.