Emigrante

Que España ha sido y sigue siendo un país de emigrantes no lo discute nadie, pero no sé por qué su reflejo en la literatura es cuando menos escaso. Yo sólo tuve la ocasión de conocer bien a un emigrante, hacia finales del siglo pasado. Se llamaba Paco y era de algún pueblo del oriente de Asturias. La situación de siniestro económico y social que asoló al país durante los años cincuenta, me contó este hombre de baja estatura, pelo atusado y perfil recortado como un secundario hollywoodiense, le empujó a partir hacia el norte de Alemania para trabajar de soldador en los astilleros Blohm+Voss, en Hamburgo. Un trabajo duro, extremo y, sobre todo, solitario. Ahora, cuando han coincidido dos buenas novelas sobre mi mesa —El hombre que amó a Eve Paradise del orensano Edmundo Díaz Conde y Molinos de viento en Brooklyn del neoyorkino Prudencio de Pereda— que hablan y tienen como protagonistas a emigrantes españoles, entiendo mejor los sinsabores y peripecias por las que hubo de pasar. Paco también me contó cómo se casó por poderes y cómo hubo de esperar tres años con sus noches de horas negras, fumando a solas en la pensión y hablando de vez en cuando con un compañero español y otro portugués, hasta que logró con sus primeras vacaciones venir a España para pasar la luna de miel junto a su mujer y consumar aquella unión en un pequeño hotel frente a la costa de Llanes. Nunca más volvieron a separarse hasta su muerte.

» Edmundo Díaz Conde y Prudencio de Pereda firman dos novelas sobre la emigración invisible, una emigración que habla de todos nosotros, de lo que fuimos, de por qué fuimos así y de por qué seguimos siendo como somos.

El hombre que amó a Eve Paradise es una muy entretenida —y bien premiada— novela de variada peripecia que transcurre en los Estados Unidos de Norteamérica y en donde el mundo del cine mudo, la justicia y el crimen se dan la mano —gracias al buen hacer de su autor— para hablar de una actriz singular que «amaba su profesión y también su estatus», una mujer que «necesitaba ser querida…, …sin pretensiones de ensuciarla con húmedos besos y abrazos cálidos. Esa regla admitía sólo una excepción: los chicos jóvenes. Y no todos, desde luego.» Pero una de las cosas que más ha llamado mi atención es que en esta obra la mayoría de sus personajes son españoles. ¿Qué hacían en los Estados Unidos tantos españoles? Díaz Conde cuenta con destreza el por qué de su presencia. La historia de la protagonista, la niña sevillana Eva, más tarde Eve Paradise, se cuenta casi al principio, pero pululan otros personajes importantes que llegaron allí por otros medios, persiguiendo un techo y una paga mensual que se les negaba en una España de principios de siglo, diezmada y hambrienta por la guerra de África y una epidemia de gripe brutal. El autor acierta al contar el periplo, la travesía y las condiciones misérrimas de los emigrantes a bordo del SS Orteric desde las costas andaluzas hasta el territorio de Hawai. Un territorio —todavía no era un estado— que necesitaba de braceros duros y experimentados para la siembra y recolección de la caña de azúcar y que encontró entre españoles y portugueses, pero también entre otras nacionalidades, una mano de obra más cualificada para los intereses estadounidenses que la de chinos o japoneses. Pero Hawai tampoco era la tierra de promisión esperada y estos emigrantes sin más fortuna que su cuerpo y la extenuante ambición de mejorar día a día, partieron hacia California, Chicago o Nueva York con la voluntad si cabe aún más curtida, cincelada de sol a sol. Así fue como se establecieron y fueron dejando una huella mínima si se compara con la emigración irlandesa o italiana, pero igual de indeleble a poco que se rastree. Por lo demás, que esta novela se catalogue como «negra» no deja de ser un puro formalismo: claro que es negra, pero también es mucho más que eso y es, por encima de ello, una buena novela que entretiene al tiempo que enseña. Algo que en estos tiempos no es moco de pavo. Si la leen, estén atentos a la hipnosis. No digo más, pues no quisiera desvelar los secretos del argumento.

La segunda novela, Molinos de viento en Brooklyn, es un relato delicioso, sencillo y finalmente enternecedor que nos muestra la vida de los emigrantes españoles en Nueva York. Al igual que la anterior transcurre durante los años anteriores al crack de 1929, años de ley seca y convulsiones sociales. Por cierto que, hablando de la ley seca, y como bien refleja la novela de Edmundo Díaz Conde, es bueno recordar aquella copla de Manuel Penella titulada En tierra extraña e interpretada por Concha Piquer que tanto cantaron a uno y otro lado del Atlántico. Dice:

Fue en Nueva York
una Nochebuena,
que yo preparé una cena
para invitar a mis paisanos.
En la reunión, toda de españoles,
entre palmas, vino y olés,
por España se brindó.
Como estaba prohibido por la Ley Seca,
allí nadie bebía vino de España.
Yo pagué a precio de oro una receta
para que se nos diera vino español.

Y es que el vino español se vendía en las farmacias como medicamento, una consideración que tal vez no debió haber perdido nunca. ¡Imagínense las bodegas convertidas en empresas farmacéuticas! Este país sería ahora enormemente rico.

Prudencio de Pereda, neoyorkino de origen español, recrea con un estilo directo y de pegada certera, su infancia y juventud en Brooklyn de la mano de su abuelo, una suerte de caballero con mimbres quijotescos, y de Agapito López, traficante de puros habanos —los conocidos como teverianos—. En compañía de éste y, en ocasiones también del abuelo, le mostrará al pequeño el negocio de las cajas de puros, el de la heroína o el del licor francés, tan pronto en un ambiente tabernario como en un obispado o en el salón de primera clase de un trasatlántico. Y así, mientras Agapito López le enseña al muchacho el valor de la amistad, el abuelo hace lo propio con la lealtad; si uno le muestra el camino del éxito y la tradición de la picaresca española, el otro lo habilita en la rectitud y la dignidad; y si Agapito le ayuda con cualquier problema cotidiano (el embarazo de la novia de su amigo Gerry, por ejemplo), el abuelo le da la cobertura necesaria para mantener sus primeros amoríos con la señora Martínez, una viuda extraordinaria que se portará muy, pero que muy bien con él. Y así se van sucediendo peripecias que nos acercan a unos compatriotas que dejaron sus costumbres (la paella o el duelo), su impronta (alegre y melancólica) y su sentido de la vida (la fiesta junto a la muerte y viceversa) en una de las ciudades más importantes del mundo. Ayuda, y mucho, a esta narración la excelente traducción de Ignacio Gómez Calvo y complementa con tino y conocimiento el epílogo esclarecedor del escritor Jorge Ordaz, a quien pueden seguir en su bitácora Obiter dicta pulsando aquí.

Se trata, además, de dos obras muy cinematográficas. La primera por su cuidada y evocadora ambientación y la segunda porque su texto reclama a gritos una desahogada producción para no olvidar esta emigración invisible que habla de todos nosotros, de lo que fuimos, de por qué fuimos así y de por qué seguimos siendo como somos.

Y ahora, después de estas lecturas, recuerdo también la última vez que vi a Paco. Ya me había contado sus muchas aventuras de emigrante, sin darles mayor importancia y sin un sólo deje de resentimiento con su país del que partía cada final de verano abortando las lágrimas propias y enjugando las de su mujer con ternura de galán. Aquella tarde me pidió que le acompañara a una librería de viejo que ya no existe. Cuando salió acercó el coche e introdujo en el maletero más de doscientos novelas de a duro en formato octavo de autores como Marcial Lafuente Estefanía o José Mallorquí, entre otros. Le pregunté, claro. En su casa de Hannover (janofa, pronunciaba en perfecto alemán) tenía más de dos mil novelas, muchas de las cuales había releído durante aquella largura de días en la soledad de una habitación, tras horas de trabajo. «Para no volverme loco y, sobre todo, para no romperme el corazón», me dijo. 

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5 pensamientos en “Emigrante

  1. Como suelo repetir, el cine (no solo español) saldría ganando, y mucho, si se basara más en buenas novelas, abundantes y a buen precio, más baratas, sin duda, que esos guiones escritos en un par de horas por alguien que pasa por ahí (su posible talento arruinado por las prisas). He dicho (de nuevo).

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