Peatón en París

Existe una parte de mí que en este octubre flojo se nota algo tontorrón, encendido entre la alegría y el placer. Que nadie se preocupe. Seguro que es algo pasajero, un rubor sin importancia, una fiebre otoñal. La otra sigue íntegramente cabreada e impotente con la vergüenza que siento cada vez que leo o veo las últimas noticias: parafraseando a la escritora polaca Wislava Szymborska, pido perdón a todos esos seres sin casa por seguir la vida, mi vida, como puedo. Así que por la tarde salgo a la calle y me aparco en un café. Leo El peatón de París, de Léon-Paul Fargue. Fargue ya está muerto pero nos dejó este trabajo de flâneur baudelaireiano, espectador y detective, observador y protagonista, escrito en 1938 con dotes de narrador ligero y ánimo de poeta. Fargue vive las habitaciones de los hoteles, disfruta los cafés, cruza los barrios, las plazas, los muelles y los mercados. No parece que los elija. Más bien se deja llevar. Creo que algo así como hacemos mi mujer y yo cada vez que inauguramos las aceras de una ciudad: a la aventura de las calles sin rumbo, lo sé, muy proustiano, pero nada del otro mundo, nada que no pueda hacer cualquiera que use la guía de viaje sólo como una pequeña ayuda para orientarse en el territorio.

» Lo propio de las parisinas era ser célebres.

Fargue, moroso con esas geografías urbanas, se detiene también en las mujeres y hombres que pueblan la ciudad para dibujar los retratos del alma con nostalgia, humor e ironía. Y el resultado de esa unión entre la geografía física y la humana podemos leerlo, por ejemplo, cuando se refiere al café Wepler, en Montmartre: «La gran sala de billar del Wepler tiene rasgos en común con la Bolsa. Algunos clientes se estrechan la mano sin conocerse, a pesar de que llevan años acudiendo con sus damas, como para cumplir con un deber preciso y nocturno. Son colegas, como los agentes de bolsa ilegales o los procuradores. Su plaza entre la diez y las doce es place Clichy, y las copas absorbidas acaban por convertirse en parte del material de oficina. Aventureros que jamás abandonan París, abogados de oficio con corbatas bien alineadas y hombreras americanas, burócratas que sentencian a veces en latín ante antiguos compañeros de colegio, profesores de enseñanza secundaria que ningún arte tentara, neurasténicos que sólo cuentan con ese rato para olvidar la vida, la falta de esposa y la carencia de encantos… El Wepler es benigno para todas esas criaturas: las protege, las cobija, las consiente…».

» Elevarse a la categoría suprema de bohemío y/o librepensador
tras un par de vinos es un ejercicio necesario de sabiduría.

Leyendo a Fargue es fácil nostalgiar París. Yo, sin ir más lejos, nostalgio la rue Cadet, en Opera, donde mi mujer y yo nos alojamos durante un otoño de hace un par de años en uno de esos apartamentos con vista a los tejados de pizarra y un patio en el que la vida rebullía detrás de cada ventanal, ajena a nuestra mirada. Pero lo cierto es que, como cualquier ciudad, son las aceras las que hacen al peatón. Asaltar las calles de París, «ciudad de crímenes pasionales y puñaladas», puede ser inolvidable un sábado por la mañana: disfrutar con el trote de los olores a pan y mantequilla, los pescados frescos y la sensualidad de las ostras, comprar flores y un periódico, visitar uno de los tantos pequeños museos (el Gustave Moreau es todo un símbolo de buen gusto e incita al abandono…) y elevarse después a la categoría de bohemio y/o librepensador tras un par de vinos donde caiga, admirando los objetos de la calle y observando los gestos de los peatones, es un ejercicio necesario de sabiduría. Fargue se detiene para hablar del carácter del parisino y de la parisina, aunque me temo que ochenta años después los retratos se hayan alterado. Porque a pesar del placer que se experimenta leyendo este libro, el París reflejado ya no existe. Ello no obsta para que el lector pueda encontrar un buen puñado de diamantes entre sus párrafos como cuando dice que «lo propio de las parisinas era ser célebres», o bien cuando escribe que «el parisino es un señor que va al Maxim’s, sabe decir dos o tres frases trilladas a su estanquera y muestra por lo general mucha amabilidad con las mujeres. Ama los libros, gusta de la pintura, conoce los restaurantes dignos de semejante nombre, no contrae demasiadas deudas —si no ninguna— y lega a sus hijos líos de faldas sin resolver». Pero ya les digo, este París de Fargue ya no existe. Lo que sí queda todavía es el eco de una mujer que vivió aquellas noches, aquellas calles y aquella ciudad, cuando «el placer era una cosa divina, supremamente elegante; era el arte por excelencia. En cambio, ahora, se ama deprisa y con seriedad…». En fin, esta imperdonable alegría de vivir.

P.S.: Alguien a quien conozco bien me envía este texto de Helen Macdonald. Lo hace con inusitada maldad, para que siga tontorrón…

«Hay un tiempo en la vida que esperas que el mundo esté siempre lleno de cosas nuevas. Y luego llega el día en que te das cuenta de que no será así en absoluto. Ves que la vida se convertirá en una cosa llena de agujeros. De ausencias. De pérdidas. De cosas que estuvieron allí y ya no están. Y te das cuenta, además, de que tienes que crecer alrededor y entre los vacíos, aunque si alargas la mano hacia donde estaban las cosas sientas esa tensa, resplandeciente opacidad del espacio que ocupan los recuerdos».

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