Pozzi, Donis y el azar.

Una mujer viaja en el metro. Está sentada. Ha sido un día caluroso y agotador de principios de septiembre y regresa a casa con ganas de ponerse bajo el agua de la ducha. Todavía le restan ocho estaciones para llegar a su destino, así que saca de su bolso el libro que un amigo le ha traído tras un viaje a Italia. Abre el libro al azar y lee, traduciendo directamente del italiano:

GRITO

No tener un Dios,
no tener una tumba,
no tener nada firme,
tan solo cosas vivas que se escapan.
Vivir sin ayer,
vivir sin futuro,
y cegarse en la nada
—socorro—
a causa de la miseria
que no tiene fin.

Ella se estremece. Tal vez recuerde El grito de E. Munch, o los cuervos de Van Gogh, la soledad de una palabra… o su propio corazón. Quién sabe: «—socorro—», se repite en silencio. Está desconcertada: existe en los epitelios del poema la untuosa certidumbre de unas palabras que reflejan la cálida intemperie de su propia alma. Por ejemplo esas «cosas vivas que se escapan» como el sol del día, la espuma de la cerveza compartida, el regalo ¿casual? del amigo, las calles hirviendo, las estaciones del metro, los rostros de esos seres al pasar o el encantamiento del propio poema tras ser leído. Ese no tener nada firme, ese vivir sin ayer…

» Existe en los epitelios del poema la untuosa certidumbre
de unas palabras que reflejan la cálida intemperie de su propia alma

Unos meses después, cuando llega el invierno humeante, con su frío bajo el brazo, ella y su amigo vuelven a verse. Él le pregunta qué le han parecido aquellos poemas que le regaló. Existen muchas palabras que están mejor a buen recaudo en el cobijo encendido de la amistad, pero baste decir que es entonces cuando ella le confiesa que, sólo movida por su propia satisfacción, ha traducido ya una docena de poemas. Y él, entusiasmado, le urge para que se los envíe. A la mañana siguiente, él la anima a continuar. Está convencido de que con esas traducciones pueden proponer un libro. Y es así como, casi cuatro años después, el libro El alma desnuda (Impronta Editorial) de la lombarda Antonia Pozzi (Milán, 1912 – 1938), tal vez por ese azar que a veces nos dispensa el cariño, llegó hasta mis manos uno de estos días atrás. La traducción es de la poeta Herme G. Donis. El amigo del regalo es el poeta Xosé Bolado. Y una vez más, como escribió Stéphane Mallarmé, una tirada de dados jamás abolirá el azar.

Les dejo con un poema de Herme G. Donis y otro de Antonia Pozzi. ¿Adivinan cuál pertenece a cada una de ellas? La solución la tienen pulsando AQUÍ.

CANCIÓN DE MI DESNUDEZ

Mírame: estoy desnuda. Desde la inquieta
languidez de mis cabellos
a la tensa fragilidad de mis pies,
soy toda delgadez extrema
recubierta de un color marfil.
Mira: pálida es mi carne.
Se diría que la sangre no fluye.
El rojo no aflora. Solo una exangüe
pincelada azul se difumina por el pecho.
Mira mi vientre hundido. Incierta
es la curva de mis caderas, pero las rodillas,
los tobillos y todas las articulaciones
son delgados y firmes como los de un purasangre.
Hoy me arqueo desnuda en la claridad
del blanco baño. Mañana, si alguien me toma,
me arquearé desnuda sobre el lecho.
Y algún día, cuando la muerte me llame,
estaré bajo la tierra
tendida boca arriba,
desnuda, sola.

CUANDO PASEN LOS AÑOS

Cuando pasen los años
aún más deprisa,
y estas tardes que incendias con tus versos
se enfríen de conjuros y propósitos de gloria,
qué vano será añorar
tan efímero empeño de grandeza,
tanta lucha por marcar,
a duro golpe de existencia,
la huella indeleble de un poema,
pues, y bien lo sabes,
su rastro y tu vida
se habrán convertido en algo apenas
legible para entonces:
como esas leves señales
que quedan en las pizarras
después de ser borradas
de su negra superficie
todas las letras.

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5 pensamientos en “Pozzi, Donis y el azar.

    • El de Pozzi es el primero, Canción de mi desnudez. Es lógico el equívoco. Leyendo a Herme G. Donis y a Pozzi cualquier puede apreciar las semejanzas emocionales y los temas preferidos. Gracias por estar ahí, leyéndome, Elena. Besos.

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