Bowles, Barceló, Beltrán.

Marche de Shanga, la Jupe verte, de M. Barceló

     Hace unas semanas, de regreso del sur y de vuelta hacia el norte, anduve algunas horas por el centro de un Madrid algo tristón y alterado, llevando el esqueleto divertido de quien se sabe anónimo entre tantos. En un momento de este promenade por el Paseo del Prado me colé por un agujero del espacio a una exposición que hace ya años, unos veinte, visité con los ojos aún casi virginales: Tápies, Sicilia y Barceló. Recuerdo la elocuencia de las texturas del barcelonés, las coloridas emociones subyacentes del madrileño y la contundencia en los detalles del felanijense. Estaba en estos presuntuosos —y a menudo ridículos— circunloquios personales, cuando me encontré con el Gran elefant dret presidiendo la entrada al edificio de CaixaForum. A pesar de la hora y el desvarío del viaje, me adentré en su estómago para ver la exposición La solitude organisative que repasa la obra de Miquel Barceló durante sus últimos 25 años. Además de la acción performativa realizada en 2006 para el Festival de Avignon, Paso doble, llena de adrenalina, juego, humor y dramatismo, recalé en los dibujos y acuarelas que el artista realizó en Gao. Me emocioné al recordar que algunas de aquellas obras se parecían mucho a las que ilustraban el texto de la novela corta Muy lejos de casa, de Paul Bowles y que leí hace un puñado de años. Un relato sutil y sugerente preñado de realidad y sueño en un territorio de calor sólido que se presta a desandar lo andado: no porque cualquier tiempo pasado sea mejor, sino por la certidumbre de que en nuestro pasado existen raíces, genes, que nos anclan al tiempo. A ese que buscan los físicos y que nosotros sin saberlo trasladamos de generación en generación. Sí, ya sé, pensarán que esto es una deriva. Pues sí, el estío es lo que tiene: uno se abandona entre sus brazos (los del amor, los del verano, los del tiempo…) y se amodorra en el murmullo suave y dulce de una cascada de palabras y pensamientos sólo en apariencia inconexos. Y es que las palabras, al igual que el tiempo de nuestras vidas,  también son eso: una exquisita sucesión a la deriva y no sólo una medida de exactitud, por sí misma a veces tan  huera y desangelada. ¡Emoción, señoras y señores, emoción!

"Mujeres encontradas" de F. Beltrán

     Pero todo esto ocurrió después de comer en La tavernetta y aprender una palabra nueva: ristretto. Me bebí dos y deriva tras deriva me acordé de los versos de Fernando Beltrán: La línea de la vida / es corta a veces. Por esa hermosa línea, a veces como un alambre, volví a la realidad.

     Luego llegó el vuelo desde la T-4, el norte, la insania de sus nieblas, la falta de visibilidad, un insomnio imperial. Por fortuna siempre están ahí los amigos para compartir y festejar esos privados territorios de felicidad permanente por los que uno ha sabido trabajar con pico y pala y defender con versos, uñas y dientes.

     En fin, este verano, además de aprender a bailar la jacaranda, por ejemplo, volveré a los clásicos y a mi gente: sin duda es la mejor forrma y el mejor tiempo para transgredir la costumbre. El ordenador portátil y el móvil pueden esperar.

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