Falso Cabaret

Portada de Falso Cabaret

Conversando la otra noche con mi amigo Juanba D’estroso, teclista, vocalista y alma del trío Falso Cabaret (indie, postpunk, etcétera), http://www.myspace.com/falsocabaret , tras el concierto que dieron justo antes de que apareciera en el Teatro Lope de Vega Dominique A, volví a darme cuenta por enésima vez que las miserias, dudas  y afanes de músicos, escritores y artistas en general caminan por las mismas y delgadas líneas movedizas: no es extraño que tantas horas de soledad se conviertan en una acerada vanidad que termina por explotar cuando uno menos se lo espera. En este caso terminó con una amabilísima conversación con una patrulla de la benemérita, a eso de las dos y media de la madrugada, en un lugar de imposible recuerdo. En la delantera ibamos Óscar K., un polivalente performativo y un servidor. En la defensa, el novelista José Luis Gordillo y Juanba D’estroso. En un momento álgido del diálogo, al menudo, joven y pequeño agente de Todo por la patria se nos ocurrió preguntarle por qué nos iluminaba con la linterna directamente sobre nuestras caras, como si fuésemos raterillos de poca monta o artistas de chicha y nabo, de esa manera tan poco cortés y educada y él, muerto de miedo, con el sombrero calado en su cabeza de prácticas nocturnas, acertó a decir, con ese hilo de voz tembloroso del niño que se ha perdido y casi entre pucheros: «es que si no, no veo». Nuestras risas apenas se contuvieron y lo que había empezado como una parada técnica terminó en un zafarrancho expeditivo. Luego dimos vuelta al ruedo y cada uno se fue a evacuar a su santa casa. Está claro que el arte, cualquiera que sea, no se lleva impreso en el entrecejo ni mucho menos concede patente de corso.

Portada de El ruido eterno, de Alex Ross

Algunos días después, D’estroso me enviaba, en recuerdo de aquella magnífica noche sureña de destellos surrealistas, el libro de Alex Ross, El ruido eterno. Un libro que he comenzado a leer y ya no puedo cerrar, una historia muy bien contada de lo que ocurrió en el siglo XX, pero narrada a través de la música: desde la Salome de Strauss hasta las melodías fragmentarias de Björk, por poner sólo un ejemplo, o lo que es lo mismo, desde el asesinato del archiduque Franz Ferdinand hasta los estertores de la caída del muro de Berlín. Si algo deduzco de este libro intenso es que la creación ha caminado, a veces adusta, otras beoda, entre los falsos preceptos de una pretensión totalizadora y la rendición y la pérdida. Pero esta fingida escisión es sólo eso: la antigua ambivalencia que dura siglos y siglos. Así, lo único cierto es que todos vamos a la búsqueda de un país llamado belleza y que mientras ésta llega o no, en nuestros espacios libres, en la libertad de la soledad, vivimos la intensidad de la creación, singulares y complejos, yendo del ruido al silencio, del silencio a la eternidad y desde aquí hasta la nada que tantos poetas ya han entrevisto, más o menos.

El beso de A. Einsenstadt

Sin duda este es un libro que servirá tanto a los creadores —sea cual sea su pelaje— como a los versados en la música clásica o sencillamente a los curiosos que quieran husmear por la política, la sociedad y la cultura del siglo XX. Un siglo que se ha terminado definitivamente ayer mismo con la muerte de Edith Shain, la enfermera protagonista de El beso, de Eisenstadt. En fin, la vida como un falso cabaret o como el sabor agridulce del último beso.

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