Desnuda

Gafas de sol, crema de protección, hamaca, toalla y un chopo para tener una sombra. Luego, en primer plano, aparece un libro; después a la derecha del tercer párrafo, una mujer tumbada, friéndose como un huevo, dormida o ausente, no sé, el escritor se limita a sugerirlo. Pero atisbo que su cuerpo lleva el molde y los trazos de una belleza exquisita, irredenta todavía, puro adverbio iconoclasta: materia imaginaria para Vulcano.

Más abajo y pasando las páginas la mirada se dispara en lontananza, como el gaviero que acostumbra a ver con precisión y en detalle lo que el ojo exánime y desatento es incapaz. Pongamos que el protagonista está ante un espacio fundido y fronterizo, con un aire cálido y salobre, mitad de arena y otra de agua, sólido y líquido, índigo y dorado, por donde pasan los cuerpos mojándose con las olas seminales del océano. Una mujer vieja con los senos lechosos como dos héroes caídos, un niño desnudo y muy rubio cogido de la mano por su hermana, más pequeña, casi mínima expresión de la esperanza de un viejo que en ese instante se cruza con ellos. De pronto, una mujer pasa con rapidez soberbia y elegante, esprintando, exprimiendo su fondo y su potencia: el sudor lustra su espalda recia y hace refulgir un toro tatuado en su omóplato. Dos hombres y dos mujeres de mediana edad caminan lentos. Se paran. Una de ellas, la de caderas voluptuosas, muestra un paquete de tabaco: ofrece a los demás: prenden los cigarrillos: charlan, una ola mayor les moja, se ríen y se tuestan: liturgia de manos, palabras de dioses. Pero todos, la mujer, los niños, el viejo, la corredora y los pequeños dioses, tienen algo que les identifica y les une: están llenos de cicatrices, esas rendijas obturadas tras las que se esconden nuestra verdadera realidad. La vida, según infiero del texto, resulta un libro de señales quirúrgicas, un tratado de cirugía de supervivencia, algo así como la arquitectura oculta y remedada de nuestro interior. Claro, no todos los cuerpos disfrutan de una gozosa salud, pero al fin el pudor de invierno acaba por mostrarse como un desnudo en verano.

Y dulcemente, al paso de tantas páginas y al fondo del libro, un pincel se alcanza hasta la playa y pringa sus cedillas con una pizca de añil y unas trizas de amarillo para pintar su mirada —la de aquella mujer del tercer párrafo a la derecha—, con Tizianos, Hoppers y Picassos: es la mano del verano que sostiene la cabeza de quien tiene el libro entre las manos y cree que eso que lee es lo que sus ojos ven.

Entonces cierro el libro y escribo: gafas de sol, azul, mirada, desnuda. Ya lo dijo Josep Pla, somos seres climáticos.

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