La felicidad, desesperadamente

El otro día vino a comer a casa un amigo de mi mujer. Durante el aperitivo nos comentó que había leído un libro mío y con una exquisita sensibilidad confesó que se había «sentido reflejado, cómplice con el narrador» y hasta reconfortado en ciertos momentos de su lectura. Como quiera que mi vanidad suele cumplirse de forma harto extravagante y que me incomoda y ruboriza hablar de mi quehacer, más reconvertido cada día que pasa en una afición sin otro futuro que el que se sustancia de lo inevitable, a buen seguro no supe ver que el invitado venía como un expreso urgente con la pregunta en la boca. Bueno, por eso y porque el libro se publicó hace unos cuantos años y, como todo el mundo sabe, en este universo literario mieles pasadas no aseguran dulces futuros. Después de una plácida conversación y tras dar paso al café, la inquietud de nuestro invitado hizo que se levantara y extrajera de su cartera el libro en cuestión y, armado ya de la confianza plena que gobernaba la tarde se arrancó a leer, con una voz franca y delicada como si leyera el pasaje de un libro inveterado, unas páginas señaladas con unos signos mínimos que delataban su fineza de lector atento. Enseguida alzó los ojos y me preguntó: «¿Eres tú el narrador?».

Yo no escribo para consuelo de nadie, ni siquiera de mí mismo —resulta que, unas veces para bien y otras para mal, soy un ser inconsolable—, pero comprendo y acepto que existen lectores que encuentran en los libros el bálsamo que la realidad les niega. Personalmente, entiendo mejor cómo los libros nos aportan la transparencia y el orden que la nebulosa de nuestra experiencia necesita para poder fijarse y concluir en pensamientos, dudas y reflexiones solventes. Es esta posibilidad de diálogo la que nos sirve para construir una narración crítica que nos ayude a explicar la vida que vivimos. Por lo demás, y no menos importante, la literatura nos ofrece a menudo un espejo en el que encontrar un hermano gemelo para nuestras emociones, incluso con las más incorrectas y alambicadas.

Antes de la media tarde nuestro invitado se excusó y yo me quedé como diría André Comte-Sponville atrapado en una isla de felicidad, desesperadamente, iluminado por los estacazos de la vanidad. A la noche, mientras daba cuenta de una tristísima ensalada, mi mujer me espetó no sin malicia: «¿Qué, cómo te sientes hoy?». Y yo, con una sonrisa en los ojos: «Creo que deberías invitar a comer más a menudo a tus amistades».

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