Kleenex

Este enero me trae mensajes contradictorios. Sobre todo porque una parte de nuestros políticos se han empeñado ahora en una campaña mediática para contarnos las virtudes del paraíso que nos espera a la vuelta de la esquina y que choca de frente con la pobreza y el rictus de dolor de las gentes silenciosas que a diario me encuentro entre el ruido de la calle. Desde luego, las sonrisas políticas y el bienestar televisivo no se corresponden con la amargura cotidiana de los millones de bolsillos enteleridos y vacíos de quienes estamos soportando tan estoica y estúpidamente las consecuencias de los delitos impunes de un puñado de inconscientes manirrotos que nos han dejado el patio embarrado de mierda hasta las orejas. Así las cosas, y ante la falta de signos que evidencien un cambio real, uno se dedica a ponerse paños de consuelo y a calentar este invierno al abrigo de la vida cultural (a veces pienso que es pleonasmo). El otro día los chicos de El Comercio me invitaron a un encuentro con la asturiana Ángeles Caso, escritora que también ve el asunto negro tirando a imposible y no descarta una emigración controlada de su propia fuerza de trabajo allá donde pueda respirar con holgura. No es extraño: las editoriales dicen que han perdido un 30 por ciento de ventas durante los últimos tres años, lo que dificulta disfrutar de esos repartos de migajas para la merienda o el aperitivo tal y como había antes. No hay más que ver ese corrimiento de escritores que antes rechazaban ciertas prebendas, estirados como personajes de El Greco, acercándose ahora negros como moscas al rico panal de los premios literarios. Y no digamos la de puñaladas por la espalda, a la caza de cualquier actividad paraliteraria. Y de los derechos de autor, qué decir: «¿derechos de qué?», me sueltan mis amigos y familiares con sorna cada vez que les mento la bicha. El desplazamiento está siendo de tal magnitud que ya veo a algunos regresando al menesteroso cultivo y venta del fanzine que es sopa de letras muy casera con tufillo a patio de vecindad y sin duda, dónde va a parar, mucho más cool y pirujo que dedicarse a la venta de guardanapos en los que depositar nuestras emociones. De la propiedad intelectual y otros derechos e ingresos que los más ínclitos denuncian como mamandurrias y sinecuras mejor dejarlo ya para asunto de historiadores, si es que alguno queda. El frío aprieta y no queda más leña que los libros: algunos amigos, me consta, ya han empezado a calentarse con el fuego de su biblioteca, dejando para el final, aún esperanzados, los ejemplares de sus propias obras. Por mi parte estoy contemplando seriamente la idea de empezar a venderles paquetes de kleenex con el IVA al 21%. Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte, /… /¿Qué fue de tanto galán? /… / ¿Qué fueron sino verduras de las eras?

 

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