Pan con aceite. Acerca de Libro de familia, de Félix Grande.

No es fácil escribir muy bien y al mismo tiempo decir algo que realmente no sobre, ni acertar siempre con las lecturas y personas, con los amigos y artistas que sugieran y empapen el cortex prefrontal del autor con la debida excelencia y el talento apropiado que lo dispongan a la escritura, a la belleza y, en definitiva, a la literatura. No. No es fácil. Menos aún acercarse al idioma con finura y elegancia en el porte y hasta en las yemas y las canas o en las cicatrices y los callos. No, no es fácil. Y sobremanera cuando resulta imposible encontrarle atajos a menos que delaten una urgencia precoz o una presbicia incómoda.
Pero cuando a la tectónica del silencio y su rumia le sigue la lúbrica y fecunda fortuna del álgebra del lenguaje, en ese instante sucede —y que suceda sólo es una sospecha apenas vislumbrada por quien esto suscribe y opina— que uno desboca el bolígrafo y quema los folios, quizá desde la arrogancia de la edad, toda vez que uno ya ha comprendido los arcanos mayores de la literatura; y entonces, con una felicidad a contracorriente de la corrección estúpida y reaccionaria, con la alegría en el cuello de la camisa y la chaqueta del estilo, burla burlando la moda de la inconsistencia y sus acólitos, con las manos llenas de terrones gigantes de ritmo y léxico o como si contara lentejas brillantes una a una y sobre la mesa a la que se han convocado los sacramentos de los años y su magmatismo, resulta, entonces, que uno le pierde el respeto al idioma: observa, triangula, calcula y obtiene los resultados de un lenguaje que responde y explica verso por verso la cosmogonía necesaria y eucarística del Universo: por la vida, el amor y la conciencia. Esto es, grosso modo, Libro de familia, de Félix Grande. ¡Qué alegría da leer cómo en él se convoca a los planetas todos y a las galaxias enteras y hasta a los agujeros negros para hablarles y nombrarlos de nuevo y pedirles disculpas y perdonarles y así quedarse uno a gusto con la vida, el amor y la conciencia! ¡Qué zumo tan feroz y bendito nos brinda este menesteroso con sus innumerables trilces, su alborozo de mujer llena de amparo y felicidad y vejez y pastillitas, su herencia de carne ya iluminada, la taza de aceite, el dolor, el pozo, la culpa, la calumnia, el perdón, la lágrima, la nana, y el que no canta las prosas / y el que no relata el verso / además de mal poeta / resulta mal pregonero,… y hasta el qué sé yo de una palabra alemana almosenfrau: mujer que vive de la caridad, mujer que vive de la limosna!
Y en esta familia, en esta narración, los abuelos, suegros, padres, hermanos, hijos, tíos, sobrinos y cuñados cuentan tanto como toda la tribu, interminablemente con la tribu. Y cuentan también —hay que hacer cuentas para armarse y no convertirse en quejicas secuestrados por la jactancia fatal de don dinero— los aspavientos de la historia, el légamo oneroso de una guerra, la jeta hosca de un político y todos los desplantes de esa cofradía y sus secuaces más aventajados, y suma la música, la de las criaturas del dolor, los entregados en las herrerías, las corralas y las tabernas, en las cárceles y en los lenocinios, los entregados a los borrachos que beben para olvidar / y para recordarlo todo o para esas mujeres / arremangadas e infelices / que se la chupan a los hombres / por lo que les quieran pagar. Y trae a ese festín feliz, tras ese concierto prodigioso, libertario e irreverente para órgano y guitarra, a toda la prole que cita con sus dedos alados un tal Paco de Lucía, germinal y futuro, y a la prole horizontal y cóncava en su reposo, nota contra nota, que habita dentro de la cuchara convexa y proteica de Johann Sebastian Bach. Y suma y sigue caminando por las calles y avenidas cuyas aceras están repletas de manriques y vallejos, aguirres y machados, sánchez y ruices, kafkas y vitieres, hierros y rosales, juntos y testarudos, en lo junto, claro. Un junto que con honradez extrema apunta en el debe, ese préstamo que devuelve de largo a cada uno de sus deudores, con el interés justo y jugoso del recuerdo debido en la luz de los versos o las palabras insertadas en cursiva, tumbadas —echaditas diría él— para su mejor acomodo. Y encima les muestra a todos ellos, nos muestra, el fruto de su inversión y de su frente: once poemas escultóricos, puro músculo del sustantivo, gimnasia del adjetivo, felices aportaciones, filigrana y engarce de sílabas y rimas, versos y estrofas. Y así va transcurriendo la vida por estos once poemas, once cuerdas del universo para transitar por los mundos de los cielos y los infiernos, el sacrificio y el dolor, la alegría y la felicidad, el miedo y la culpa, la humildad y la arrogancia (¿no son acaso ya lo mismo?), el arte de la vida, de la música y de la poesía, once poemas de pan untados en el aceite de una taza derramada durante la infancia que provoca un seísmo de enfermedad y otro de belleza, once cuerdas como once cabos para recoger cuando cerremos el libro y así partir con ellos de vuelta hacia el origen del mundo.
En fin, dicen los entendidos que la literatura es consuelo y reconocimiento. Será. Pero bendita sea esta terapia de la música y el espejo. No me extraña nada que las mariposas de la portada suelten lágrimas de alegría por la felicidad y el idioma del autor de este libro y no me extraña en absoluto que los delfines remonten una y otra vez los ríos de cualquier tierra para saludar a sus hermanos. Señoras todas, sean ustedes bienvenidas. Salud, señores. Siéntense donde más gusten. Están en su casa. Tomen lo que quieran. Aquí tienen el pan de esta mañana y aceite en abundancia. Mojen, mojen. También tenemos tortilla de patatas y luego un brandy Peinado y unos polvorones que es pura orgía. En fin, ojalá sepan ustedes escuchar. Libro de familia no esconde secretos. Los atesora. ¿O qué otra cosa esperan después de 155 páginas y más de 4000 versos?
PUBLICADO EN LA REVISTA LITERARIAS 18/01/2012

Imbatible

De entre los libros que me he echado al gaznate durante este mes último, rescato el relato Los naúfragos del «Batavia». Anatomía de una masacre, del belga Simon Leys. Llegó a mis manos gracias a varios artículos que pueden leerse a través de internet en periódicos, suplementos culturales y blogs varios. En este caso, los firmados por Francisco García Pérez, Enrique Vila-Matas y Félix de Azúa. Los tres ensalzan su prosa y su argumento y los tres enlazan, de una u otra forma, el texto de Leys con la joya literaria de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas. Sin embargo y tras su lectura, mi mayor interés se centró en el prólogo titulado Advertencia preliminar: «el libro que no existió». No es difícil advertir que Simon Leys habla del fracaso, pero ojo, de un fracaso que le lleva a un éxito doble: el final de una obsesión (la geografía de la obsesión en la creación literaria es descomunal) y la publicación de estas ochenta páginas que consiguen trasladar al lector otro matiz que añadir a la historia implacable e infatigable de la maldad del hombre sobre este planeta. El introito de Leys es un ejercicio de honradez y sinceridad que muchos autores debemos tener en cuenta para sofocar, siquiera con astucia, la necesidad de escribir y publicar un libro. Incluso para exorcizar los mandamientos de familiares y amigos que de continuo excitan nuestros medidos talentos, encomendándonos una historia o preguntándonos, cada vez que nos ven, cuándo publicamos nuestro próximo libro. Simon Leys se pasó dieciocho años para escribir este librito de 86 páginas. La notable traducción es de José Ramón Monreal.

Buenas noches

Casi era la hora de cierre y sólo quedaba una pareja de viajeros fatigados que justo en ese instante se marchaba. Hacía un rato que Chapman, Huarte y Valdavia ya se habían ido, tras pasar la tarde conversando en el salón acristalado del Café Leopold. Chapman se mostró menos huraño que de costumbre —al parecer algunas inversiones habían recuperado parte de lo perdido— y aseguró que la cena de Nochebuena la pasaría junto a Inga la pelirroja y Alek, el hijo de ésta. Me alegré por ella: es de esas personas que sin creer del todo en las instancias más altas tienen fe en el alma de las cosas. Y crucé los dedos para que Chapman, al menos esa noche, olvidara sus obsesiones.
Huarte leía y escribía. Y cuando no, además de viajar por motivos de trabajo, mostraba toda su perpleja existencia con largos párrafos cuya mayor eficacia consistía en la seducción de su oyente. Le gustaba la exactitud y si no encontraba las palabras justas, caía en un balbuceo inquietante, como si rozara el ensueño de algún abismo. Tal exageración era encomiable. Supe de él por Chapman, cuando necesité un informe de situación. Me dijo: «Es el mejor. Abruma su dote intuitiva. Nada que ver con la ortodoxia, claro, pero su heurística es determinante». Esa noche, contó, se iba a casa. Escucharía The trees speak de Gallardo y quizás leería algo de Gombrowick, de Rubem Fonseca o de Coetzee, quién sabe. Por supuesto no le creí. Sus exageraciones solían encubrir la piel efervescente de alguna dama o las caricias de alguna mujer perdida en algún charquito existencial. Por su parte Valdavia estaba en el cenit de su particular montaña rusa. Ciclotimia de libro. Su gente, sus exiliaditos y toda esa prole de latinoamericanos que aplacaban su timidez imperial con tandas de chistes interminables y luego con milongas de Piazzolla, boleros y jarabes, sones o rancheras, darían cuenta de sus carnes y cebiches, tacos y tortillas, chiles y guacamoles… No sé cómo era capaz de organizar aquellos reencuentros cada Nochebuena, después de tantos años alejado de su país. La melancolía de ese mapamundi sudamericano es una droga muy extraña. Pero de Valdavia, en realidad más europeo que un lobby en Bruselas o Estrasburgo, lo que nos extrañaba era su incapacidad para encontrar alguna mujer que no acabara dejándole el alma hecha un trapo. En un instante pasaba de orgasm specialit a imán de la desgracia.
En mi caso, nadie me esperaba. Pedí la cuenta. Le di un billete de 50. Me fijé en sus uñas cortas pintadas de rojo. Rebuscó en los bolsillos de su delantal y me dio el cambio. Nuestros dedos se rozaron o eso quise pensar en una centésima de segundo. Cuando ya se iba, se detuvo, dio media vuelta y apoyando sus dos manos sobre la mesa me preguntó con sus ojos iluminados: ¿con quién cenas esta noche? El escote de su camisa retumbó en mi estómago. Tomamos el metro hasta Landstraβe. Cuando llegamos, miré hacia arriba. Las luces de las ventanas de Chapman, Huarte y Valdavia estaban encendidas. Esbocé una sonrisa imperceptible y satisfecha. Luego descorché una botella de vino y brindamos. Las pequeñas cosas más felices siempre hacen ruido. Y aún no sabía que a la mañana siguiente haría menos frío en mi cama.
© Javier Lasheras, 2011.

Deuda

Valdavia recordaba con frecuencia su país, dulce y selvático, caliente y desmesurado, pero esquilmado y miserable con los suyos. En público hablaba con orgullo impostado y algo ditirámbico y en privado, en su soledad espesa y diabólica, con un dolor que acababa en una venganza postergada y estéril. Un dolor que se iba diluyendo como la riada tras una pequeña tormenta. Vivía en la casa amarilla, junto a la azul de Chapman, pared con pared, pero sin puerta que los saludase. Eso sólo lo hacían en el Café Leopold. Al inglés le debía una. Una que Valdavia sabía iba a ser para toda la vida. De ese tipo de acciones que te salvan el culo en el momento y el lugar adecuado y que sabes bien que jamás lograrás saldarlas. Como uno de esos acontecimientos familiares que te provocan una incomodidad de por vida. Como cuando al caminar aprendes que el problema de tener una puta piedra en el zapato no está en la piedra.

El otro día nos encontramos al atardecer. Huarte y Chapman dialogaban diagonales igual que dos alfiles de largo recorrido, cada uno por sus escaques. «Los problemas con los padres no albergan soluciones, inglés», oí decir a Huarte con su amable gravedad. «Con apretar unas cuantas teclas del ordenador bastará para sanarme», zanjó muy anglicano Chapman, reconociendo la enfermedad, mientras tamborileaba sus dedos pequeños y afilados sobre la mesa. Les saludé y pedí un café largo con un soplo de leche fría. La camarera era nueva. No era guapa, no era joven, pero parecía que traía varias vidas en sus ojos. Chapman se dio cuenta y me irritó con su habitual sonrisa. Al pronto llegó Valdavia. Su piel oscura se había relajado hasta un tono quebradizo. Y todos supimos que la melancolía le había apretado el gaznate, que había vuelto a caminar veloz y sin fondo hasta su otra casa, aquellos doscientos metros cuadrados llenos de libros y a la que una deuda no le permitía acceder. Chapman siempre le recordaba que podía disponer de ella cuando quisiera. Incluso Huarte y yo mismo nos ofrecíamos animosos a acompañarlo. Pero Valdavia había dado su palabra y aunque el rencor y la furia le picoteaban el hígado y el alma, antes deseaba morir que convertirse en un moroso desagradecido. Valdavia aún tenía los ojos inyectados. No era muy difícil imaginar su cuerpo apoyado en el portal de enfrente, mirando hacia la ventana de aquel edificio mientras su rostro se iba quemando en la luz de una habitación en donde se agolpaban los libros atesorados con el esfuerzo callado de sus antepasados.

© Javier Lasheras, 2011.

Crisis

La casa azul está bajo la mía. Estaba vacía hasta que llegó Chapman. Una tarde, hará poco más de seis meses, escuché una conversación áspera y dura. El inglés no reparó en frases envenenadas, alguna de una retorcida maldad, como agujas afiladas que caen desde el aire y se clavan limpiamente en el cerebro de la víctima. Sin tiempo para defenderse, Inga, la pelirroja de ojos oceánicos y abisales, le dejó en recuerdo la mínima señal de unas tijeras en el brazo. Chapman no parpadeó. Inga me gustaba y nunca le perdoné que la dejara marchar. Su inmensa capacidad para el placer —incluso con otros— era la mayor garantía que ella podía entregar en aquella relación insana e insumisa, siempre tensa y oscura. Pero quizá lo que Inga no aguantaba más de él era aquella deriva hacia su insolvencia moral.  Y supongo que tampoco él soportaba más los dioses utópicos que ella alimentaba. Chapman dormía casi nada y cuando no estaba en el Café Leopold, su vida era un enigma. Un día supe que apenas salía del despacho al que ni siquiera ella podía acceder. Sólo lo visitó una vez, cuando le conoció, y fue para follar iluminados bajo las luces intermitentes de todas aquellas pantallas repletas de gráficos con dientes de sierra, columnas de inputs y outputs, rentabilidades de fondos y depósitos, mercados de futuros o líneas del mercado secundario y líneas telefónicas saturadas de rumores y avaricias con las que finalmente se decidía a comprar y vender.

Esta mañana, mientras sorbía ruidosamente su capuchino, le pregunté qué hacía ante la situación mundial. Chapman izó la ceja derecha, circunflejo como un compás, y abriéndosele los ojillos brillantes dijo:« Eyaculo.» Relajó la expresión y acotó: «Lo que no efunde se hace tósigo.» Chapman no parpadeó.

Luego, cuando llegué a casa, vi a Inga saliendo del portal. Hay relaciones que sólo empastan bien cuando están en funciones y bajo presión, como dos artificieros a punto de jubilarse delante de un cable rojo que no saben si cortar. O como alguien que tiene que cuidar de su peor enemigo. Pero Chapman no es tan malo. Tan sólo jode miles de vidas a golpe de ordenador. Malsanamente me he preguntado si eyacula cada vez que pulsa la tecla final. Me he alegrado al ver de nuevo a Inga. Su rostro parece luz en el túnel.

© Javier Lasheras, 2011.