Javier Lasheras ~ Endivia sana.

Sexo, erotismo y obras maestras.

27 Octubre 2009 · Dejar un comentario

<em>Wolfman (Close-up), 1991</em>, de Jeff Koons.

Wolfman (Close-up), 1991, de Jeff Koons.

¿Qué diferencia existe entre un cuerpo desnudo y un cuerpo desvestido? No es una pregunta retórica, pero tampoco voy a responder ahora. Lamento decepcionarles tan pronto, aunque pienso que merece la pena que sigan leyendo. La exposición Las lágrimas de Eros no trata de responder tampoco a esta pregunta, pero cualquier espectador que la visite acabará por preguntarse algo parecido ante alguno de los cuadros de la exposición y tal vez, en su concupiscencia más secreta, por excitarse y sentirse incluso un poco incómodo. Pero no piense nadie que esta exposición es novedosa. Ni siquiera piensen que la que se realizó en el Barbican Art Gallery de Londres y titulada Seduced: Art and Sex from Antiquity to Now, desde octubre de 2007 a junio de 2008, lo era. Si alguien asistió a ésta, encontrará en la madrileña del Museo Thyssen-Bornemisza autores coincidentes. Pero además, existen referencias en diversas ciudades europeas desde inicios del siglo pasado. Barcelona, en el año 1933, es una de ellas: Exposició del Nu.

Es evidente que en todas aparecen desnudos de hombres. Pero lo es más que el cuerpo desnudo de una mujer ha sido, desde las épocas más antiguas hasta las más actuales del arte, el sujeto que ha representado la belleza por antonomasia. Lo que no está tan claro es la multiplicidad de significados que su representación ha suscitado tanto entre los espectadores como entre los propios artistas. De ahí que este tipo de exposiciones resulten interesantes en función de la perspectiva que adopten. En la londinense se trataba del sexo a través del arte, en la madrileña de la relación entre Eros y Tánatos. Pero el punto en común es la mujer desnuda o desvestida. Y lógicamente toda exposición que se precie tendrá que observar la presencia poderosa de artistas del siglo XIX. No en vano el desnudo se asocia con la sinceridad que reclaman los movimientos más modernos de esa centuria ante el cuestionamiento del sentido del término “civilización”. A este respecto observemos las palabras de Zola cuando dice que «fue precisa la idea cristiana de la indignidad del cuerpo para convertir en vergonzoso el cuerpo y colocar la perfección moral en la castidad».

<em>La tentación de san Antonio</em> de P. Cèzanne. 1877

La tentación de san Antonio de P. Cèzanne. 1877

Y dentro de esa variedad de significados podemos aludir a diversas relaciones ya sea con la belleza o con el sentido de la verdad y lo absoluto, con la forma o con el deseo y hasta el poder. Mézclese bien todo ello y obtendrán un cóctel en el que verán pasar por su cabeza toda la historia del arte y en alguna ocasión hasta lo mejor de la misma.

<em>Lady Godiva</em>, de John Collier. ca 1897.

Lady Godiva, de John Collier. ca 1897.

Pero, además, habrá quienes adviertan que no hay nada tras un desnudo. Es probable. Sin embargo, el simple hecho de contemplarlo conlleva a un tiempo el hecho de contemplar un ocultamiento. Es ahí en donde radica un punto de incertidumbre, pues es en la visión del voyeur, de aquel Peeping Tom de Lady Godiva, de nuestro mirón, en donde se complace el verdadero erotismo. Y añádase que esa visión del desnudo, expresión máxima de la belleza para la tradición griega que han heredado de una u otra forma todos los artistas contemporáneos, implica por lo general un atractivo sexual que encierra la imposibilidad de consumar el deseo que provoca. ¿Paradójico? Nada mejor para responderse cada cual que detenerse ante un desnudo de su gusto y observarse en el espejo, el mismo que les muestra Gustave Klimt en Nuda Veritas. Después, ya me contarán.

</em>Nuda veritas</em> de G. Klimt, 1899.

Nuda veritas de G. Klimt, 1899.

Y es que el desnudo nunca termina en la piel, sino que siempre está comenzando en los ojos de quien mira. George Bataille, autor de quien los autores de la exposición madrileña han recogido el título Las lágrimas de Eros, escribió que la misma desnudez […] es también una de las formas dulcificadas que anuncian sin desvelarlos los contenidos viscosos que nos horrorizan y nos seducen.

Al fin y al cabo, los jueces absolvieron a Friné sólo cuando Hipérides rasgó la túnica para mostrarnos la inmensidad de la belleza de la sacerdotisa de Venus. Por cierto, la mano de Friné no oculta su sexo, sino su rostro, expresión de un pudor muy engañoso, pues más significa un deseo masculino por mirar  que una defensa femenina por ser observada.

Caballeros, desengáñense. Las mujeres siguen teniendo el poder, desde el origen del mundo. Es cierto que confrontamos con ellas cada vez que podemos, pero por el momento vamos perdiendo. Consolémonos, pues, disfrutándolas: sus poses, su vello, su espalda, sus pliegues, sus pechos, su trasero…, todo ese estado tan puro y a la vez lascivo de nuestra propia imaginación. Y no se culpen: no es en la mirada, sino en la interpretación donde se diluye la inocencia.

<em>Friné ante el aerópago</em>, de J-L Gérôme. 1861

Friné ante el aerópago, de J-L Gérôme. 1861

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De buenos y de malos.

15 Octubre 2009 · 2 comentarios

Portada de <em>El arte de la distorsión</em>.

Portada de El arte de la distorsión.

Curioseando en una de esas tiendas de la T-4, en donde lo mismo puedes adquirir una revista del corazón o un libro de autoayuda que Summa de Maqroll el Gaviero de Álvaro Mutis, por poner un ejemplo, me encontré con El arte de la distorsión de Juan Gabriel Vásquez y lo compré. Conozco al bogotano desde que en octubre de 2001 le invité a participar en el I Encuentro Internacional de Jóvenes Escritores. Junto a él, reuní en Oviedo y por este orden a Miguel Ángel Cuervo, Carlos Bessa, José Luis Piquero, Care Santos, Juan Carlos Botero, Pelayo Fueyo, Rubén D. Rodríguez, Alejandra Costamagna, Martín López-Vega, Andrés Neuman, Ricardo Menéndez Salmón, Estíbaliz Espinosa y Valter Hugo Mae. Casi todos ellos asistieron a la clausura en la que Félix Grande nos brindó una conferencia casi secreta, de una solvencia intelectual sobresaliente. Recuerdo que dos años antes, en 1999, el propio Félix Grande participó en otro encuentro que dirigí, El cuento de nunca acabar, en el cual tuvo tiempo hasta para poner en su sitio a algún crítico al que recordó su mal fondo y su mala forma. El pobre salió colorado y sus adláteres con el rabo entre las piernas. Y es que, ya desde entonces, ni siquiera los críticos eran fiables ni perfectos. ¡Qué lástima!

Pero regresemos a Vásquez. En aquel encuentro de jóvenes escritores, su intervención me pareció, sin ser memorable, ajustada al discreto encanto de la incipiente vanidad de todos los convocados. Así que una vez empaquetado en el avión, en ese angustioso espacio reservado al rebaño de clase económica, me adentré en el prólogo del libro con toda la ilusión y sin ningún prejuicio. Leí el primer artículo, muy cervantino, el segundo, que da título a todo el volumen, el tercero… y ahí me quedé. Un resorte indefinido me hizo guardarlo y abrir otro libro, Pasaje, de José Luis Argüelles, que llevaba en la cartera con el fin de terminar una lectura que ya se demoraba varios meses.

Pasaje es un libro de poemas sólido, maduro y equilibrado. Con pocas aristas técnicas y muchas reflexiones vitales, algo escaso de imágenes, para mi humilde gusto, pero largo en cada esquina en la que se detiene y hondo y múltiple en sus sentidos. Un libro que, junto al de Juan Carlos Gea, y por motivos muy diferentes, es el único de la colección de poesía de TREA que, en su corto catálogo, ha llamado mi atención. Pasaje consta de cinco cajones temáticos, bien compartimentados, que incluyen diverso material poético recogido por el autor durante diez años. De entre sus 67 poemas me han gustado Petición, Otra conjetura sobre la rosa, Vieja Perra, Sobre un poema de Gimferrer, Esas mujeres, En un bar y el magnífico Pie de foto. A diferencia de muchos, Argüelles conoce el oficio y no se distrae con artimañas ni fogonazos para deslumbrar y disimular carencias técnicas o argumentales. Ya digo, el poemario transcurre lento pero seguro como un gran río en otoño. Por su parte, el poeta cumple con la virtud de respetar al lector y no darle gato por liebre.

Así, es muy recomendable la lectura atenta de las partes tituladas La noche llega pronto y Pie de foto y otros sueltos, sin olvidarnos de Luces y resacas aunque me quede más con las luces que con las resacas.

Portada de <em>El corazón de las tinieblas</em> de J. Conrad.

Portada de El corazón de las tinieblas de J. Conrad.

Y ahora retomemos el hilo inicial. En el trayecto de vuelta, abrí de nuevo el libro del colombiano. Un libro cuyo título completo reza El arte de la distorsión (y otros ensayos) y en donde el lector se encontrará con opiniones, datos y comentarios sobre la vida y obras de Cervantes, Gabriel García Márquez, J. Conrad, Ribeyro, Philip Roth o Sebald entre otros muchos. Lo mejor del libro son las aportaciones interpretativas sobre las obras y el quehacer literario de sus autores que agradecerán —y agradecemos— los lectores que no hayan leído los títulos referenciados. Lo peor son las sentencias y afirmaciones sobre quiénes son los buenos y los malos lectores y que acaba por acartonar ciertos artículos. Por ejemplo, si un lector no ha leído El corazón de las tinieblas de Conrad, y después de leer el artículo de Vásquez se adentra en él, podrá apreciar si la misma es “leída como denuncia del colonialismo y sus horrores” o discutir con el autor si “el libro recordado parece siempre más largo de lo que es en realidad”. Si usted no ve o comprende lo que afirma Vásquez o incluso si sólo se atreve a pensar que tal obra está sobrevalorada, es que usted es, no lo dude, un mal lector. Sin embargo, si el lector ya ha leído la obra, me temo que la aportación de este artículo de Vásquez, Ver en la oscuridad, no le ilumine nuevos territorios. Este fue mi caso cuando interrumpí la lectura del libro.

Pero no me entiendan mal. El libro contiene algunos artículos (ensayos, según el autor) muy destacables. Léase —sólo por poner un par de ejemplos de entre nueve o diez de ellos— La paradoja de don Álvaro Tarfe, que muestra a las claras la deuda de escritores y lectores con Miguel de Cervantes. O ese otro titulado Viaje a Costaguana, brillante, aunque en su final exista una deriva que puede contradecir esa distinción machacona y fútil entre buenos y malos lectores. Escribe Juan Gabriel Vásquez:

El éxito de una novela se mide por las escenas que permanecen en nuestra memoria después de la lectura, esas imágenes que entran a formar parte de nuestra experiencia con la misma intensidad que nuestros propios recuerdos; con Nostromo, las escenas son distintas cada vez.

Portada de <em>Nostromo</em>

Portada de Nostromo

Más allá de lo ajustado o no tanto del párrafo como de la última afirmación, es cierto que el autor no se refiere a la medida de una buena novela. Sólo de su éxito aunque en el contexto se esté refiriendo nada más ni nada menos que a Nostromo, de J. Conrad. Sin embargo, espero que se nos conceda la libertad para albergar en nuestras memorias las escenas que nos apetezca (y no las que se nos impongan por otros) cada vez que leemos cualquier libro o de lo contrario esto de la literatura va a resultar algo muy aburrido. Porque si es necesaria la existencia de críticos que nos orienten también lo es la necesidad de lectores que los obvien, siquiera por higiene mental. Así, contra el vicio de señalar propongo la virtud, muy a lo Montaigne, de airear y subrayar nuestro sacrosanto placer.

También es reseñable que en esta sucesión de artículos haya mucha erudición y agudas vueltas de tuerca que debemos agradecerle vivamente, pero hubiésemos agradecido mayores aportaciones argumentales que nos incitasen en cada caso a una lectura o relectura, según. Y es que a veces Vásquez sobrepasa los límites de la paciencia y se adentra en lo tautológico: las obras que referencia Juan Gabriel Vásquez son buenas porque las referencia Juan Gabriel Vásquez. Otro tanto se puede decir de los buenos y de los malos lectores. Y es que con algunos detalles de El arte de la distorsión sí que entiendo la preocupación de muchos por la desaparición de los buenos lectores de novela. Y como sigamos así, de los malos también. Por eso y por el bien de todos deberíamos eludir estas divisiones así como sus características, so pena de que lo único que nos importe sea señalar ciertas miserias mientras nos sentimos un poco pedantes: eso es asunto de los cínicos, creo.

Por cierto y a pesar de esa Nota bibliográfica última, se echa en falta un índice onomástico y una datación al finalizar cada artículo.  Y sobran, o al menos deberían estar más perfiladas, algunas incursiones en la interpretación de la historia, como la que se plasma en el último artículo dedicado a Hiroshima de John Hersey o las alusiones a la función de la historia y los historiadores en algunos párrafos desperdigados a lo largo de esta serie.

Juan Gabriel Vásquez. Foto: JGV.

Juan Gabriel Vásquez. Foto: JGV.

Por último, el artículo titulado en el libro Apología de las tortugas y leído como bien dice Juan Gabriel Vásquez durante un encuentro en Oviedo, en octubre de 2001, fue publicado en 2002 en el libro En guardia y en vanguardia y cuyo título sirvió de marco para aquel Encuentro Internacional de Jóvenes Escritores. Entonces su título era Defensa apasionada (y algo pesimista) del relato corto.

La enhorabuena ya se la di entonces, ahora vuelvo a hacerlo, desde ese útero literario que ambos compartimos y en el que «nadie quiere convencernos de nada: el lugar donde somos verdaderamente libres». Aunque esto último, estimado lector, ya sea usted bueno o malo, también me parezca exagerado. Quizá por eso lo mejor de este libro, como en la literatura, resida en la libertad de combinar la ropa como cada uno quiera. Y tal vez por ello Juan Gabriel Vásquez cita a Nabokov al inicio de estos artículos: «No son las partes lo que importa, sino sus combinaciones».

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Berlín Friedrichstraβe o la vida en vena.

24 Septiembre 2009 · Dejar un comentario

1.- A media tarde de un día casi otoñal y desde unos dos mil pies de altura, antes de aterrizar en Tegel, la ciudad se contempla con un aire de geografía apacible, con parques y jardines por doquier. Destaca el río Spree: penetra como una flecha por el sureste, se agita en meandros casi infantiles a su paso por el centro de la ciudad y se pierde en el Havel, afluente a su vez del Elba. Parece una vena, pienso. El color de una vena bajo la piel. Las venas son musculosas y llegan a todas partes. Por dentro circula la sangre. 

Iglesia conmemorativa del Káiser Guillermo. Foto: Gigi Hunter

Iglesia conmemorativa del Káiser Guillermo. Foto: Gigi Hunter

2.- Uno sabe que la ciudad fue borrada del mapa con saña inmisericorde pero no sabe ni cómo imaginarlo. Algo escribió Sebald sobre el asunto en Sobre la historia natural de la destrucción. Sebald relata, se pregunta, da información, pero tampoco sirve de mucho. A la hora de recordar las palabras sirven de poco, pero para matar son excelentes. En las palabras hay que creer hasta que se deja de creer: el tejado de la torre de la iglesia del Káiser Guillermo se convierte en una muela cariada, la torre hexagonal que se yergue junto a la antigua en un pintalabios y la iglesia nueva, en una polvera. Ya digo, hay que creer lo justo.

3.- La urbe muestra señales de heridas profundas, sutiles cicatrices maquilladas como las de una vieja dama y al mismo tiempo despliega una descarada belleza arquitectónica que indica y remarca su identidad de polis nueva. Ave fénix. Les ha costado un riñón y parte del otro, pero ha merecido la pena, a pesar de la corrupción y de los errores. Berlín es una mujer joven que sabe de ciencias y letras: La Charité y la Universidad de Humboldt, muchos premios Nobel y la Literaturhaus. O mejor: una mujer que escribe su propia historia, que a veces se equivoca e incluso se traiciona. Es probable que termine haciéndose daño. Pero se trata de vivir.

3.- Berlín también conserva un rostro invisible. Y aunque me gustaría verlo —sin morbosidad—, parece que nadie recuerda. Es algo reservado sólo para iniciados, pienso. Sé que Ignacio del Valle se empapó hasta las cachas para escribir Los demonios de Berlín. Caminando por sus calles, atravesando sus puentes, mirando sus plazas o deteniéndose ante el río, el rastro del rostro fantasmagórico se hace más visible todavía. Y la novela también. Ese rostro invisible es como una ausencia que pertenece a todos los europeos. Los europeos también estamos ausentes. ¡Cuánto fantasma sin descanso!

Manifestación en Postdamer Platz. Foto: G.H.

Manifestación en Postdamer Platz. Foto: G.H.

4.- Berlín alberga edificios magníficos. Para que lo sean es necesario sentir la belleza dentro de ellos. No recuerdo ninguna otra ciudad en la que la simbiosis entre diferentes estilos sea tan acertada. En arquitectura el espacio es como la visibilidad a la literatura. El imponente Reichstag —diseño neorrenacentista de Paul Wallot, sufragado con dinero francés en pago de daños de guerra— está rematado por la hechizante cúpula de cristal de Foster. En Postdamer Platz, a pesar de la multitud, tuve la sensación de gravitar en un espacio muy ligero. Es el lugar preferido para manifestar los desacuerdos actuales. Flashmob, partido pirata, verdes, naranjas… Suena bien. Suena a necesario. Seguramente no tengan nada que hacer, como casi todo lo que resulta necesario. Soy un optimista con información de primera mano y no me desagrada jugar con ventaja. Perdonen si les defraudo.

BERLIN SEPTIEMBRE 2009 351

Restaurante Brechts. Foto: Gigi Hunter.

5.- Berlín tiene junto al río bares, restaurantes y terrazas donde los berlineses se encuentran al atardecer. Hubo tardes en que me mezclé con ellos. Un día, muy cerca de la Bertolt Brecht Platz y del Berliner Ensemble, tomé un denso y delicioso aguardiente de pera. Después cené un tafelsplitz, carne cocida y marinada, que según dicen sigue la receta de la última mujer de Brecht, Helene Weigel. Por su parte, Brecht siempre tuvo problemas con todo el mundo. Todo el mundo político, quiero decir. En Europa y en EE.UU. Algunos escritores, y en primer plano poetas y dramaturgos, son así. ¡Qué gente!

6.- Berlín tiene una calle donde viví y donde lloré como no lo he hecho en casi ninguna otra ciudad. La edad hace estragos y acaba por colocarte las hormonas en la garganta: bienvenidos sean los años. Friedrichstraβe. Una vez conocida, mi identidad no cambia, pero se expande como el aceite. Pero, ¿cuál es la identidad alemana? Rüdiger Safranski apunta al romanticismo. Añade que los ideólogos del NSDAP pronto se dieron cuenta de que el romanticismo tradicional era muy blando y por ello quisieron alcanzar un romanticismo de acero basado en el biologismo, el darwinismo social y el racismo. Hoy en Berlín se pueden palpar los movimientos antisistema que tal vez sean, en parte, herederos del romanticismo. Espero que la rueda se pare.

La estación de Friedrichstrasse. Foto: G.H.

La estación de Friedrichstrasse. Foto: G.H.

Puente de Weidendamm, Friedrichstrasse y río Spree. Foto: G.H.

Puente de Weidendamm, Friedrichstrasse y río Spree. Foto: G.H.

7.- Cada mañana, en Friedrichstraβe, desayunaba junto a la ventana, mirando a la gente vivir y pasar por el puente de Weidendamm. Más tarde tomaba el tren en dirección al lugar elegido. Después de comer, o algo más tarde, regresaba a Bahnhof Friedrichstraβe para descansar en el hotel. En esta estación hay muchas lágrimas que ya no se ven, ojos rojos en el alma, rímel corrido por los andenes, desgarros del tamaño de un chirrido de tren, úlceras de vagón, tristezas de hierro e ingenuas esperanzas.  Vidas perdidas para siempre. Mierda de mundo. Y para colmo, el tren a veces llegaba con retraso.

Vista de Oranienburger Strasse. Foto: G.H.

Vista de Oranienburger Strasse. Foto: G.H.

BERLIN SEPTIEMBRE 2009 358

Night over Berlin. Foto: Gigi Hunter

 

8.- En esta ocasión no fui a ver ninguna tumba. No visité ninguna casa de pensador, científico, político ni artista. No presenté mis respetos a nadie. A cambio, no me perdí el altar de Pérgamo ni la puerta del mercado de Mileto o la puerta de Ishtar de Babilonia. Tampoco dejé de visitar la antigua sede central de la Gestapo y de las SS, la Bebelplatz en donde un 10 de mayo de 1933 los nazis quemaron más de 25.000 libros, el cuartel general de la comandancia alemana ni tantos otros lugares que emocionan y enervan. Hubo noches en que me dejé llevar por la vida en la Oranienburger Strasse, con sus animados cafés, restaurantes, pubs, galerías de okupas y prostitutas del este a menos de 50 metros de la Nueva Sinagoga. Tampoco me perdí a Funk Delicious en la sala Quasimodo. En Berlín parece que casi todo convive. No es conveniente aceptar el engaño. Igual que en cualquier otro lugar.

Instalación. Hamburger Bahnhof Museum. Foto: G.H.

Instalación. Hamburger Bahnhof Museum. Foto: G.H.

9.- En la pantalla aparece una máquina de escribir: recibe el frío, la lluvia y la nieve. Un antiguo proyector de cine se encarga de que la imagen se repita hasta la saciedad. Frío, lluvia, nieve… una máquina de escribir inútil. El proyector instalado en el centro. Uno se pregunta qué hace ahí, mirando en la oscuridad un par de máquinas inservibles, en la antigua estación de Hamburger Bahnhof, hoy reconvertida en un museo de arte moderno que alberga piezas de la prestigiosa colección Flick. Podría derivar sobre la imagen, pero el asunto se repite hasta el vómito, incluso en la novela actual. Voy a otra sala. Oigo los gritos de un hombre. No me alarmo. No es extraño. No estoy en una cárcel y se supone que no soy un preso. Supongo que se trata de una instalación. Los gritos continúan. Se suceden, se instalan en mi mente, me desesperan. En efecto, dentro de una gran sala, sobre la pantalla, un descerebrado no para de gritar. Me alejo. Sigue gritando. El torturado soy yo. Pensemos…

El cielo de Berlín. Foto: Gigi Hunter.

El cielo de Berlín. Foto: Gigi Hunter.

10.- El viajero no suele descubrir nada nuevo. Es el lugar quien descubre al viajero, quien le arranca un trozo de su existencia. Somos de muchos lugares, pero no de todos. Somos las vueltas que da la vida, como el río Spree a su paso por Berlín, como una vena que llega y da la vida. Una vena es musculosa y lleva sangre y es hermosa y se adentra y se ramifica y es azul y fría como el cielo de Berlín, verde y líquida como las tardes junto al río Spree, roja como el fuego de su historia o el fin de un capítulo que invita a escribir y leer el siguiente. La vida en vena.

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3ª ENDIVIA. Juanjo Barral: el viajero que llegó del norte.

9 Septiembre 2009 · 6 comentarios

Juanjo Barral. Foto: L. González.

Juanjo Barral. Foto: L. González.

Algunas veces le veo caminando por las calles de esta ciudad y siempre me ocurre lo mismo: pienso que se trata de algún viajero del norte que ha recalado por estos pagos debido a algún suceso inesperado. Su figura corresponde con el molde de muchos ciudadanos centroeuropeos: alto y de ojos azules. Sin embargo, camina como un navajo atento a sus lugares sagrados, tan curioso y atento como ensimismado: en ocasiones alma interior día, en otras espíritu exterior noche. Alegre o melancólico, no sé. Con un punto de extrañeza y medio de sorpresa, una pizca de ironía y otra de distancia, pero siempre sagaz, desopilante y tierno. Pero entonces, ¿de dónde vendrá? Si tuviera que elegir, diría que viene de Ámsterdam, aunque no descartaría Londres. Con todo, este hombre adicto a su gente y su tierra, pero sin fronteras, cuenta con la ventaja de que su cabeza lleva por lo menos veinte años de adelanto respecto a la de la mayoría de sus conciudadanos. Sorprende pues, sobre todo a quien no le conozca, que este tipo se llame Juanjo Barral y que viva y habite —no siempre del todo descontento— en Oviedo.

Le conocí, creo recordar, en 1993, durante una reunión de escritores y otros bichos afines cuya finalidad era recaudar fondos para enviar a Bosnia-Herzegovina. Luego nos hemos visto muchas veces, sobre todo en esos bolos y saraos nocturnos que cada vez son menos y en jornadas y encuentros a los que nunca ha dejado de llevar sus cromos para intercambiar (la mayoría de las veces para regalar) con los demás.

Su arrogante humildad es tal que parece estuviera en consonancia con su generosidad y ésta con la claridad de sus ideas: desde hace años eligió y acertó a ser un escritor de otra manera. Una elección arriesgada pero honrada que por el momento le ha costado  la invisibilidad y el desprecio de los de siempre: ya saben, la ignorancia. Desconozco si a cambio cuenta con un chaleco de autoestima a prueba de imbecilidad literaria y humana, pero les confirmo que somos legión sus amigos y lectores. Y no siempre es porque nos guste todo su quehacer literario, que ya es mucho, variado y expresado a través de una prosa y unos versos endiabladamente rápidos y certeros, repletos de esquinas y matices que revelan una mirada que vive, sobre todo, en el día a día. La reflexión suele venir en la distancia corta, cuando menos te lo esperas, de un directo a la mandíbula o al estómago, y no todos salimos bien parados: Barral sabe que el ser humano es un animal, que el mundo apesta y que el arte vanitas vanitatum. Pero nunca olvida que ama la vida, el mundo y el arte. Por eso puede crear. Y si es así y si cuenta con una peña sólida y heterodoxa es porque estamos ante un tipo al que se le puede hincar el diente, que se le puede probar como quien prueba un currusco de pan con azúcar y aceite y comerle de un bocado un trozo de su corazón desprendido. No tengan miedo. Sabe a música y cerveza, a océano y pasteles, a luz y certidumbre. Y, pop supuesto, es un tipo que, como sucede con las mejores cosas de este mundo, no tiene remedio. Bendito sea.

Juanjo Barral2Pero si lo expongo en esta tercera Endivia sana no es por sus éxitos o por sus fracasos, sino por un poema que me hubiese gustado escribir a mí. Por fortuna para todos lo escribió él y salió una inmensidad. Quizá desde un punto de vista académico no sea su mejor poema, pero a mis ojos reúne tanta sabiduría y sencillez que su longitud vital permanece y me estremece cada vez que lo leo.

 Se lo leí a mi madre cuando estaba viva. Se lo leí cuando la enterré. Vuelvo a leerlo ahora y mi garganta es precipicio.

Quizás algún día, cuando vuelva a verlo por la calle con sus cananas y sus libros bajo el brazo, no me ocurra lo de siempre y piense que en realidad se trata de otro Ulises ya de vuelta, después de superar las olas, los latidos y las cornadas que da la vida. Tal vez entonces me atreva a importunar el paso de su mirada y preguntarle: «¿Qué hay de nuevo, viejo? ¿Todo ba vien? Con él les dejo.

MADRE

Ya quisiera este poema estar a la altura
de tus circunstancias, de los versos que escribe tu paso
a cada vida.
Ya me gustaría poder abrazarte con estos versos como tú lo hiciste
                conmigo desde siempre
hasta ayer,
hasta mañana, mamá.
Te quiero. 

De Teoría de la relatividad, Editorial Renacimiento. Sevilla, 2002.

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Una isla casi perfecta.

28 Agosto 2009 · 1 comentario

En los inicios de esta impar orgía literaria actual, cada día necesito más de la recomendación de críticos cercanos, bienintencionados, y de amigos y familiares que me ayuden a no desperdiciar las horas con obras ajenas a mi aprecio. Por eso agradecí  la invitación de uno de ellos, ávido y envidiable lector, que hace unas semanas me recomendó La isla, de Giani Stuparich, publicado por la Editorial Minúscula el año pasado.
Como quiera que son muchas las firmas —entre las que destaca el tan valorado Enrique Vila Matas— que han tildado la obra como perfecta cuando no como maestra, me concedí unos días para pensar y valorar tales afirmaciones, contemplando siempre que mi opinión sólo manifestaría la apreciación y el gusto de un lector de paso.
A partir de un tema clásico, el encuentro, con un subtema ya fecundo en la literatura, la enfermedad, Stuparich logra convertir la narración en un diamante con sus lógicas impurezas, cuyo brillo acercará a los más cautos e incendiará las emociones de los desprevenidos. Y si lo logra es, en muy buena parte, porque tiene el acierto de aplicar un estilo transparente y diáfano, alejado por igual del simplismo como de la presuntuosidad, sólo en apariencia sencillo y luminoso como en un cuadro de Sorolla.

<em>La isla</em>, de G. Stuparich

La isla, de G. Stuparich

Desde estas consideraciones, mi opinión es que estamos ante un relato que atesora muchos quilates, finamente estructurado, con notables descripciones ambientales y excelentemente acabado. Una joya, sin lugar a dudas.
Además, La isla establece dos territorios o niveles de encuentro. El encuentro como diálogo y el encuentro como meditación. En el primero, la conversación y las palabras se manifiestan insuficientes para decir lo que se siente. En el segundo, los pensamientos, la reflexión y los puntos de vista son fronteras que se alzan inexpugnables para lograr el acercamiento entre el padre y el hijo.
Pero tal vez cuando más acierta Giani Stuparich, y acierta mucho, es cuando se acerca, sin llegar a tocarlo, a un tono trágico:
«¿Por qué en aquel estado de levedad y armonía, cuando su padre y él se habían encontrado en la roca, una ola más fuerte no se los había llevado de allí y los había sumergido? El final habría venido como una gracia violenta, ahorrándoles el ir hundiéndose lentamente entre ilusorios restablecimientos y humillantes abandonos.
No se rebelaba ante la fatalidad de la muerte; se rebelaba ante la trágica lucha de un organismo robusto y sano contra un mal insidioso y cruel».
Y más adelante, sugiere de forma inapelable:
«Sin embargo, tal vez quien combate no tenga una conciencia plena de la inevitable derrota y pueda resistir y recobrar el aliento para luchar todavía. Pero quien asiste impotente a la trágica lucha, y tiene en sus venas la misma sangre que la víctima, sufre con un horror reprimido y todos sus minutos están envenenados».
Para concluir:
«Pero otro fantasma vino a turbarle el curso de sus pensamientos. Bajo aquella luz despiadada ya no andaban dos hombres por su camino, sino dos payasos. Un muerto y un vivo se hacían compañía en una bufonesca alianza, disfrazados del mismo modo, departiendo alegremente y haciendo resonar de vez en cuando a falta de argumentos los cascabeles del gorro y de las mangas».
 Por el contrario, más pareciera que La isla, a vista de los ojos actuales, se tratase solamente del quiero y no puedo de un padre al borde de la muerte y de un hijo compasivo y bondadoso pero con escasos recursos y habilidades. Por eso, a esta isla le falta —y lo digo desde la humildad y la admiración a la obra y al autor—, la tensión que aportaría el reproche, el clímax que daría la existencia de un sentimiento repleto de matices como sería la culpa, así como la humanidad que concedería un choque moral.
Por lo demás, adviértase de la sobresaliente descripción en el juego de luces, del cromatismo del amanecer, del atardecer y de la noche, de los recursos pictóricos y de todos los elementos y técnicas que se desee… pero no sé. Aunque reconocible e interiorizada, La isla no termina de temblar, a pesar de que el azul del cielo haga vibrar las escamas del mar… y de la vida, fugitiva siempre.
Giani Stuparich. Foto de "El País".

Giani Stuparich. Foto de "El País".

Es cierto que la narración exuda una visión optimista y heroica. Pero también que la concepción de  los personajes centrales y el tratamiento de la enfermedad coadyuvan a una lectura sin heridas ni cuchillos. Y es precisamente este tratamiento el que termina por condicionar, y a veces lastrar, el núcleo central, la línea de flotación de este relato. Y es que se echa en falta una mayor fortaleza argumental, una mayor agudeza en la mirada y una hondura en las posibilidades de la relación paterno-filial, aunque sólo fuese por el choque generacional. No se puede encomendar todo o demasiado a las virtudes narrativas que se derivan del uso del silencio o la elipsis, so pena de que el lector aprecie que las sugerencias aportadas acaben por frisar sensaciones superficiales. Muchos lectores podrán, además, vislumbrar las necesarias, interesantes e inevitables aristas y tensiones que toda relación entre padre e hijo puede deparar una obra literaria. Pero sólo eso, porque la realidad es que ningún párrafo de La isla se adentra con nitidez en esos laberintos.

¿Cómo valorar, pues, este libro cuyo tema es el encuentro entre un padre y un hijo y cuyo argumento consiste en la estancia en una isla donde visitarán geografías físicas y emocionales de sus correspondientes pasados hasta comprender qué es lo que se gana y lo que se pierde?
Claudio Magris, en el posfacio da de lleno en la diana: «Como ha escrito Elvio Guagnini, La isla representa una de la cimas de la obra de Giani Stuparich, y no sólo de su obra, sino de la literatura europea de aquellos años.»
No es, por tanto, que la obra maestra y la perfección queden muy lejos. Ocurre que Stuparich llega en algunos párrafos a rozar las alturas de la maestría y la perfección, pero las más de las veces se queda en la cima. Por supuesto, alcanzar la cima ya es mucho y es sobresaliente, pero de ahí a considerar La isla como una obra maestra media aproximadamente la misma distancia y fortuna que hay entre un buen poema de una inestimable legión de autores y un poema magistral de Quevedo, Machado, Vallejo, Jiménez o Neruda. Porque una de dos, o abrimos todas las puertas o conviene ir cerrando las puertas falsas.
Permítaseme un último apunte para agradecer la traducción de J. Á. González Sainz, que propicia una lectura de esta obra sin sobresaltos, con frases o giros ininteligibles.

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Hola, cariño

30 Julio 2009 · Dejar un comentario

Hola, cariño
 
Aprendí a hacer nudos en las casas
portuarias de Chushi y Katsuura
y en Santa Caterina a mandar y mirar
durante bacanales interminables.
La azotaina en un hotel cercano a Charing Cross,
el tiramisú tras una madonna veneciana
y el dry Martini con un barman que sabía
cómo hacerlas bailar hasta la madrugada
con un par de hielos en sus manos…
En fin, comprobarás que mis dedos
no son de este mundo y renegarás
de algunos mandamientos
porque la lengua imita al arte
y llega a confines inexplorados.
Luego, probablemente,
hasta pensarás que Dios existe:
nadie conoce la cara del diablo.
 
Ya verás, amor, ya verás,
ahora me toca a mí.

 

© Javier Lasheras, 2009.

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67.000 (y 2).

27 Julio 2009 · 3 comentarios

Decía Eugenio D’Ors que Todo lo que no es tradición, es plagio. Por su parte Patricia Esquivias ha titulado su última exposición, en el Reina Sofía, Todo lo que no es ración, es agio. Y yo, con el permiso de todos ustedes, afirmo que Todo lo que no es adición, es pago. Sin duda, la mejor frase es la del escritor y falangista barcelonés y como hay quien sigue contumaz mantengo que los responsables de dirigir la administración en este país huelen a podrido.

Bla, bla, blaDurante la semana pasada, y a cuenta del artículo anterior , me han escrito lectores y amigos para decirme que adónde voy con esas pajas y esos mimbres, que ya se sabe que los políticos actuales son una grasa difícil de eliminar, que este tipo de opiniones les excita mucho más y se descojonan junto a sus acólitos en el despacho, en el bar o paseando a la hora del vermut por Fomento o la Catedral. Al fin, su canción preferida para el verano —y para el resto del año—sigue siendo El chiringuito. En realidad, los chiringuitos, auspiciados tanto por el PP como por el PSOE(IU), y en donde se cobijan los nuevos pícaros que conforman como todos los funcionarios saben, ese nuevo cuerpo de la administración denominado A+A+.

Vaya por delante mi gratitud hacia todos los que me han escrito, pero nada de lo que escribí es demasiado importante. Además,el problema no es de los políticos. Es nuestro. A saber: ¿alguien va a pedir a las empresas que han realizado el informe de marras que devuelvan la pasta?  ¿El contrato cuenta con alguna cláusula para poder exigir la devolución en caso de plagio? Porque, en qué quedamos, ¿el dinero es de todos o es de estos zampabollos que acumulan un hambre histórica?

LabSí, claro, ya sabemos que oveja de muchos, lobos la comen, pero vaya, un acto presentado con toda la liturgia en el mejor salón del mejor hotel de Asturias, con la parafernalia protocolaria, la presencia del Sr. Presidente, de la Sra. Consejera, de algunas otras autoridades y la asistencia de las fuerzas vivas de la cultura así como de los medios de comunicación, se merece por lo menos unas conclusiones a la altura de la pompa. Pero no. El informe de marras, tan blanco y tan pulcro, no pasa de ser una gracieta/performance/actuación empresarial. Porque al final hasta nos hubiésemos conformado con que aquello sólo fuese una pequeña cagarruta o chuminada de la Carlota cuyo sentido fuera animar a la grey política y cultural de la región a repensar el sentido histórico y contemporáneo de la palabra «Cultura» y el futuro del intervencionismo de la administración en el sector. Sin embargo, sólo se trataba de la presentación del úlitmo montaje del Circo Focus & Cía., Variaciones de ayer y hoy: del plagio a la intertextualidad así como del nuevo videojuego basado en el éxito de la serie Asturias: coge el dinero y corre.

Lo grave, finalmente, son dos asuntos. En primer lugar, que nadie hará nada por pedir cuentas, ni de este informe ni de cualquier otro. Los informes son como agujeros negros que de repente engullen toda la materia monetaria que se les ofrezca o pase por allí. Y en segundo lugar, que nos tratan como a pacientes lobotomizados, como a tontos del haba o idiotas chupándonos el dedo. Porque, señores, para hacer lo que están haciendo no hace falta ese informe. El gobierno está para tomar medidas y llevar a cabo la política cultural y no para escudarse en 60 páginas. Siguen demostrando que son unos ignorantes con lo que eso conlleva de desprecio a los ciudadanos. Esto es lo grave. Y lo peor ya se lo pueden imaginar: piensen en informes que atañen a la educación, la sanidad o las infraestructuras. Ya se lo dije al principio. Lo que no es tradición, es plagio; lo que no es ración, es agio; y lo que no es adición, es pago. Y si no hay nada que sumar, a qué están jugando.

Si tienen vacaciones, disfrútenlas, y si no es así escriban un libro, aunque esté en blanco. Qué más da. Aquí lo extraño es no publicar.

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67.000

22 Julio 2009 · 4 comentarios

MADRID 5º ANIVERSARIO JULIO 2009 246

Juan Muñoz. One laughing at the other, 2000.

Esta es la cifra. No se asusten. En el presupuesto de casi cualquier administración resulta insignificante. Creo que, después del artículo que yo mismo publiqué aquí, pero sobre todo a partir de las informaciones y hechos que se han ofrecido en los medios de comunicación regional, ya no queda ninguna duda sobre la escasa o nula utilidad del pomposo informe denominado Libro blanco de las industrias culturales del Principado de Asturias, excepto para las dos empresas beneficiarias y para el contratante del mismo, que así podrá justificar obviedades, entre otras cosas. Cualquier comunidad honrada debería poner mucha atención y sancionar estas actuaciones. Aunque entre los ciudadanos, en este tamaño desatino, carente de seny y sobrado de rauxa, ya no hace falta hacer ni decir nada. Tal y como dice un amigo funcionario en esto de los asuntos culturales, no es que no haya valor para dimitir, es que hasta la estética se ha perdido. En fin, parece que algo no ha funcionado como ellos querían. Esto me recuerda un diálogo en La información, de Martin Amis, poco edificante pero muy instructivo. Dice así:

—Oye una cosa —dijo Trece—, ¿qué te parece si hacemos el sesenta y ocho?
—¿El sesenta y ocho?
—El sesenta y ocho.
—¿Qué es el sesenta y ocho?
—Me la mamas y te debo una.

Pues eso. Y para estar a la última apunten que yo también me sumo a que se legisle qué pueden recibir y qué no los gobernantes. Espero que no se olviden de legislar también sobre lo que se puede y no se puede regalar a los gobernados, sea cual sea su ocupación empresarial.Comeco

Pero no me entiendan mal. Un buen informe sobre la mesa de un político que sepa leer es un artefacto de primera magnitud, que siempre coadyuvará al buen gobierno de la sociedad. Así que no digo yo que no hagan falta los informes. Lo que sobra es tirar el dinero y más aún con esta crisis, de la cual no tienen ni idea de por dónde va. Porque si se trata de eso, de tirar la pasta, entonces sí que queremos opinar.

Por eso y sin ánimo de manipular, quedémonos con la cifra. Juguemos con ella. Ofrézcanse 67.000 a la Asociación de Escritores de Asturias y la misma organizará de largo el mejor encuentro, semana, salón o festival literario que pueda celebrarse en Asturias y parte de España, con escritores e intelectuales hondos y desopilantes, con un nivel cualitativo superior al que puedan ofrecer ayuntamientos y otras asociaciones de carácter cultural  que desempeñan sus fines en Asturias. Organícese, con 67.000, un circuito literario en las sedes de los partidos, bibliotecas, casas de cultura y centros de enseñanza, que tan bien les vendría tanto a políticos y ciudadanos en general como a alumnos y profesores en particular, y la sociedad asturiana será más inteligente. Los editores también podrían participar, por cierto. Convóquense, con 67.000, becas de estancia en el extranjero y tendremos una Asturias mejor situada en el mapa y, en fin, pregúntese a muchos escritores de Asturias que viven bajo mínimos en qué demonios podría invertirse tan irrisoria cifra y les darán múltiples opciones. No se extrañen si algunos de ellos no piensan en sus propios bolsillos. Así son y así les va a los escritores y otras pandillas del mundo de la creación, quienes también tienen derecho a jugar con los 67.000. Porque no se trata de ser funcionarios en la sombra, pero sí de aunar firmas y salir a la palestra de una vez por todas para volver a decirles a estos políticos que por ese camino no cuenten con nosotros, que más parece hubieran nacido en Creta que en Asturias, que el dinero no es suyo y que los votos en democracia no justifican nunca el capricho alocado del despilfarro, aunque sea muy fashion y muy neoprogre: eso sólo es manierismo y decadencia y refleja muy bien a esta sociedad cada vez más capada y cada vez con más ciudadanos indiferentes.

¿Sucederá algo a partir de este asunto? La próxima semana seguimos hablando y, si el tiempo lo permite, que tengan ustedes muy buenos días.

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La mala suerte.

15 Julio 2009 · 4 comentarios

Descanso de Sísifo, de Emilio Velilla. Bronce a la cera perdida, 2001.
Descanso de Sísifo, de Emilio Velilla. Bronce, 2001.

El infortunio no suele presentarse solo. Acostumbra a llegar acompañado de víctimas y culpables y cuando no, como en Desgracia de J. M. Coetzee, de víctimas a secas. O mejor dicho, de humanos a duras penas. También hay culpables que se vuelven víctimas de su propia culpa: por la mala suerte, por un error, por ese lo que sea que no es otra cosa que la fatalidad. Albert Camus supo y narró con brevedad y excelencia sobre estos caminos y otras caídas. Y, entre tantos y tantos otros de aquí y de allá, Robert Musil y Heinrich Böll nos retrataron personajes enfrentados a desgracias cuyos universos morales no encontraban cobijo en aquellos admitidos por la sociedad y sus coros privados. Universos con valores hoy enterrados a tres o cuatro metros bajo los pies de nuestras almas desahogadas, como la lealtad, la honradez y el orgullo y que conforman esa varita que es la rectitud. Una varita que hoy nos avergüenza llevar por delante y bien aferrada entre las manos. Falta de coraje, sin duda, pues es más fácil tener a mano un culpable mayor, discreto y difuminado, al que trasladar todas nuestras carencias y al que en un sutil eufemismo hemos dado en llamar sistema.

Pero volvamos a los protagonistas. Porque la realidad es que ni una sola página de la mejor literatura puede borrar el vertiginoso y hondo agujero sin fondo que nos taladra cuando somos nosotros las víctimas. Entonces no hay consuelo: no existe justicia ni dinero ni arte ni música ni Cristo que lo fundó para aplacar tanta desventura. Y sin embargo, algunas víctimas —y como dije más arriba, algunos pocos culpables que acaban convirtiéndose en víctimas—, saben que para seguir viviendo sólo les queda sublevarse contra la mala suerte y arrostrar su sufrimiento, su pena y su castigo y aguardar un rayo de esperanza. Es algo que el astuto y ciego Sísifo, cada vez que soltaba la pesada piedra en la cima de la montaña, ya sospechaba. Ya sé que un rayo de esperanza no es mucho y nadie en su sano juicio se conformaría con eso, pero es mucho mejor que nada y para cada víctima esa esperanza representa el único asidero para llegar a la bendición del sosiego, la celebración de la calma y el horizonte erguido de la tranquilidad.

Sólo espero que a Mohamed, ese joven a quien la vida y el sistema le han golpeado tanto y tan fuerte con la muerte de su mujer Dalilah y de su hijo Ryan, nada vuelva a nublarle el corazón. Porque lo más difícil llega ahora: tirar la piedra, pasar el duelo, rebajar la intensidad de la pena, barrer la tristeza y los rescoldos de culpa y, después, al fin, vivir, aunque sea de milagro.

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Retrato del hombre todavía con cabeza

7 Julio 2009 · 7 comentarios

Soy un ciudadano de 46 años, casado, con una cultura razonable, que sé situar Honduras y el Kilimanjaro en el mapa, navegar por Internet, interpretar imágenes y criticar cualquier texto, incluidos los míos y los libros escritos por mis amigos, que he llorado a mis muertos y ahora río con mis vivos, y finalmente, si todo sigue por la senda occidental, burguesa y capitalista por la que caminamos, tengo la vida resuelta. Toco madera.

Falsa democraciaDicho esto, confesaré que estoy harto del atropello continuo que bajo el amparo democrático ejercen los protagonistas de la política gobernante y opositora (local, regional, nacional e internacional) y hasta las meninges de pensar que la justicia no huele a rosas, aunque emane del pueblo.

No estoy, a pesar de lo que se pueda deducir, aligerando mi estómago ni apuntándome, al menos por ahora, al Club de la Náusea y la Cólera, en el cual Arturo Pérez-Reverte acaba de inscribirse. De natural soy algo más estoico y ya apunté en estas páginas que, siguiendo a Fernando Savater, la moral de los políticos nada tiene que ver con la del ciudadano de a pie. Algo a tener en cuenta si no queremos perder el encanto ni la perspectiva, al tiempo que mantenemos nuestra ironía intacta y la tensión arterial en su punto. Al fin y al cabo, a cada uno de esos señores les pagamos lo que entre ellos mismos acuerdan con el fin de que todo continúe por unos derroteros asumibles para nuestras tragaderas. Otro día hablaré de las soluciones, quizás. Aunque habrá que ir con cuidado. El periodista y escritor Roberto Saviano se une a la lista de avisadores: «escribir que las cosas deben cambiar te hace ser un apestado».

Vino de ruedaPero concluyendo —y aquí debo contar con la connivencia del respetable, pues es menester apreciar la elipsis—, este verano me voy a dar a la rumbita catalana, el blanco de Rueda y los langostinos de Huelva. Por supuesto, tengo versiones más excelsas de esta tríada que guardaré por prudencia en estos tiempos de vacas flacas y otras menos glamurosas pero más pirujas que obviaré para no resultar cínico. También leeré algunos libros (también muchos títulos de libros, como en una ocasión mencionó Sánchez Dragó) y escribiré algún texto patafísico e inconfesable sobre mi Langostino Sanlúcaryo más anormal y mis alrededores más excepcionales; me aplicaré el cuento y aplacaré mi conciencia con alguna acción que me procure sosiego y menos oscuridad —los asuntos claros y grises los dejo para la temporada otoño-invierno—; volveré a garabatear algunos versos sólo por el inmenso placer de ver cómo mi ambición de escribir uno solo que merezca la pena se despeña otra vez por la atractiva pendiente del fracaso; me iré de viaje a lugares inconfesables (como se puede apreciar soy un tipo con grandes virtudes); mantendré diálogos Ellacómplices para el olvido y cuando me equivoque pienso comunicárselo de inmediato a mis amigos; prometo que dormiré siestas profundas y reparadoras para celebrar tanta felicidad junta y no resultar impúdico ni grosero con la fortuna que la vida ha puesto entre mis manos.

Pero sobre todo, me dejaré llevar hasta el fin del mundo cuando esta mujer quiera, que para eso nada hay bajo el sol que brille más que su buena estrella. No albergo ninguna duda: este es el retrato ideal para un hombre todavía con cabeza.

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