Dos poemas

Hoy, en la revista ZENDA, aparecen publicados dos poemas que se incluirán en el libro El cielo desnudo. Se titulan La huida y Credo. Invito a su lectura pulsando en el siguiente enlace:

www.zendalibros.com  o bien leyéndolos más abajo.

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Credo
Creo en tu cuerpo cuando se envuelve en el suave torbellino de la noche,
en la mirada astral de tus ojos escrutando mi palabra, es decir, mi alma.
Creo en el alto acantilado de tu cuello y tus hombros donde se despeñan
las gotas de agua que te erizan y palpan, guerrilla de caricias insurrectas.

Creo en nuestra huida clandestina y en el trabajo de tu sonrisa,
en este viaje a la tierra de ninguna parte, a los mares de no sabemos cuándo
ni dónde pero siempre a la revuelta de la esquina en la calle de cualquier sitio.

Creo en el horizonte que nos despierta y en el sol que nos duerme,
en los tragos de vino que nos mete racimos de vida en sangre,
en la pericia de tu boca y en la astucia de tus manos entre las flores.

Creo en la levedad de tus pies cuando pasan ligeros entre la hierba y se plantan
sobre el terrazo de la estancia, en su música cuando alucinan y despegan.

Creo en la ebriedad de los días y en el derribado corazón de la noche,
en la honda soledad que gobierna y amamanta las raíces de los sueños,
en el duelo y en la herida cuando nos asalta aquello que no pudimos,
que no quisimos, que no supimos o fatalmente no nos dejaron.

Creo en la cordura que nos exime de la culpa, en esta corta y dura subida
al monte de la vida, en los ángeles vagarosos que iluminan nuestros pasos
mientras caminamos por la espesura de ciudades y noches desconocidas.

Creo en la alegría de la tierra cuando sangra amapolas y en el vértigo
de este menoscabo veloz hacia ese imperio anónimo que nos arruga
y envejece como un atardecer que quisiéramos parar con un gesto sólo.

Y creo en ti, avivada y desnuda, cuando giras la manilla de la puerta

y me miras desde algún lugar en el centro de tu miedo, animal y perdida.

 

La huida
Me pasé la infancia con los ojos perdidos
en un horizonte de cobaltos y girasoles,
un tiempo mecido entre cal, alberos y azahares
y cuando no mirando las piernas de mi madre,
suaves y largas, cruzadas en ese y ofrecidas al sol
de una playa refulgente y solitaria, de otro mundo.
Leía no sé qué libro recostada en la hamaca:
recuerdo el rojo de las tapas duras, sus manos
de actriz exquisita con las uñas de caramelo
—mi memoria aún huele la laca y la acetona—
y la media sonrisa fatal de aquella época
no sé si histérica y alcoholizada,
perturbadora en cualquier caso.

¡Era tan acogedor quedarme allí atrapado, mirándola!

Llevaba unas gafas de sol de pasta negra
y un pañuelo de Hermes recogiendo su pelo.
Al fondo había un hotel. Solo uno. Solo ella
y un café futurista, encerrado
en una urna de cristal opaco:
el aire acondicionado
me helaba el corazón.

Alguien dijo: «Afuera es un infierno».

Mi madre pidió una ginebra con mucho hielo:
tiempo después descubrí que mi abuela
la recomendaba para los dolores menstruales.
Yo pedí una Coca-Cola:
guardo una fotografía de ese momento.
Mira, aquí la tengo,
y ahora me pregunto, en la inquieta distancia de los años,
quién sería el autor de aquel disparo.
Luego encendió un cigarrillo: un More
de color negro y chocolate tan fino y largo
como sus piernas, toboganes de miel caliente.

Recuerdo el humo azul saliendo de su boca:
la elegante melancolía de su mirada
sobre una tarde que hería la vida por dentro.

Me gustaba cuando nos llevaba al cine de verano:
mis hermanas mayores flirteaban al fondo
mientras ella fumaba uno y otro y luego,
cuando cruzaba las piernas, todo era fundido
a noche oculta. El humo se esfumaba por los sueños
de la pantalla y al fin el sueño me desvelaba del ensueño.

Ahora, cuando atisbo el horizonte
adonde van a morir los ángeles,
sigo teniendo las mismas ganas
de huir lejos y sin nombre,
donde nadie me encuentre,
sin otra maleta para el camino

que aquella luz, aquel amor, todo ese tiempo.

El Dylan para Nobel

No creo que a Dylan le haga falta el Nobel ni creo que vaya a pasar a la historia por este galardón, aunque nunca está de más unir a una trayectoria artística un reconocimiento de esta magnitud. Muchas personas de varias generaciones últimas, cuando jóvenes, encontramos en sus canciones y en algunas de sus letras los himnos necesarios para cantar bajo la ducha, enamorarnos y hacer pequeñas revoluciones cotidianas. Puestos a interpretar la intención última del jurado del Premio Nobel de Literatura, quiero pensar que han premiado el encuentro de la gente con la belleza de sus canciones. El resto, «haber creado una nueva tradición poética dentro de la gran tradición americana de la canción», parece obvio. No es que las canciones sean o no bellas, sino que las letras de Dylan ofrecen a muchos un espejo que revela sus propias emociones y, esto, créanme, ayuda y mucho a sobrevivir. Dylan se ha hecho popular aportando la ilusión, la fe y la esperanza necesarias para consolar tantos sueños rotos y tantos fracasos sin salida.

Cuando se otorga el premio Nobel nadie dice que se valore a aquellos autores que hayan hecho una aportación en términos de estricta calidad y belleza literaria.

Ahora bien, de la belleza de una canción, de su letras y su melodía, a la belleza literaria media una distancia insalvable. Uno no está en la piel de los jurados, pero si cualquiera lee con la oportuna intención literaria a Dylan y a Gary Snayder, por ejemplo, el cantante no resiste la comparación. Snayder tiene la contundencia, la claridad y la contención que todo poeta crea con un universo propio de símbolos y palabras.

Es bien sabido que a Jorge Luis Borges no le dieron el premio, entre otros motivos, porque el poeta sueco Artur Lundkvist (1906-1991), a la postre secretario permanente de la Academia sueca, no debió perdonarle la humillación a la que le sometió el autor de El Aleph, tras haber sido su traductor e introductor en Suecia. Lundkvist era una marxista a la antigua usanza y los antecedentes de Borges no eran, desde luego, la mejor carta de presentación para ser merecedor de tal premio. Hoy en día, no hay marxista en sus cabales que niegue la belleza literaria del argentino. Pero cuando se otorga el premio Nobel nadie dice que se valore a aquellos autores que hayan hecho una aportación en términos de estricta calidad y belleza literaria. Supongo que autores norteamericanos como Pynchon, Auster o DeLillo habrán descansado hoy mejor que ayer y recordarán con el esbozo de una sonrisa sutil, la lista de autores no premiados con el Nobel: entre otros Tolstoi, ni más ni menos

Si yo hubiera estado en el jurado de este premio, hubiera apostado por otro candidato. En esta ocasión, el Premio Príncipe de Asturias se adelantó y acertó plenamente al conceder a Dylan el Premio de las Artes, porque, ante todo, Dylan es eso, un artista singular con voz de gato que ha compuesto la música, y algunas letras, de parte del siglo XX. «Yo no escribo poesía» —dijo John Lennon—, «simplemente la canto. No hay tiempo de leerla, pero sí de escucharla». Alégrense todos los escritores porque estas Navidades no tendrán a un escritor con el Nobel a sus espaldas compitiendo con ellos en las librerías. ¿O sí? 

LO QUE DEBES SABER PARA SER UN POETA

Poema de Gary Snyder

Todo lo que puedas sobre los animales como personas.
los nombres de árboles y flores y malas hierbas.
nombres de estrellas, y los movimientos de los planetas
y la luna.

tus seis sentidos, con una mente alerta y elegante.

por lo menos una clase de magia tradicional:
adivinación , astrología, el libro de los cambios, el tarot;

sueños
los demonios ilusorios y los resplandecientes dioses ilusorios;

besar el culo del diablo y comer mierda;
joder con su verga peluda y rijosa
joder con la bruja,

y con los ángeles celestiales
y las doncellas perfumadas y doradas

y luego amar lo humano: esposas y amigos.

juegos infantiles, historietas, goma de mascar,
y lo extraño de la televisión y los anuncios.

trabajar, largas horas áridas de trabajo insípido y aceptado
y vivido y amado finalmente.

Agotamiento,
hambre, descanso.

la libertad loca de la danza, éxtasis

el peligro real.
la apuesta.

el borde de la muerte.

El premio

Y justo después de que le comunicaran el premio, aún con el eco del temblor resonando bajo su piel, recordó aquellos años en que cada lectura era una nueva forma de fascinación: la revelación de los mundos. Le asaltó la imagen de aquel muchacho del siglo XVIII que Robert Louis Stevenson retratara con inusual maestría en La isla del Tesoro. Creyó que la fantasía y el ensueño habían sido el auténtico motor en la vida de Jim Hawkins.

El premio, entonces, no era otra cosa que fracasar de la mejor manera posible, minimizando los daños, espantando la vanidad.

Bastaba con aquel mapa que Jim repasaba una y otra vez con la avaricia de un adolescente, mientras esperaba a que el squire Trelawney comprase y aparejase la Hispaniola, para comprender el poder —no sólo evocador— de lugares como el Monte El Catalejo, la Isla del Esqueleto o la Cala del Carnero. La aventura había empezado ya para Hawkins, el squire, el doctor Livesey, John Silver, Ben Gunn o el capitán Smollett. Y eso que la goleta aún no había zarpado. Pero también supo que había otra aventura que había comenzado ahí mismo, en ese soplo, en esa brisa de las páginas al pasar, enrolado como lector en esa barca ingobernable que es la literatura y con la categoría de grumete que tal vez no abandonaría jamás. Luego llegó la escritura, la imaginación, el entendimiento, el espíritu y el gusto y, cómo no, el vicio de la corrección infinita hasta dar con la palabra adecuada. El premio, entonces, no era otra cosa que fracasar de la mejor manera posible, minimizando los daños, espantando la vanidad. El premio era mantenerse fiel a la aventura hasta el final sin que el viaje pudiera detenerse, ni siquiera por la presencia de una criatura como Calipso; al igual que le ocurrió a John Silver, que no pudo quedarse en la Hispaniola, rumbo al puerto de Bristol, para esperar el indulto prometido porque sabía que su viaje estaba en otros lares.

El premiado supo que todos, desde Odiseo hasta Jim Hawkins tuvieron la misión de contar algo. Odiseo a Telémaco y Penélope. Jim Hawkins, a través de Stevenson, a todos nosotros. Y él, ahora, a todo aquel que quisiera leerle. Y de fondo siguen resonando aquellas palabras, aquella música: «¡Piezas de a ocho! ¡Piezas de a ocho!»

Capítulo VII
VOY A BRISTOL

«Transcurrió mucho más tiempo del que imaginaba el squire antes de que
estuviésemos listos para zarpar, y ninguno de nuestros primeros planes
—ni siquiera el del doctor Livesey, de tenerme junto a él— pudimos ver
cumplido como habíamos pensado. El doctor tuvo que ir a Londres a
buscar un médico que se encargase de sus pacientes; el squire estuvo 
muy ocupado en Bristol, y yo viví en la mansión bajo el cuidado, y
casi prisionero, del viejo Redruth, el guardabosque, aunque inmerso en
ensueños marineros de las más fascinantes fantasías sobre extrañas
islas y aventuras. Pasé horas enteras inclinado sobre el mapa, hasta
que me aprendí de memoria los detalles. Sentado junto al fuego de la
habitación del ama de llaves, me acercaba a aquella isla, en mi
imaginación, desde todos los puntos posibles; exploraba cada acre de
su superficie; subía mil veces hasta ese monte que llamaban del
Catalejo, y en su cima me deleitaba con las perspectivas más
maravillosas y cambiantes. Unas veces la isla estaba poblada de 
salvajes, con los que luchábamos; otras, llena de animales peligrosos
que nos acosaban; pero en todas mis fantasías, no se me llegó a
ocurrir nada tan extraño y tan trágico como las aventuras que nos
acontecieron de verdad.»

De La isla del Tesoro, de R.L. Stevenson. Traducción de Francisco
Torres Oliver.  Ed. Valdemar.