Amor, esa palabra.

¿Qué le ocurre al amor cuando la realidad y la imaginación tienen poco que ver? En su último film, Amor, Michael Haneke se obliga a enfriar y ralentizar la verdad ominosa del dolor y la incapacidad que provoca la enfermedad con el fin de comunicar la historia con solvencia. Si dejamos al margen las obligaciones que impone una situación así (la cama, la ayuda constante, las papillas, la escasa movilidad, las sillas de ruedas, los intentos de rehabilitación, los pañales, las discusiones, la higiene personal, el desgaste psíquico y físico del cuidador, la pérdida del habla, la impotencia, la humillación, etcétera), desde el punto de vista narrativo Haneke se la juega a una última carta que ha ido urdiendo a lo largo de un metraje algo excesivo, pero que resulta eficaz. Hay temas que explotan y conviene no orillar: la atención a los dependientes y su derecho a decidir. En todo este ambiente, el arte, la música, cumple su función hasta donde puede y la preocupación de los demás no sólo es que no sirva, es que molesta. En el centro de este nuevo e inhóspito lugar gravita la certeza de que tal vez todo eso no sea el amor que una vez imaginamos, pero sin duda todo lo que se hace y, sobre todo, lo que se va a hacer es por amor. Entonces recuerdo a mis padres mirándose con una ternura llena de rabia y a prueba de infiernos en medio de aquel destrozo en el que parecía tan difícil irse con dignidad: amor, esa palabra.

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