Dickens

Jueves. Presento a tres escritores. Ernesto Colsa está cercano al burlesque y sus poemas son la provocación inteligente de un bon vivant; Jorge Ordaz, metódico, nos emociona con sus traducciones de escritores estadounidenses; por su parte, Jaime Herrero dibuja cuatro poemas y nos regala un lápiz a cada uno para que nos vayamos tranquilos a la cama. Un éxito de público, por cierto. Habrá que repetir.

Viernes. Se avería el coche y cambio de planes para el fin de semana. Tal y como vienen las cosas, será mejor volver a tomar el coche de San Fernando.

Sábado. Repaso las notas de la entrevista a Alfredo Hernández para la revista LITERARIAS. El tipo es intenso, cordial y culto sin resultar presuntuoso, cursi ni erudito. Hacía tiempo que no describía así a un escritor. Luego quedo con unos amigos. Les cuento que todos tendemos a elevar el tono de nuestra vanidad e ignorancia sobre la educada paciencia de los demás.

Domingo. Como con mi mujer y unos amigos una tortilla de patata apoteósica. Recuerdo una mañana en Tomelloso en que, compartiendo un aperitivo con Luis Alberto de Cuenca, llegamos a la conclusión de que hacer bien una tortilla de patata es más difícil que hacer un soneto. Era broma, claro. Lo difícil es hacer un buen soneto y que, además, se entienda. La tortilla como el jamón ibérico no hace falta entenderlos. Los caminos del arte son inescrutables.

Lunes. Me llaman del taller. El coche no estará disponible hasta pasado mañana. Un par de piezas a 18 euros más IVA cada una.

Martes. Es el Día del Trabajo. Todo acaba por carecer de sentido. En nuestra querida Portugal, hacen colas para trabajar como consumidores. Un 50% de descuento en una cadena de supermercados tiene la culpa de que el personal ni celebre ni descanse. El capitalismo es una estupenda señora por la que nunca pasan los años. ¡Que la detengan!

Miércoles. Asisto a una charla coloquio sobre Charles Dickens. Me perdí una de Francisco García Pérez. Ahora hablan Mariano Arias, Jorge Ordaz y Juanjo Lage. Veo a bastantes amigos. Como es natural no estoy de acuerdo con todo lo que se dice, pero todo me parece muy bien dicho y de gran interés. Principalmente difiero en algunas características de los personajes del mundo dickensiano, personajes de voluntades borrosas que contrastan con su instinto. No es extraño que así sea si pensamos en los traumas que asolaron a muchos de los grandes escritores: Kafka, Dostoievsky… Por cierto, otro éxito de público.

Jueves. Factura del arreglo del coche. Trescientos veinte ocho con setenta y cinco. Explicación: hay que desmontar el coche para acceder a la avería y proceder al cambio de las piezas. ¿Dónde está la tomadura de pelo? ¿En la mano de obra, en el ingeniero que caviló la máquina, en el productor o en la estupenda señora? ¡Por favor, que alguien llame a Dickens!

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