Decencia

Alfredo Hernández ha escrito un libro titulado El fósil vivo. Si pulsan aquí podrán leerlo gratis y si pulsan aquí podrán descargarlo y leerlo cuando les vaya apeteciendo. Yo ya lo hice y pienso que también hubiese podido titularse Decencia. Una materia de la que uno nunca está sobrado a menos que la hipocresía sea ya ditirámbica. Su lectura final se solapó estos días con una reunión familiar en la que salieron a relucir las relaciones entre padres e hijos y las mejores formas para trasladarles a éstos valores que les sirvan para desarrollar y construir una vida propia.  Y para rematar este pequeño viaje a una ética siempre insuficiente vi la película Las nieves del Kilimanjaro de Robert Guédiguian. El film, a pesar de los rostros almibarados y de un guión cogido con alfileres, me gustó. El marsellés acierta más a la hora de destacar dos o tres problemas que todos deberíamos plantearnos de vez en cuando que en el momento de resolver los conflictos argumentales. Entre los primeros podemos destacar en qué consiste el bienestar, la seguridad y la felicidad y, sobre todo, qué hacer cuando todo eso deja de manar por el caño que regaba nuestras manos. Ahora más que nunca es necesario hablar de las cosas y volver a ponerles un nombre. Es decir, más poesía, más política y más educación.

Al fin, pienso, se trata de que las leyes y las normas  sirvan a nuestra libertad, pero también de que las acciones más privadas (incluido nuestro voto, sus consecuencias y también la autocrítica tal y como el otro día decía un amigo sin hacer mucho ruido mientras se tomaba una cerveza sin alcohol) reconduzcan los daños colaterales que siempre acaban por padecer los más desfavorecidos. Acciones privadas que nos curten como ciudadanos, dan ejemplo a las generaciones futuras y aportan fortaleza a nuestra maltrecha moral. Por lo demás el debate está abierto a pesar de que lo prosaico sigue campeando por estos inmorales terruños en los que enseguida se ríen de uno o le tildan directamente de mezquino o tonto del culo, según. Sin embargo, lo único cierto es que nadie ha resuelto todavía si es más quien da o quien recibe.  En fin, todo sea por la Decencia, prima hermana de la Rectitud y de la Buena Educación. Para todas ellas se necesita saber contar y no ser un ladrón, aprender a leer y entender lo que se lee y en definitiva tener un corazón avant la lettre.

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