¡Ay!

Pido disculpas de antemano. No es habitual en este espacio dedicar letras a asuntos tan cercanos, básicamente porque  las identidades mal entendidas y sobrevaloradas siempre me la han traído al pairo y máxime en España donde esa cualidad ha contribuido al punto de ridícula imbecilidad en el que nos hallamos. Vamos a ello. Resulta que, sea como fuere en sus orígenes, el arquitecto y Premio Príncipe de Asturias Óscar Niemeyer regala un caramelo a Asturias. Un complejo arquitectónico en la ría de Avilés (ciudad de unos 85.000 habitantes) que para sí quisieran otros municipios, destinado a ser centro cultural y metáfora del abrazo al mundo entero. Esto es un decir, claro. El mundo, y no digamos ya el mundo de la cultura, está lleno de intenciones. Buenas y malas. El centro se alza gracias a la inversión pública. Se constituye una fundación y, justo antes de las elecciones, ésta solicita un cambio estatutario que altera la situación, digámoslo así. Pero el nuevo gobierno autonómico no parece muy dispuesto a pasar por esa horca. Grosso modo, el centro cultural corre el riesgo de paralizar su actividad (de hecho, ya está paralizada). Las declaraciones de responsables del centro, de la fundación, de partidos y del gobierno se suceden en un tira y afloja que sonroja sólo a unos pocos porque básicamente la situación socioeconómica satura las neuronas del personal que está a otra cosa. Entre otras a la bomba de relojería que el gobierno le ha puesto a quienes trabajan en y para la Radio Televisión del Principado de Asturias. Los ciudadanos de Avilés se manifiestan: unas 5.000 almas. El resto no justifica su ausencia. Sus vecinos de Oviedo y Gijón, otro medio millón de almas, tal vez estén gritando desde el Elogio del horizonte de Chillida, desde LABoral Centro de Arte, desde el altar de Santa María del Naranco o desde el Palacio de Congresos de Santiago Calatrava, pero nadie les oye, situados a una insalvable distancia de 30 kilómetros, en especial a partir de las once de la noche, si no es en coche particular. Y en fin, que no encuentran la solución y ni siquiera saben si la encontrarán cuando logren acordar una fecha para reunirse los presuntos implicados (¿después de las elecciones, tal vez?; ¿o quizás cuando los tribunales sentencien?). Sin duda, este foco cultural del Niemeyer, que no debería convertirse en foco de contaminación, debe ser un problema de enorme complejidad para el que no están preparados ni unos ni otros, visto que ni saben, ni oyen, ni  se entienden. Si de mí dependiera los metía a todos, fundación incluida, en el crucero más cercano rumbo a Siberia. Mientras tanto, hace poco me metí entre el pecho del alma y la espalda de la razón cuarenta minutos de Stradivarius embellecidos y enfebrecidos por Anne-Sophie Mutter y un par de maravillosas e inquietantes horas de cine a cargo de Wim Wenders con su homenaje a la coreógrafa Pina Bausch. La Utopía de María Pagés para el Niemeyer me la perdí. ¡Ay!

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