Los dirigentes

Según dicen los estudios universitarios y conoce el saber popular, al inicio de cada año todos nos llenamos de propósitos que se desvanecen en un instante o en diez días como mucho. Lejos de resultar pesimista, me parece admirable tanta capacidad de ilusión para luego quedarnos con la humilde certeza de sabernos pequeños, frágiles y tan limitados, cuando no cautivos, miserables y cobardes. Al fin, la fuerza de la realidad —la diaria, la dura e implacable, la de los hijos, la casa y el estómago— siempre puede más que cualquier fuerza de voluntad. La férrea escasea. Perdonen el arranque, pero el mes de mayo está a la vuelta de la esquina y los peores gobiernos y políticos (qué tiempos aquellos cuando creíamos que nos representaban) se disponen a seguir cercando nuestro cogote y limpiando hasta las telarañas de nuestros bolsillos con su voracidad de poder sindicado.

Uno de sus modus operandi lo anunció en 1921 el escritor W.B. Yeats, en el poema Los dirigentes de la multitud (perteneciente a Michael Roberts y la bailarina, en Poesía reunida, editorial Pre-Textos; traducción de Antonio Rivero Taravillo. Valencia, 2010): Para mantener su certeza deben acusar / a todos los diferentes de bajas intenciones; / demoler el honor establecido; / pregonar como nuevas cuanto quiera / que invente su disuelta fantasía / y murmurarlo conteniendo la respiración, como / si la alcantarilla llena fuera el Helicón / o la calumnia un canto. […].

Tras la aparición de este libro, W.B. Yeats fue senador del Estado Libre de Irlanda en 1922 y en 1923 obtuvo el Nobel de Literatura.

Pero saberse pequeño o secretamente miserable no significa claudicar. Y no es cuestión de esperanza, fatal resguardo. Se trata de materializar el hartazgo, este cabreo de años contra los políticos incompetentes y corruptos, y sobre todo contra los buenos políticos y los políticos buenos, corresponsables y cómplices banales, pero necesarios y perfectos, ensu dejadez para depurar de inmediato a esos indeseables. Si pensáramos cinco minutos si aceptaríamos como socios o compañeros de viaje a tipos como éstos, quizá nuestro voto sería más audaz, entrometido y rebelde. Sin remedio: o los cambiamos a ellos o cambiamos de vida nosotros. No se me apuren.

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