Premios

La vez que más cerca estuve de un premio Nobel fue en la Quinta Avenida, en los aledaños de la Biblioteca Pública, en Nueva York. Paseaba mi fatiga viajera cuando a cuatro o cinco metros divisé la encarnadura jovial de un hombre de cierta edad que mi memoria ya conocía. Entre mi habitual despiste y mi timidez casi patológica no acerté a poner el nombre a aquel cuerpo de mediana estatura. Sólo cuando pasó —y entonces ya fue tarde para todo— el fichero de mi cerebro enlazó aquel rostro con el nombre de Mario Vargas Llosa.  En la vida, las ocasiones únicas suelen llegar empaquetadas en instantes o décimas de segundo. Luego vino un regusto acre y la queja por la ocasión perdida: siquiera un buenos días o un apretón con las manos de quien tal vez sea unos de los últimos escritores pertenecientes a esa estirpe de autores que poblaron el siglo XIX y las tres primeras décadas del XX.  Aunque, ahora que lo pienso, en realidad todavía no era premio Nobel. Lo es desde el pasado jueves y me alegro.

Pero hay algo estúpido y pueril en este asunto de los premios, casi de cualquier premio. Por supuesto, pocos son quienes los rechazan (mis respetos al matemático ruso Grigori Perelman), pero deberíamos observar que, ante todo, un premio es la dádiva que se ofrecen a sí mismas las instituciones o las personas convocantes. La sociedad, sea la que sea, necesita satisfacer su propia vanidad, mirarse y encontrarse entre aquellos que la historia del momento considera sus mejores. Además, toda sociedad, imperfecta e insatisfecha per se con sus logros, concede galardones con la finalidad de exorcizar sus fantasmas, renovar sus ideales y conseguir un efecto catártico y ejemplar ante sus miembros. Los premios Nobel no son ajenos, ni los Carlomagno o los Príncipe de Asturias. Los Oscar apuestan una y otra vez por la industria cinematográfica. El Planeta de novela premia cada año el éxito comercial de su estrategia y los premios de cada agrupación empresarial no hacen sino dotar de un nuevo impulso a las empresas que la conforman. Por cierto, el mismo día que a Mario Vargas Llosa le concedieron el Nobel, la Asociación de Escritores de Asturias concedía el de las Letras y los de la Crítica de Asturias: hubo, felicitaciones, agradecimientos, orgasmos mentales y discursos elogiosos. Gracias por lo que me toca y enhorabuena a los socios, que son los que pagan.

Al final, el premiado juega un papel especular, importante pero siempre secundario que le servirá para demostrar cómo su ambición y su talento eran ciertos, que su trabajo no fue en balde. No es poca cosa, más aún cuando conlleva recompensa. Pero ya se sabe: no todos alcanzaremos la gloria. Consolémonos: al menos habremos tenido una causa.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s