Mira

Desde una habitación del Hotel Nacional de Moscú, por el que a buen seguro aún pulula el espectro alucinado de Lenin, observo al norte la ancha y bulliciosa calle Tverskaya; al sur, los jardines de Alejandro y el Kremlin con sus torres rematadas en estrellas de rubí. Detrás, la Plaza Roja, con el mausoleo del bolchevique frente a los almacenes GUM, ahora punteados con tiendas de Cartier y Louis Vuitton. Y al fondo esas piñas y cebollas que son las cúpulas renacentistas de la catedral de San Basilio, con colores sacados de una heladería o un derrame infantil.

Salgo a caminar y subo por Tverskaya: me cruzo con rostros que no distingo: tártaros, mongoles, chechenos, ingusetios y rusos, claro. Pero entre todos ellos destacan esas frágiles muchachas blancas, esbeltas y puntiagudas, de atractivas facciones y pómulos como amapolas, con sus tacones de aguja de doce centímetros desfilando por la acera como si fuese una pasarela imaginaria. Llegan mirando y se dejan mirar, incluso al pasar saben cómo detenerse por un instante casi infinito: posan para el objetivo de quien las quiera mirar, dejando caer sus párpados, en esta ocasión en el Dry Martini de mi cerebro. Sin embargo, sus figuras no refulgen con esas prendas de dudoso gusto y calidad. Delatan su necesidad y su ambición: las modelos y actrices inalcanzables de las revistas. Sus cuerpos, apetecibles como macarons de frambuesa con champán, quizá estén marcados por la nueva ruleta rusa. Es inquietante no saber si ellas lo saben. Más de un veinte por ciento de rusos continúa residiendo en viviendas comunales. No es un secreto para ellas. Cada día buscan desesperadamente otro cielo y otro infierno que las salve.

Café Puschkin Ya en el cruce con Tverskoy, giro y me adentro en el café Pushkin. Me siento junto al cristal que da al bulevar y las veo pasar. Sigo y persigo a una con la mirada. Miro cómo mira a todas partes, con descaro o disimulo. Se para: enciende un cigarrillo muy fino y delicado, exhala el humo mientras mira y espera. Mira el reloj y espera. Mira al coche que no se detiene y espera. Mira al extranjero y espera. Mira al cielo y no llueve. Da una chupada tibia y tira con desdén la colilla al suelo. Mete su mano decidida en su bolso y espera. Se abate sobre la pared, reposando su espalda sobre un mundo desgastado. Entonces abre el libro y lee: No creo que pudiera decir exactamente cuántas veces dentro de mí / recorriendo mis entrañas / he respirado o latido o gritado o temblado / esa cosa que llamamos esperanza / ese fluido desazonador que nos convierte en seres anhelantes / en criaturas que zozobran / que tiemblan y no saben hacer otra cosa / que mirar en todas direcciones / confiando en que el destino no los defraude.

Versos del poema La esperanza, del libro Historia de una anatomía de Francisca Aguirre. Ediciones Hiperión, 2010.

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Un pensamiento en “Mira

  1. Hola, soy un joven editor de argentina y necesito contactarme con Juanjo Barral, pues me gustaría publicar sus trabajos aquí en mi país.

    He visto que tienes algo publicado sobre él, y me preguntaba si podrías darme su dirección de correo electrónico. Ya he utilizado varias vías posibles de comunicación, y espero que alguna resulte favorable.

    Desde ya muchas gracias.

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