El premio

Y justo después de que le comunicaran el premio, aún con el eco del temblor resonando bajo su piel, recordó aquellos años en que cada lectura era una nueva forma de fascinación: la revelación de los mundos. Le asaltó la imagen de aquel muchacho del siglo XVIII que Robert Louis Stevenson retratara con inusual maestría en La isla del Tesoro. Creyó que la fantasía y el ensueño habían sido el auténtico motor en la vida de Jim Hawkins.

El premio, entonces, no era otra cosa que fracasar de la mejor manera posible, minimizando los daños, espantando la vanidad.

Bastaba con aquel mapa que Jim repasaba una y otra vez con la avaricia de un adolescente, mientras esperaba a que el squire Trelawney comprase y aparejase la Hispaniola, para comprender el poder —no sólo evocador— de lugares como el Monte El Catalejo, la Isla del Esqueleto o la Cala del Carnero. La aventura había empezado ya para Hawkins, el squire, el doctor Livesey, John Silver, Ben Gunn o el capitán Smollett. Y eso que la goleta aún no había zarpado. Pero también supo que había otra aventura que había comenzado ahí mismo, en ese soplo, en esa brisa de las páginas al pasar, enrolado como lector en esa barca ingobernable que es la literatura y con la categoría de grumete que tal vez no abandonaría jamás. Luego llegó la escritura, la imaginación, el entendimiento, el espíritu y el gusto y, cómo no, el vicio de la corrección infinita hasta dar con la palabra adecuada. El premio, entonces, no era otra cosa que fracasar de la mejor manera posible, minimizando los daños, espantando la vanidad. El premio era mantenerse fiel a la aventura hasta el final sin que el viaje pudiera detenerse, ni siquiera por la presencia de una criatura como Calipso; al igual que le ocurrió a John Silver, que no pudo quedarse en la Hispaniola, rumbo al puerto de Bristol, para esperar el indulto prometido porque sabía que su viaje estaba en otros lares.

El premiado supo que todos, desde Odiseo hasta Jim Hawkins tuvieron la misión de contar algo. Odiseo a Telémaco y Penélope. Jim Hawkins, a través de Stevenson, a todos nosotros. Y él, ahora, a todo aquel que quisiera leerle. Y de fondo siguen resonando aquellas palabras, aquella música: «¡Piezas de a ocho! ¡Piezas de a ocho!»

Capítulo VII
VOY A BRISTOL

«Transcurrió mucho más tiempo del que imaginaba el squire antes de que
estuviésemos listos para zarpar, y ninguno de nuestros primeros planes
—ni siquiera el del doctor Livesey, de tenerme junto a él— pudimos ver
cumplido como habíamos pensado. El doctor tuvo que ir a Londres a
buscar un médico que se encargase de sus pacientes; el squire estuvo 
muy ocupado en Bristol, y yo viví en la mansión bajo el cuidado, y
casi prisionero, del viejo Redruth, el guardabosque, aunque inmerso en
ensueños marineros de las más fascinantes fantasías sobre extrañas
islas y aventuras. Pasé horas enteras inclinado sobre el mapa, hasta
que me aprendí de memoria los detalles. Sentado junto al fuego de la
habitación del ama de llaves, me acercaba a aquella isla, en mi
imaginación, desde todos los puntos posibles; exploraba cada acre de
su superficie; subía mil veces hasta ese monte que llamaban del
Catalejo, y en su cima me deleitaba con las perspectivas más
maravillosas y cambiantes. Unas veces la isla estaba poblada de 
salvajes, con los que luchábamos; otras, llena de animales peligrosos
que nos acosaban; pero en todas mis fantasías, no se me llegó a
ocurrir nada tan extraño y tan trágico como las aventuras que nos
acontecieron de verdad.»

De La isla del Tesoro, de R.L. Stevenson. Traducción de Francisco
Torres Oliver.  Ed. Valdemar.
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