Barral, Ordaz, Fearing.

Juanjo Barral, quien acaba de estrenar página web aquí me envía 23 poemas, de Kenneth Fearing, editado por La última canana de Pancho Villa (número 643) y traducido por Jorge Ordaz. En el prólogo —El descubrimiento de Fearing— Barral cuenta que ya en 1999, durante un encuentro en Huelva, cuatro poemas del norteamericano causaron sensación entre los congregados.

» A Fearing se le recuerda sobre todo por ser posiblemente el mejor poeta de su país durante la época de la Gran Depresión.

Meses antes, Jorge Ordaz le había hablado a Barral de la existencia de ese autor «de novelas policíacas que le otorgaron popularidad y prestigio. De una interesante obra poética que aún permanecía inédita en castellano… Así que todo era ponerse». Ordaz se puso manos a la obra, fue traduciendo a Fearing y así, tres números más de La última canana de Pancho Villa lucieron el nombre de Fearing en sus portadas. Hace unos meses El País inició una promoción de novela negra que incluía El gran reloj, publicada por Fearing en 1946. Al respecto y como para alentarnos a su lectura, Barral nos dice: «Cómo olvidar la “granizada de risas” que recibe uno de sus personajes». Y nos recuerda que, en la contraportada de la edición se destacaba que, al margen de sus novelas, «a Fearing se le recuerda sobre todo por ser posiblemente el mejor poeta de su país durante la época de la Gran Depresión». El caso es que Barral volvió a llamar a Ordaz. Le contó la secuencia, toda la secuencia de hechos concatenados y le propuso reunir en un número de La última canana de Pancho Villa todos los poemas de Fearing publicados hasta ese momento: «Tan generoso como siempre, Jordi se ofreció a traducir un puñado de poemas más para la ocasión». Y de esta manera podemos disfrutar ahora de estos 23 poemas de Kenneth Fearing (Oak Park, Illinois, 1902 – Nueva York, 1961). Si quieren saber más de él sólo tienen que pulsar aquí.

Y como quiera que he seguido a Fearing durante estos años gracias a Barral y a Ordaz, y como no será fácil que ustedes consigan este número, aquí les dejo con un poco de Fearing. Como dice Juanjo Barral, «un poco de Fearing siempre es mucho».

EL NEGOCIO DE COSTUMBRE

Este es el poeta
que escribió el soneto
y se le pagó tres dólares
y sesenta y cinco centavos.

Este es el artista,
el hombre que dibujó en él
(por veinticinco pavos)
un margen de ninfas:
las ninfas del soneto
que valieron tres dólares
y sesenta y cinco centavos.

Aquí está el impresor
que publicó la página
eliminando de ella
un centenar o así
de ninfas, y el soneto
que valió tres dólares
y sesenta y cinco centavos.

Esta es la botella
de ginebra vacía
que costó tres dólares
y sesenta y cinco centavos
que permitió al poeta
escribir el soneto
que valió tres dólares
y sesenta y cinco centavos.

 

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«50»

En mayo de 1987 se reunieron en el Teatro Campoamor de Oviedo un grupo de poetas bajo el título de Encuentros con el 50. La voz poética de una generación. Yo contaba con apenas 24 años. Hacía dos años que había terminado la carrera en la Universidad de Oviedo y andaba buscando mi lugar sin mayores responsabilidades gracias al esfuerzo de unos padres indulgentes y una abuela entregada que sufragaban los gastos más importantes. ¡Ah, aquellas abuelas! El resto corría de mi cuenta. Aquel tiempo, en el que la curiosidad te llenaba los bolsillos de grandes experiencias, singulares y novedosas, me permitió asistir a ese acontecimiento poético donde el mundo se entendía y se definía de una forma muy distinta a como estábamos acostumbrados.

» Todo ocurrió como el rumor del oleaje, cuando pensábamos que los dioses nos habían creado a su imagen y semejanza, inmortales.

Hoy, cuando llega a mis manos el libro que recoge las palabras de poetas, críticos y público que intervinieron durante aquellos días, en una edición corregida, anotada y retocada por Miguel Munárriz, en donde muestra una vez más su querencia y afecto por esa generación y por su amigo Ángel González en particular, me pregunto qué queda de aquellas voces en mi memoria y hago recuento.

De Ángel González me quedo con el poema que con diecisiete años leí a una «novia» granadina una noche de enero desde una cabina de Telefónica. Hacía frío y creía que estaba enamorado. De José Manuel Caballero Bonald, la melancolía. De Alfonso Costafreda el despertar llorando de cuclillas / en el rincón sombrío de la alcoba, sus sueños, sus pájaros y sus suicidios. De José María Valverde la largura existencial —y versal— de la conciencia y esa manera tan elegante de ser palabra. De Carlos Barral, la grandeza casi incomprensible de sus versos como cuando dice de una muchacha desnuda que creyéndose sola, se quita los bluejeans junto a una bicicleta, Desnuda frente a un muro de ataúdes eléctrico / recoges una concha seguramente rota. De José Agustín Goytisolo los versos de La noche le es propicia, su desamparo y aquel paradójico día en que al tiempo que su cuerpo descendía desde la ventana de su piso hasta el suelo de la calle también conocí a Félix Grande, volcándonos en una pequeña conversación que duró hasta la madrugada. De Jaime Gil de Biedma la cantidad de veces que en mi juventud, y también algo más tarde, me lo nombraban los amigos y los poetas, la noche y sus esquinas, tanto que, a la mañana siguiente, junto a las sábanas manchadas y la tibia presencia de otro cuerpo, siempre me parecía habitar en un estado efímero y febril que urgía de nuevo a la guerra de los cuerpos, un día más, otra noche más, entre las ruinas de aquella vejez anticipada. De José Ángel Valente sus gritos fragmentados, sus rosas y su esperanza: Sólo yo que he tocado / el sol, la rosa, el día, / y he creído, / soy capaz de morir. El dolor, todo el dolor de Francisco Brines. Y de Claudio Rodríguez las semillas desnudas de sus versos que anidaron en mi boca hasta brotar esas palabras que me ayudaron a nombrar mejor las cosas más antiguas: abedul, bodega, cucharilla… Ya, ya sé que no nombro a algunos, pero no es por olvido, sino por homenajear a Juan García Hortelano y su libro El grupo poético de los años 50.

Es probable que buena parte de todo esto que ahora conservo, tuviera su origen en aquellos encuentros matinales y vespertinos en el Salón de Té del Teatro Campoamor, o en las noches primaverales de una Vetusta que quería despertar de la siesta, celebrando la vida y la palabra en el pub El Paraguas. Hay que destacar que, además de los referentes literarios, lingüísticos y sociopolíticos que pueden rastrearse en este libro, el calor y la alegría de las copas engarzadas cada vez que estos escritores se veían por cualquier lugar de España, engendró ese neuma cómplice y nocturno que ya forma parte de la leyenda generacional del 50: esa alta ventana de la amistad y la noche. Y sin embargo, cuando mi nuca se pega al espejo y siente los cristales rotos del pasado, cuando el azogue se desprende y queda el óxido en las pupilas, lo más exacto sería decir que todo ocurrió como el rumor del oleaje, suave y lentamente, cuando pensábamos que los dioses nos habían creado a su imagen y semejanza, inmortales.

Este libro, como muchos otros —si pulsan aquí tendrán otro gratificante ejemplo no venal para su completo disfrute—, es un reflejo social y cultural de primera magnitud, en este caso también literario y amical, que responde a una época de una España no muy lejana. Por entonces el arte y sus diversas expresiones eran la fuente y el cántaro de la libertad. Para que luego pregunten los políticos, con sus salivazos sobre la cultura, para qué sirven los encuentros de escritores. ¡Malditos ignorantes!

 

La decisión

Que alguien le envió una rosa, me dijo mientras compartíamos un Palo cortado en la Alameda de Hércules. Bien es cierto que una rosa virtual, inodora, básica, tipo emoticono. No supo si aquello era un guiño o bien respondía a esa hermosa tradición arraigada en Cataluña durante la fiesta de San Jorge. El asunto fue que, no teniendo a mano un libro virtual que ofrecerle, le agradeció el detalle enviándole otra rosa y comunicándole, aún no sabía a santo de qué, su decisión de tomarse un par de años para volver la vista hacia esos clásicos que ni el tiempo ha logrado enterrar o bien, a aquellos otros libros que algún editor, en su infinita indulgencia, suele rescatar del olvido.

»Volvió a sentir lo que ni el fútbol ni el trabajo

ni internet jamás le habían dado.

La decisión, siguió contándome, no llegó porque se hubiera saturado leyendo las nuevas propuestas o porque pensara que, en realidad, desde el punto de vista literario, todavía seguimos braceando, y buceando, por el siglo veinte a falta de que llegue el nuevo Proust (liquidador del diecinueve y padrino del veinte), otro Kafka, un Joyce, un Faulkner o siquiera un Borges tal vez. Tan sólo ocurrió que pasando el dedo por los lomos de la librería se encontró inesperadamente con Thomas de Quincey y su delicioso Los últimos días de Emmanuel Kant. No muy lejos estaba vertical y delicadamente reposando El mandarín de Eça de Queiroz y unos cuantos centímetros más allá los Cuentos de Edgar Allan Poe. Recordó, ¡cuánto tiempo hacía ya!, los sólidos y pausados momentos de aquellas lecturas y entonces percibió en la yema de su dedo un cálido hormigueo que comenzó a calentar su brazo, trepó hasta el cuello por su hombro y se introdujo por los poros de la nuca hasta llegar a algún lugar del cerebro en donde sus neuronas enloquecieron de placer. De repente, aquellos días felices se elevaron ante él, imponentes edificios de una belleza exultante, y un caleidoscopio de paisajes y personajes fueron apareciendo ante sus ojos, entreverándose unos con otros: de Luz de agosto a Dr. Jekyll y Mr. Hyde; de Madame Bovary a Moby Dick o de Los demonios a Región. No supo darme razón del tiempo que estuvo viendo la danza de aquellos seres y volúmenes que aparecían por todos los flancos a su alrededor como chispas súbitas iluminando el universo. Por unos instantes permaneció aturdido, creyó que le faltaba el aire y temió desvanecerse como si el síndrome de Stendahl le hubiera golpeado a traición. Y aunque notó que el corazón se desbocaba, lejos estaba él de este viajero que un día a la salida de la Basílica de la Santa Cruz, en Florencia, sintió que la vida estaba agotada, caminando con miedo a caerse. Nada de eso. Cuando hubo recuperado la consciencia, ya sólo quiso volver a sentir aquella emoción de los dieciocho, de los veinte o incluso de los treinta años, cuando los libros eran la medida de casi todas las cosas. Esos libros que, junto al amor, le salvaron de convertirse en «el agraz atormentado que no encuentra aliento ni lugar en donde reposar su mala ventura».

Y, colorín colorado, así fue como decidió volver a sentir lo que hace ya mucho tiempo no sentía y que ni el fútbol ni el trabajo ni internet jamás le habían proporcionado. Lo mismo que sintió un día no muy lejano cuando al pedir un café en el Horno San Buenaventura, se encontró en el mostrador con aquellas magdalenas estrechas y alargadas, cubiertas por una delgada capa de praliné de chocolate glaseado. Al menos hacía cuarenta años que no había vuelto a probar una. Retiró el envoltorio, la mojó con la liturgia de un condenado y, tras darle el primer bocado, en su mente estalló todo el imperio lejano de su infancia.