Esquinas

Las primeras páginas de un buen libro suelen ofrecer pistas suficientes para saber si vas a tener que armarte emocional y/o intelectualmente ante el contenido que ofrece. Qué sé yo: Ulises de Joyce o Viaje al fin de la noche de Céline o El hombre sin atributos de Musil. Más cerca Las pirañas de Miguel Sánchez Ostiz o para muchos Volverás a Región de Juan Benet, por ejemplo. Y en el género poético llenaríamos la pared. A mí me volvió a ocurrir este verano con La quinta esquina, de Izraíl Métter, esta vez por motivos emocionales, y decidí posponer su lectura para el otoño, cuando afronto mejor que los morlacos literarios me pasen por encima dejándome el alma y la razón hechas un eccehomo. Y así, el sábado pasado, mientras los diarios y otros medios recordaban el 20N (por cierto, quincuagésimo noveno aniversario de la boda de mis padres, que en paz descansen), me senté en la terraza de un café y abrí el libro en un mínimo y privado homenaje a las víctimas de París y a todas las víctimas que fueron y que estén por venir allá donde sea. Burlé las primeras páginas sin zozobra. La experiencia es un grado. No había pasado la página 30 cuando a mi izquierda se sentaron un hombre y una mujer que debían rondar los treinta y cinco. Él, con un aire fogoso y barba de cinco días, podría ser la fantasía erótica de algunas y tal vez de muchos. En cuanto el camarero les tomó nota, empezó entre ellos un singular diálogo en un volumen muy español. Ella me pareció poco vistosa pero enseguida comprobé que de voz convincente y verbo claro. Me abstraje para seguir leyendo. Cuenta Boria, el narrador de La quinta esquina:
«Antaño los ancianos tenían una ventaja frente a los jóvenes: les parecía que ellos habían llevado una vida más limpia y correcta. Yo he perdido esa ventaja. Y los jóvenes, al hablar conmigo, me dan a entender que ahora son ellos quienes sienten envidia porque yo me he comido sus uvas. No me he comido tus uvas, joven. En vano te paseas frente a mí con los brazos en jarras…»
Me detuve para pensar en la procedencia actual de este párrafo, pero la conversación de mis vecinos abortó mi intento. Al parecer ella no era partidaria del referéndum en Cataluña. Alegaba, grosso modo, que la autonomía nunca es soberanía. Por su parte, él hablaba sin eufemismos: la constitución es contingente y la autodeterminación es la expresión de la democracia legítima. Bueno, pensé, al menos no se dirigen palabras gruesas.

» “De todas formas lo firmarás, perra. A ver, muchachos, mostradle a esta puta dónde está la quinta esquina en nuestra habitación”

Avancé en la novela de Izraíl Métter (Jarkov, Ucrania, 1909 – San Petersburgo, 1996) en compañía de esas voces tan seguras y atractivas. La novela de Métter es tan bella y sutil como deprimente, cargada de sinsabores, y de una eficacia narrativa explosiva, léxico sencillo y clara sintaxis. Más adelante dice Boria:
«Los acontecimientos históricos, o simplemente los hechos que no están coloreados por las emociones, no nos dejan huellas precisas en el recuerdo. La memoria del sentimiento es más fuerte que la memoria de la lógica. […] Y ante nuestros ojos surgió un seudónimo del tiempo: Stalin.»
La culpa, la necesidad de Boria por aclarar un pasado de delaciones y de silencios, es el motor de esta historia que puede emparentar a Métter con lo más granado de la literatura rusa sin desmerecer un ápice. El siguiente párrafo, que leí ya con el zumbido de la pareja en mi cabeza, es muy significativo:
«Arrestaron al profesor Golovánov el año 1930. A ninguna de las personas que conocía de cerca a Fiódor Ivánovich podía habérsele ocurrido que fuera culpable de algo.
Mucho más tarde, seis o siete años después, los parientes y los amigos de los arrestados aprendieron un arte terrible: el de adivinar por qué razón habían desaparecido el padre o la madre, el marido o la esposa, el hermano o la hermana.
En el desesperado deseo de justificar para sí mismo lo ocurrido, de justificarlo, no para sobrevivir sino para vivir: para ir al trabajo, educar a los hijos, comer, beber y dormir; para sonreír, amar, mirarse a los ojos, para tener esa posibilidad y el derecho a tenerla, el hombre se volvía endemoniadamente inventivo: buscaba las causas del arresto y las encontraba.
Las personas llegaban incluso a creer sinceramente en la legitimidad de la demencia que reinaba: el fanatismo es siempre más asequible que una actitud racional respecto a la realidad. Quien cree a ciegas comienza por no exigir explicaciones, y termina por no soportarlas.»
Levanté los ojos del párrafo. La pareja, enajenada en el fragor de sus palabras, ahora sí parecía acalorada . Él estaba en contra de la intervención militar, nada se nos había perdido en aquellas tierras y, como todo el mundo sabe, decía él, de aquellas guerras estos lodos. Para ella, sin embargo, era necesario que entendiera el significado de esta aberración religiosa que no iba a desentenderse de nadie y que hacía del mundo un lugar más peligroso y más inhumano, con los bárbaros instalados en nuestros territorios y con nuestros pasaportes, pero con el alma enferma del ISIS y la cabeza llena de estupideces como los protagonistas del film Four Lions. Son ellos, continuó ella lanzada, los que flagelan, desmiembran, cuelgan, empujan al vacío, violan, lapidan y decapitan. Hice un esfuerzo y me zambullí de nuevo en las desventuras de Boria. Y digo desventuras porque hay en el libro una suerte de poesía hechicera bullendo sobre un relato amoroso, el de Boria y Katia, que sobrecoge las entrañas y retrae hasta los dedos de los pies. Katia y Boria y su perturbador universo de enamorados. Una maravillosa locura que acaba mal, rematadamente mal, con esa imposible quinta esquina que los monstruos de la K.G.B. obligaban a buscar a los detenidos en una habitación cuadrada mientras los golpeaban. Apunta Boria:
«”De todas formas lo firmarás, perra. A ver, muchachos, mostradle a esta puta dónde está la quinta esquina en nuestra habitación”.
¿Qué hacía yo en ese momento? [se pregunta Boria] ¿Tal vez en ese momento, cuando ella buscaba la quinta esquina en una habitación cuadrada, yo estuviera riendo en algún lugar?»
Y cuando la lectura me reclamaba un merecido descanso, una tregua emocional, un intercambio de gritos me espabiló. Levanté la mirada. El hombre la señaló con el dedo y sentenció: «¡Vuestras guerras, nuestros muertos!» Un resorte la levantó de la silla y ella con una sonrisa tranquila le contestó: «No, ¡vuestra tibieza, nuestro compromiso! Y se largó. Él salió tras ella, la alcanzó en la esquina y los vi besarse y abrazarse. Me recordaron a los amantes de El beso de Dosnieau y sonreí aliviado. También yo me levanté y me fui a celebrar el 20N, mientras tarareaba entre dientes Allons enfants de la Patrie / Le jour de gloire est arrivé! / Contre nous de la tyrannie: / L’étendard sanglant est levé: / Entendez-vous dans les campagnes…