El refugiado

El otro día me senté en el sofá y encendí la TV, a la espera de que llegase mi mujer. Yendo de un canal a otro y harto de tanta mierda y tanto aburrimiento, al fin me decidí por un reportaje. Una secuencia, especialmente larga, mostraba a una mujer con su hijo encaramado a la espalda, ambos en silencio, mirando a la cámara, es decir, a mí. Creí que sus ojos grandes empezaban a hablarme y esa ilusión me hizo sentir que estaban muy cerca, a escasos metros de distancia. La narración de la periodista era tan impúdica y amarilla que mis oídos la obviaron al instante.

» Tuve un acceso de ira y, de no mediar mi mujer, hubiera empujado ese asqueroso electrodoméstico hasta el borde de la ventana.

Al fondo, el escenario no podía ser menos amable: un cielo gris con una alambrada sobre la cual la mujer —cada vez me parecía más joven y hermosa— había posado sus manos con tal delicadeza que si no fuera por la tristura de sus ojos verdes, hubiera pensado que pertenecían a La tasadora de perlas de Vermeer. Era obvio que aquel rostro cansado de quien acaba de salvar una vez más la vida, con ese mirar que había comenzado a velarse y aquel escorzo suplicante, pero ya sin esperanza, era el de una refugiada. «¿Es esto la vida?», se preguntó, preguntándome sin pestañear. Su confianza en que alguien de este mundo los acogiese era ya tan mínima que su mirada me dio la espalda antes de que el fundido de la secuencia anunciara que el programa volvía en cinco minutos. Pasó por delante de mí la imagen de mi abuela, de mi madre, de mi hermana, de una amiga, de ti. Tuve un acceso de ira y, de no mediar mi mujer, hubiera empujado ese asqueroso electrodoméstico hasta el borde de la ventana. Ella me tranquilizó: me ordenó el rostro y calmó mis palabras. Luego me invitó a sentarme y buscó el canal para ver un capítulo de una serie que estamos siguiendo. Alguien dice: «Así es. No cedemos ante el terror. Nosotros somos el terror».  Y ahí me quedé, refugiado, entre los brazos de mi mujer, mirándote.

 

Musas, amor y ondas gravitacionales

A pesar de los esfuerzos por parte de los científicos, divulgadores y periodistas de medio mundo por explicarnos lo mejor posible la constatación de la existencia de las ondas gravitacionales que ya teorizara Albert Einstein, seguimos sin entender bien tanto el contenido como las consecuencias del hallazgo. No es extraño. Hay conocimientos que para su cabal comprensión necesitan de un bagaje previo que a su vez requiere de curiosidad, voluntad y esfuerzo. Y cuando se trata de materias científicas —la ciencia es el culmen de un lenguaje universal a la misma altura que la música y seguramente más que la poesía—, ya sabemos que los comunes de los mortales y en particular los españoles, andamos muy justos. Esta precariedad suele acompañarnos en muchas más áreas y nos lleva a formular de continuo opiniones desinformadas cuando no abatidas por prejuicios singulares o simplemente por el peso de la ignorancia propia.Y si así nos ocurre cuando en la cafetería o en la barra del bar hablamos vagamente sobre la situación económica, social o política, qué barbaridades no diremos cuando hablamos de ciencia o poesía.

» Sabemos decir muchas mentiras con apariencia de verdades y sabemos, cuando queremos, revelar la verdad

Me pregunto esto porque ayer fui a ver La academia de las musas, dirigida por José Luis Guerín. Poco tengo que objetar a este film cuya textura fotográfica tanto me ha agradado y que recomiendo ver, pero no puedo obviar que esta obra rodada en apariencia como si fuera un documental, no podrá ser bien digerida por un público amplio si éste desconoce algunas reglas básicas de la poesía así como los matices que aportan esos relatos que han pervivido en el imaginario colectivo y que hemos dado en llamar mitos. Así, La academia de las musas se presenta al espectador como las sesiones de un seminario universitario en las que un profesor ya mayor plantea la posibilidad de que las mujeres se conviertan en musas, dada la carencia de belleza y poesía que asola el mundo actual. Por ende, el mensaje también va dirigido a sus propias alumnas. De los alumnos no se dice nada y sólo en una ocasión uno de ellos interviene para objetar algo así como «pero, por favor, de qué estamos hablando», como advirtiendo de que le resulta imposible ejercitar su derecho a suspender su incredulidad para poder entrar en tan alocada ficción. Entre sesión y sesión asistiremos también a varias conversaciones privadas entre las alumnas, a una serie de conversaciones privadas entre el profesor y su mujer y a un viaje del profesor junto a una de sus alumnas. Y es a través de estos tres planos de conversación que irán apareciendo, entre otros, los mitos de Dafne o Eurídice, así como el pasaje del amor entre Francesca y Paolo o Lanzarote y Ginebra  perteneciente a La Divina Comedia de Dante Alighieri. Desconocer estas referencias, sus interpretaciones y su validez en el mundo actual, no hará del todo incomprensible esta película, pero sin duda sus mensajes se harán menos visibles y mucho menos interesantes. Y no digamos ya si uno se enfrenta a esas referencias técnicas y literarias sin el espíritu crítico y con los enriquecedores detalles que tantos pensadores y escritores han aportado para poder entender el lenguaje de las musas y, por tanto, el de las artes. Porque lo que José Luis Guerín nos pone con perspicacia y delante de los ojos no es sólo una serie de alumnas atentas y apasionadas por la palabra de un profesor que les resulta atractivo, sino también el poder de la palabra para hacer pasar por verdad aquello que no deja de ser una mentira vulgar y a veces cobarde. Es aquí donde se alza, y realza, el papel de la mujer del profesor —notablemente interpretada por Rosa Delor Muns— como elemento crítico ante la propuesta de su marido. Una propuesta no exenta de contradicciones, a veces ridícula y tal vez disparatada. Al fin, estamos frente a un matrimonio longevo que hace aguas debido al aburrimiento del marido que no quiere reconocerlo y que necesita desplegar sus mejores argumentos, y también su mejor lenguaje, para seguir sintiéndose válido y seguro, desarrollando toda su capacidad de seducción ante sus jóvenes y no tan jóvenes alumnas. Aquí tenemos al trilero y el detective, al poeta y su más acendrado crítico, al escritor y su implacable lector.

Se me podrá objetar que al final de la película, en el cara a cara entre la mujer del profesor y una de sus jóvenes amantes —sí, hay más de una—, en el que dirimen la competencia de cada cual por el amor del profesor así como el valor que se atesora o se acumula con el tiempo y con la densidad de ese tiempo, hay un empate técnico, pues al cabo uno puede enamorarse varias veces en la vida e incluso hay quien afirma que se puede tener dos amores a la vez y no estar loco. Es posible, pero a tal fin sería conveniente distinguir entre las diversas arquitecturas del amor y los enamoramientos pasionales. Estos últimos suelen ser la primera piedra para la posterior edificación de los primeros, pero no garantizan su existencia, a no ser que, como dijera Julio Cortázar en Rayuela, «se quiera que el amor termine en cromo o en romanza sin palabras». Y un poco más allá, también sería necesario convenir en que no es bueno hacer a los demás lo que no deseas que los demás te hagan a ti: «La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes. Los amores cobardes no llegan a amores ni historias, se quedan allí. Ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar», que cantaba Silvio Rodríguez en Óleo de mujer con sombrero.

Y es que las ondas gravitacionales del amor también existen, están ahí. Sólo hace falta conocer la manera de encontrarlas. Y para esto también hace falta curiosidad, voluntad y esfuerzo. Que el amor es una fuente inagotable de energía ya se sabe, pero para que así sea necesita de un medio conductor que ayude a mover los motores emocionales de nuestros cuerpos y nuestras mentes.
El poeta Hesíodo, en su Teogonía, cuenta que mientras cuidaba de sus ovejas, las musas le regalaron una vara de laurel a manera de cetro y le encomendaron componer un poema sobre los dioses, después de advertirle: «Sabemos decir muchas mentiras con apariencia de verdades y sabemos, cuando queremos, revelar la verdad». Parece pues que es a los amantes, a los lectores y a los espectadores a quienes les toca comprender, juzgar y tomar partido. Nadie dijo que fuera fácil saber amar o leer. Y mucho menos vivir.

Pozzi, Donis y el azar.

Una mujer viaja en el metro. Está sentada. Ha sido un día caluroso y agotador de principios de septiembre y regresa a casa con ganas de ponerse bajo el agua de la ducha. Todavía le restan ocho estaciones para llegar a su destino, así que saca de su bolso el libro que un amigo le ha traído tras un viaje a Italia. Abre el libro al azar y lee, traduciendo directamente del italiano:

GRITO

No tener un Dios,
no tener una tumba,
no tener nada firme,
tan solo cosas vivas que se escapan.
Vivir sin ayer,
vivir sin futuro,
y cegarse en la nada
—socorro—
a causa de la miseria
que no tiene fin.

Ella se estremece. Tal vez recuerde El grito de E. Munch, o los cuervos de Van Gogh, la soledad de una palabra… o su propio corazón. Quién sabe: «—socorro—», se repite en silencio. Está desconcertada: existe en los epitelios del poema la untuosa certidumbre de unas palabras que reflejan la cálida intemperie de su propia alma. Por ejemplo esas «cosas vivas que se escapan» como el sol del día, la espuma de la cerveza compartida, el regalo ¿casual? del amigo, las calles hirviendo, las estaciones del metro, los rostros de esos seres al pasar o el encantamiento del propio poema tras ser leído. Ese no tener nada firme, ese vivir sin ayer…

» Existe en los epitelios del poema la untuosa certidumbre
de unas palabras que reflejan la cálida intemperie de su propia alma

Unos meses después, cuando llega el invierno humeante, con su frío bajo el brazo, ella y su amigo vuelven a verse. Él le pregunta qué le han parecido aquellos poemas que le regaló. Existen muchas palabras que están mejor a buen recaudo en el cobijo encendido de la amistad, pero baste decir que es entonces cuando ella le confiesa que, sólo movida por su propia satisfacción, ha traducido ya una docena de poemas. Y él, entusiasmado, le urge para que se los envíe. A la mañana siguiente, él la anima a continuar. Está convencido de que con esas traducciones pueden proponer un libro. Y es así como, casi cuatro años después, el libro El alma desnuda (Impronta Editorial) de la lombarda Antonia Pozzi (Milán, 1912 – 1938), tal vez por ese azar que a veces nos dispensa el cariño, llegó hasta mis manos uno de estos días atrás. La traducción es de la poeta Herme G. Donis. El amigo del regalo es el poeta Xosé Bolado. Y una vez más, como escribió Stéphane Mallarmé, una tirada de dados jamás abolirá el azar.

Les dejo con un poema de Herme G. Donis y otro de Antonia Pozzi. ¿Adivinan cuál pertenece a cada una de ellas? La solución la tienen pulsando AQUÍ.

CANCIÓN DE MI DESNUDEZ

Mírame: estoy desnuda. Desde la inquieta
languidez de mis cabellos
a la tensa fragilidad de mis pies,
soy toda delgadez extrema
recubierta de un color marfil.
Mira: pálida es mi carne.
Se diría que la sangre no fluye.
El rojo no aflora. Solo una exangüe
pincelada azul se difumina por el pecho.
Mira mi vientre hundido. Incierta
es la curva de mis caderas, pero las rodillas,
los tobillos y todas las articulaciones
son delgados y firmes como los de un purasangre.
Hoy me arqueo desnuda en la claridad
del blanco baño. Mañana, si alguien me toma,
me arquearé desnuda sobre el lecho.
Y algún día, cuando la muerte me llame,
estaré bajo la tierra
tendida boca arriba,
desnuda, sola.

CUANDO PASEN LOS AÑOS

Cuando pasen los años
aún más deprisa,
y estas tardes que incendias con tus versos
se enfríen de conjuros y propósitos de gloria,
qué vano será añorar
tan efímero empeño de grandeza,
tanta lucha por marcar,
a duro golpe de existencia,
la huella indeleble de un poema,
pues, y bien lo sabes,
su rastro y tu vida
se habrán convertido en algo apenas
legible para entonces:
como esas leves señales
que quedan en las pizarras
después de ser borradas
de su negra superficie
todas las letras.