Equatoria/

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Equatoria es el segundo y estupendo volumen de la nueva era de Corto Maltés, ahora en manos del guionista Juan Díaz Canales y del dibujante Rubén Pellejero, inspirados en la obra creada por el italiano Hugo Pratt quien, a su vez, logró con las aventuras de su personaje agrandar las fronteras de la literatura y la semántica de la imaginación a miles de lectores de varias generaciones.

De la obra de Hugo Pratt dedicada a Corto Maltés se puede pensar que sus guiones no son literatura, pero sería injusto y falto de sensibilidad afirmarlo. Sin duda estamos ante una contradicción, fácilmente resoluble si aceptamos que leyendo a Corto Maltés nos situamos en ese poderoso espacio creador donde cada palabra —y también cada dibujo— se somete al sincopado universo del cómic, pero en el que nuestra soberanía como lectores se ejerce sin límite, capaces de crear toda la literatura, todas las palabras de las que por necesidad debe prescindir una historia contada en cuatro tiras por página. Será así como nuestra imaginación, con la ayuda de nuestro bagaje lector, completará a discreción tanto el texto como esa sucesión de dibujos que se tornará fotográfica, cuasi fílmica, pero siempre literaria. Leer más…

Corto Maltés: siempre de paso

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El refugiado

El otro día me senté en el sofá y encendí la TV, a la espera de que llegase mi mujer. Yendo de un canal a otro y harto de tanta mierda y tanto aburrimiento, al fin me decidí por un reportaje. Una secuencia, especialmente larga, mostraba a una mujer con su hijo encaramado a la espalda, ambos en silencio, mirando a la cámara, es decir, a mí. Creí que sus ojos grandes empezaban a hablarme y esa ilusión me hizo sentir que estaban muy cerca, a escasos metros de distancia. La narración de la periodista era tan impúdica y amarilla que mis oídos la obviaron al instante.

» Tuve un acceso de ira y, de no mediar mi mujer, hubiera empujado ese asqueroso electrodoméstico hasta el borde de la ventana.

Al fondo, el escenario no podía ser menos amable: un cielo gris con una alambrada sobre la cual la mujer —cada vez me parecía más joven y hermosa— había posado sus manos con tal delicadeza que si no fuera por la tristura de sus ojos verdes, hubiera pensado que pertenecían a La tasadora de perlas de Vermeer. Era obvio que aquel rostro cansado de quien acaba de salvar una vez más la vida, con ese mirar que había comenzado a velarse y aquel escorzo suplicante, pero ya sin esperanza, era el de una refugiada. «¿Es esto la vida?», se preguntó, preguntándome sin pestañear. Su confianza en que alguien de este mundo los acogiese era ya tan mínima que su mirada me dio la espalda antes de que el fundido de la secuencia anunciara que el programa volvía en cinco minutos. Pasó por delante de mí la imagen de mi abuela, de mi madre, de mi hermana, de una amiga, de ti. Tuve un acceso de ira y, de no mediar mi mujer, hubiera empujado ese asqueroso electrodoméstico hasta el borde de la ventana. Ella me tranquilizó: me ordenó el rostro y calmó mis palabras. Luego me invitó a sentarme y buscó el canal para ver un capítulo de una serie que estamos siguiendo. Alguien dice: «Así es. No cedemos ante el terror. Nosotros somos el terror».  Y ahí me quedé, refugiado, entre los brazos de mi mujer, mirándote.

 

Esquinas

Las primeras páginas de un buen libro suelen ofrecer pistas suficientes para saber si vas a tener que armarte emocional y/o intelectualmente ante el contenido que ofrece. Qué sé yo: Ulises de Joyce o Viaje al fin de la noche de Céline o El hombre sin atributos de Musil. Más cerca Las pirañas de Miguel Sánchez Ostiz o para muchos Volverás a Región de Juan Benet, por ejemplo. Y en el género poético llenaríamos la pared. A mí me volvió a ocurrir este verano con La quinta esquina, de Izraíl Métter, esta vez por motivos emocionales, y decidí posponer su lectura para el otoño, cuando afronto mejor que los morlacos literarios me pasen por encima dejándome el alma y la razón hechas un eccehomo. Y así, el sábado pasado, mientras los diarios y otros medios recordaban el 20N (por cierto, quincuagésimo noveno aniversario de la boda de mis padres, que en paz descansen), me senté en la terraza de un café y abrí el libro en un mínimo y privado homenaje a las víctimas de París y a todas las víctimas que fueron y que estén por venir allá donde sea. Burlé las primeras páginas sin zozobra. La experiencia es un grado. No había pasado la página 30 cuando a mi izquierda se sentaron un hombre y una mujer que debían rondar los treinta y cinco. Él, con un aire fogoso y barba de cinco días, podría ser la fantasía erótica de algunas y tal vez de muchos. En cuanto el camarero les tomó nota, empezó entre ellos un singular diálogo en un volumen muy español. Ella me pareció poco vistosa pero enseguida comprobé que de voz convincente y verbo claro. Me abstraje para seguir leyendo. Cuenta Boria, el narrador de La quinta esquina:
«Antaño los ancianos tenían una ventaja frente a los jóvenes: les parecía que ellos habían llevado una vida más limpia y correcta. Yo he perdido esa ventaja. Y los jóvenes, al hablar conmigo, me dan a entender que ahora son ellos quienes sienten envidia porque yo me he comido sus uvas. No me he comido tus uvas, joven. En vano te paseas frente a mí con los brazos en jarras…»
Me detuve para pensar en la procedencia actual de este párrafo, pero la conversación de mis vecinos abortó mi intento. Al parecer ella no era partidaria del referéndum en Cataluña. Alegaba, grosso modo, que la autonomía nunca es soberanía. Por su parte, él hablaba sin eufemismos: la constitución es contingente y la autodeterminación es la expresión de la democracia legítima. Bueno, pensé, al menos no se dirigen palabras gruesas.

» “De todas formas lo firmarás, perra. A ver, muchachos, mostradle a esta puta dónde está la quinta esquina en nuestra habitación”

Avancé en la novela de Izraíl Métter (Jarkov, Ucrania, 1909 – San Petersburgo, 1996) en compañía de esas voces tan seguras y atractivas. La novela de Métter es tan bella y sutil como deprimente, cargada de sinsabores, y de una eficacia narrativa explosiva, léxico sencillo y clara sintaxis. Más adelante dice Boria:
«Los acontecimientos históricos, o simplemente los hechos que no están coloreados por las emociones, no nos dejan huellas precisas en el recuerdo. La memoria del sentimiento es más fuerte que la memoria de la lógica. […] Y ante nuestros ojos surgió un seudónimo del tiempo: Stalin.»
La culpa, la necesidad de Boria por aclarar un pasado de delaciones y de silencios, es el motor de esta historia que puede emparentar a Métter con lo más granado de la literatura rusa sin desmerecer un ápice. El siguiente párrafo, que leí ya con el zumbido de la pareja en mi cabeza, es muy significativo:
«Arrestaron al profesor Golovánov el año 1930. A ninguna de las personas que conocía de cerca a Fiódor Ivánovich podía habérsele ocurrido que fuera culpable de algo.
Mucho más tarde, seis o siete años después, los parientes y los amigos de los arrestados aprendieron un arte terrible: el de adivinar por qué razón habían desaparecido el padre o la madre, el marido o la esposa, el hermano o la hermana.
En el desesperado deseo de justificar para sí mismo lo ocurrido, de justificarlo, no para sobrevivir sino para vivir: para ir al trabajo, educar a los hijos, comer, beber y dormir; para sonreír, amar, mirarse a los ojos, para tener esa posibilidad y el derecho a tenerla, el hombre se volvía endemoniadamente inventivo: buscaba las causas del arresto y las encontraba.
Las personas llegaban incluso a creer sinceramente en la legitimidad de la demencia que reinaba: el fanatismo es siempre más asequible que una actitud racional respecto a la realidad. Quien cree a ciegas comienza por no exigir explicaciones, y termina por no soportarlas.»
Levanté los ojos del párrafo. La pareja, enajenada en el fragor de sus palabras, ahora sí parecía acalorada . Él estaba en contra de la intervención militar, nada se nos había perdido en aquellas tierras y, como todo el mundo sabe, decía él, de aquellas guerras estos lodos. Para ella, sin embargo, era necesario que entendiera el significado de esta aberración religiosa que no iba a desentenderse de nadie y que hacía del mundo un lugar más peligroso y más inhumano, con los bárbaros instalados en nuestros territorios y con nuestros pasaportes, pero con el alma enferma del ISIS y la cabeza llena de estupideces como los protagonistas del film Four Lions. Son ellos, continuó ella lanzada, los que flagelan, desmiembran, cuelgan, empujan al vacío, violan, lapidan y decapitan. Hice un esfuerzo y me zambullí de nuevo en las desventuras de Boria. Y digo desventuras porque hay en el libro una suerte de poesía hechicera bullendo sobre un relato amoroso, el de Boria y Katia, que sobrecoge las entrañas y retrae hasta los dedos de los pies. Katia y Boria y su perturbador universo de enamorados. Una maravillosa locura que acaba mal, rematadamente mal, con esa imposible quinta esquina que los monstruos de la K.G.B. obligaban a buscar a los detenidos en una habitación cuadrada mientras los golpeaban. Apunta Boria:
«”De todas formas lo firmarás, perra. A ver, muchachos, mostradle a esta puta dónde está la quinta esquina en nuestra habitación”.
¿Qué hacía yo en ese momento? [se pregunta Boria] ¿Tal vez en ese momento, cuando ella buscaba la quinta esquina en una habitación cuadrada, yo estuviera riendo en algún lugar?»
Y cuando la lectura me reclamaba un merecido descanso, una tregua emocional, un intercambio de gritos me espabiló. Levanté la mirada. El hombre la señaló con el dedo y sentenció: «¡Vuestras guerras, nuestros muertos!» Un resorte la levantó de la silla y ella con una sonrisa tranquila le contestó: «No, ¡vuestra tibieza, nuestro compromiso! Y se largó. Él salió tras ella, la alcanzó en la esquina y los vi besarse y abrazarse. Me recordaron a los amantes de El beso de Dosnieau y sonreí aliviado. También yo me levanté y me fui a celebrar el 20N, mientras tarareaba entre dientes Allons enfants de la Patrie / Le jour de gloire est arrivé! / Contre nous de la tyrannie: / L’étendard sanglant est levé: / Entendez-vous dans les campagnes…