DÍAS DE VERANO

Como no todo va a ser follar que cantaba Javier Krahe, a quien me unía el nombre, la glorieta de Quevedo y su gusto por el ajedrez, o hablar de Grecia y los granujas de uno y otro lado que antes terroristas pero ahora otra vez tan fraternales y europeístas, o las despedidas lacrimosas de los ídolos caídos que a todo lo alto volaron, yo me voy a dar la misa a otro pago; porque no todo va a ser follar, sí señor, hay noches que es mejor tirar la piedra y no hacer nada y a los dioses que les den y, además, porque días llegarán para poner la rosa, la gaviota o el naranjito a remojar y días y más días para que los pitufos vanidosos de Podemos y los pitufos gruñones comunistas sigan a la pata coja en el centro de la pista ¡ay qué risa, tía Felisa!, yo me voy a tomar el viento; porque no todo va a ser follar, qué narices, habrá que beber y comer y cantar y luego andar por el camino y susurrarle a mi mujer versos salteados y calentitos, no vaya a ser que se le acabe la paciencia y llame enseguida a mi vecino y yo me quede aquí como un gilipollas, o leer junto a la fuente, aspirar las esporas del bosque y alucinar y descansar y sobre todo disfrutar los amigos de los viernes, los poetas de los lunes y la familia cada miércoles, que los martes, jueves y domingos son fiestas de guardar y el sábado, como todo el mundo sabe, qué caray, es para… ¡vaya, vaya, ya no me acuerdo! ¡Voy a tener que ir pensando en cambiar de oficio!

Familia

Tengo una sobrina de pocos años de edad, muy lectora y con algunos apuntes literarios a sus espaldas que el otro día me confesó cómo desde una de esas plataformas digitales de Internet —que dicho sea al paso ya maneja con la misma soltura que un tahúr las cartas de una baraja—, entra en este espacio cada vez que publico un artículo y pulsa, supongo que con una indulgencia infinita, el símbolo correspondiente en señal de aprobación. Me preocupé, pero ella, con su inteligencia precoz, enseguida me liberó de mi pesar. Desde esa sinceridad irresponsable y pavorosamente desinhibida que define a estos seres aún incólumes, también me dijo que no pasaba de leer más allá de la segunda línea, como mucho la tercera, pues le resultaba un rollo lo que leía. Sonreí, respiré aliviado y de inmediato pensé en la inquietante y exclusiva aventura literaria que le queda por vivir si logra franquear los obstáculos y fronteras para disfrutar, después de las lecturas preparatorias de su tiempo y edad, con todos esos autores que la sumergirán no sólo en las dudas y certezas de la vida, sino en uno de los placeres más acabados de la creación humana: el arte de leer. Pensé en Homero y en Virgilio, en Dante y Chaucer, en Shakespeare y Cervantes, en Montaigne, en Milton, en Goethe, en Jane Austen y Emily Dickinson, en Tolstói y también en Ibsen, en Kafka, en Proust, en Virginia Woolf y en no sé cuántas docenas más, todos ellos con la marca garantizada de aquello que otro de los elegidos, Charles Baudelaire, denominó «la dignidad estética». Esta marca no es otra cosa que ese espacio canónico —un espacio de autoridad estética— al que todos los escritores y lectores estamos obligados a frecuentar para compararnos con la tradición, el único lugar de referencia con el que medir nuestro conocimiento y nuestra huella.

» Leer es recibir la fuerza y el poder estético para construirnos y aprender a hablar de nosotros mismos, a soportarnos y, tal vez, en algunos casos, a soportar a los demás.

Esta excelencia de la literatura (que nada tiene que ver con listas eruditas ni catálogos interesados) no invalida ningún otro placer derivado de la escritura. El sólo hecho de leer no nos hará mejores ni peores, pero la lectura profunda de determinadas obras suele ayudarnos a ser más conscientes del significado vital de palabras tan usadas y pervertidas como son el amor, la amistad, la ambición, la vida, la guerra, la rectitud, la honradez o la libertad. Sin embargo, estos significados sólo estarán al alcance de quienes deseen abrazar el lujo de pensar por sí mismos, individualmente, ya sea en compañía del solipsismo de Hamlet o con los sugerentes y amistosos diálogos entre Don Quijote y Sancho Panza. El camino no es fácil, el trabajo es arduo y la recompensa suele tardar en llegar. Al fin, leer con alguna intención más que el mero disfrute —como recuerda Harold Bloom y como sucede con cualquier otro arte — es recibir la fuerza y el poder estético para construirnos y aprender a hablar de nosotros mismos, a soportarnos y, tal vez, en algunos casos, a soportar a los demás.

No sé si algún día mi sobrina querrá leer hasta el final alguno de estos artículos diseminados en este proceloso magma de bits, pero haré lo imposible para que los libros y sus autores, que forman parte de mi familia, lo sean también de la suya. Esta tarde iré a la librería y le compraré un libro. Quién sabe, tal vez algún día ella me regale un beso, una rosa y su primer libro.