Trenes

Cuando era pequeño, durante los veranos en casa de mi abuela, el pitido del expreso de medianoche marcaba la hora de los sueños. Ahí se entremezclaban con los humos, los vapores y mil historias más. A la mañana siguiente, siguiendo los raíles de la vía, varios amigos íbamos camino de la estación. El juego consistía en mirar, en ver e imaginar. Las locomotoras paraban y bufaban como paquidermos antediluvianos, sudorosos. Mis ojos de chaval escrutaban a los estraperlistas que mi abuela me había enseñado a esquivar, o a esas mujeres que partían para alcanzar un futuro en Madrid y luego dios sabe adónde. Y también a hombres rudos y afilados, que se bebían el último trago en la cantina antes de partir con un Celtas, un Ducados o un Yuste amarrado a los labios. El gabán al hombro. No recuerdo demasiadas sonrisas. Tal vez las de algún seminarista progre. Pero lo que más recuerdo son mujeres cargadas de maletas con el pañuelo en la cabeza, quintos famélicos y señores de bigote fino, atildados o zalameros. No sé bien por qué. A veces temo que mi mirada esté saboteando la realidad de aquel pasado y la verdad fuera que no hubiera tantas mujeres con el pañuelo en la cabeza ni que los quintos estuvieran tan hambrientos. Y quizás aquellos delgados bigotes sólo fueran una moda que emulaba a los galanes cinematográficos de la época. De lo que sí me acuerdo con nitidez es de ese beso arqueado que dejó a aquella mujer pelirroja mirando cómo el tren se perdía en un cielo bajo de nubes.

Quiero apoyar a los extremeños que mañana se van a manifestar en la Plaza de España en Madrid para que el tren del siglo XXI llegue dignamente, y de una vez por todas, a su Comunidad.

Un día de finales de invierno, mi abuela me acompañó de vuelta a la casa de mis padres. ¡Cómo no recordar aquella luz casi oxidada de los compartimentos! Segunda clase. Ocho personas en cada uno. Había fotografías de lugares colgadas bajo el portaequipajes que invitaban a soñar. El humo del tabaco omnipresente. Conversaciones entrecruzadas, problemas de familia, anhelos profesionales, largas horas de viaje, confesiones, la comida ofrecida y en ocasiones bendecida. Mi abuela me dejó salir al pasillo y me puse a mirar por la ventanilla. A veces reconocía mi rostro en el cristal. Una mujer joven me acarició el pelo y pasó de largo junto a un hombre. La seguí con la mirada. Ella se volteó y me miró radiante. No supe qué pensar. Oí sus risas a lo lejos. Años más tarde, en un viaje en tren entre Budapest y Viena, lo comprendí casi todo. Se llamaba Maria Pezlö y tenía unas uñas exquisitas: me dejó un rasguño en los labios y un par de heridas en el alma. Y también años después el tren fue un lugar donde sosegar el viaje y los días, donde pensar y trabajar. Recuerdo mis primeros viajes del AVE entre Sevilla y Madrid. La gente todavía iba callada, disfrutando la música del silencio a una velocidad rayana en los 300 kilómetros por hora. Ahora nos hemos acostumbrado e imperan el ruido y la exasperación: las voces altas, los teléfonos descontrolados, los permisivos padres con su tropa, toda esa mala educación. Pero a pesar de todo, el tren es conexión y progreso y, a diferencia del automóvil o el avión, todavía es un remanso de paz donde mantener una lúcida conversación, trabajar, leer un libro o ver un paisaje que de otra forma nos estaría vedado.

Les cuento todo esto porque quiero apoyar a todos los extremeños —y pienso también en la gente de Asturias, de Murcia y de otras tierras de España— que mañana van a manifestarse en Madrid con el fin de que el tren llegue de una vez por todas en condiciones dignas a esa comunidad. Me cuenta José Luis Quintana, el alcalde de Don Benito, que lo mejor de todo ha sido la cantidad de personas que se han movilizado y que se han conjurado para seguir haciéndolo después. Para que el tren del siglo XIX duerma ya tranquilo y podamos ver en Extremadura esas aves del siglo XXI volando rasas y veloces, trayendo y llevando el trabajo y el comercio, la industria y la cultura y más que nunca, todos los sueños.

 

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Catatonia

Dejé Trieste con una cortina de agua que caía enrabietada, intercalándose con unos rayos de sol cegadores que hicieron de mi despedida algo hipnótico, inolvidable. El tren salió a su hora, paró en Duino y llegó a la estación de Santa Luzia a tiempo de trasladarme al aeropuerto Marco Polo para tomar el avión que me dejó muy cerca de Oviedo. Todo ello en poco más de seis horas. Ya en casa pensé, entre otras cosas, en el tiempo que me hubiese llevado semejante periplo hace uno o dos siglos. El apunte es obvio pero no baladí. Sirve para recordarnos que estamos en el siglo XXI y que, en algunos asuntos, somos las primeras generaciones que vivimos habiendo alcanzado el futuro.

Pero vayamos al meollo, porque a cada viaje le sienta bien su reposo, una distancia de silencio para aquilatar los recuerdos y que acaso sirva para brindarnos alguna certidumbre. Siquiera en estos días en el que una minoría de españoles de Cataluña —cuantitativamente merecedores de ser tenidos en cuenta a los efectos oportunos por el Estado español, tal y como siempre se hace en cualquier país civilizado de la Unión Europea—, nos arroja al resto de bienhumorados y pacientes ciudadanos su mezquindad, su retahíla de impúdicos agravios y ese íntimo y feroz odio indisimulado tras esos vídeos de propaganda nacionalpopulista, mensajes virulentos y manifestaciones que ellos, tan históricamente eufemísticos, denominan «pacíficas». Por lo visto, cada cierto tiempo su particular geografía y su clima son implacables con sus habitantes y, al igual que ayer, se sienten urgidos a liarse la república, la nación o lo que sea menester a la cabeza con tal de que su lengua bífida —y su bolsillo— no se oxide.

Catatonia, república de lo telúrico y lo celestial, de lo cateto y lo tabernario, del calçot y la teta.

No hablo solamente de los políticos profesionales o de paso, instigadores de un proceso reaccionario y golpista contra la soberanía del pueblo español y sus derechos fundamentales. No. Hablo de los ciudadanos mejor formados que disfrutan por su mérito y situación de un acceso privilegiado a la información y están, por tanto, en condiciones de mantener una actitud crítica ante los hechos y acontecimientos presentes y pasados. Para nuestra desgracia, pareciera que estos no viajaran, que no tuvieran acceso a la realidad, que desconocieran los problemas y los padecimientos cotidianos de sus compatriotas y que, fruto de esa ignorancia, hayan acabado por ausentarse de la vida de los demás tal si hubieran sufrido un ataque de rigidez y estupor mental: la catatonia de la Catalonia y el hallazgo no me corresponde. Se asemejan a esa Kakania, el reino de la kaka, que plasmara y satirizara notablemente Robert Musil: esa apoplejía austrohúngara que deseaba mantener el Kaiserlich und Königlich (imperial y real) sin más recursos que aquel Asserviert, “a la espera de nuevas consideraciones”, que acababa escrito en forma abreviada —Ass— en cualquier informe oficial. Pero la actualidad de esta catatónica Cataluña es menos literaria y más abyecta, herida de desafectos e hipocondrías endémicas, que al igual que Zeno, el personaje del triestino Italo Svevo, padece una malade imaginaire mucho peor que una enfermedad real porque es de todo punto de vista incurable. Y así estamos hoy, tristes y cansados, esperando una mejora en la enfermedad de esta Catatonia, república de lo telúrico y lo celestial, de lo cateto y lo tabernario, del calçot y la teta.

Pero yo hablaba de Trieste, ciudad ambigua y subrepticia, de estratos italianos, alemanes, austriacos, húngaros o eslovenos, kársticos y mediterráneos… que precisamente me recibió en la Plaza de la Bolsa con el SLOFEST, un festival esloveno en el que la empresa, la cultura, las mujeres y el comercio de los propios eslovenos de la ciudad y sus alrededores son protagonistas durante unos días para continuar proactivos en el entramado socioeconómico y cultural triestino, sin renunciar a su pasado,

Hay viajes que acaban en la derrota y la esterilidad como este que conduce a la separación y al que nos han llevado un puñado de kamikazes fracasados.

conquistando un futuro compartido, sin pisar al vecino. Porque ya han aprendido que nunca más sobrará nadie y que juntos, con el resto de comunidades, serán no sólo más fuertes, sino una sociedad con mejores ciudadanos: europeos, por supuesto. Han aprendido que el viaje no puede seguir siendo circular, centrípeto y conservador, sino un viaje continuado hacia la inquietud, lo centrífugo y progresista. Un viaje que cruza fronteras para amarlas sin convertirlas en sagradas, porque viajar es «también descubrir que siempre se está en el otro lado», como aclara Claudio Magris aludiendo al viajero que aniquila las identidades integrales para alcanzar la identidad del futuro: multiseminal y poliédrica, contingente y variable.

Hoy Trieste mira al mundo, inmersa en una Europa que ayuda a construir, mirando a sus vecinos como iguales. En cambio, esa multitud catalana, representantes de la rauxa, se mira el ombligo y gime y lagrimea como plañidera mientras urde cómo ensanchar sus privilegios, saboteando a millones de ciudadanos españoles y europeos que creyeron en Cataluña como la tierra prometida de la vanguardia económica, social y cultural, espejo en el que mirarnos. Hoy la miramos defraudados. Les ha vencido el remolino de unas ideas decimonónicas agitadas por un batiburrillo de brokers sectarios que manipulan las emociones de los ciudadanos comprando y vendiendo sentimientos sin importarles nada que no sea su propio interés. Y es que también hay viajes que acaban en la derrota y la esterilidad como este que conduce a la separación y al que nos han llevado un puñado de kamikazes fracasados, cortos de visión política, abandonados en su indigencia moral y apoyados por los mismos de siempre. Es a Trieste donde debes viajar, Ulises. El siglo XXI te espera.