Un mal día

Confieso que no me gustan demasiado esos días dedicados a concienciarnos, a denunciar o a celebrar cualquier asunto. Recordatorios que en la mayoría de los casos pasan sin pena ni gloria y que, como mucho, sirven para blanquear nuestra hipocresía rampante o simplemente para poner negro sobre blanco nuestras carencias y contradicciones. En realidad, creo que tanto los temas que nos preocupan como los que celebramos debemos tenerlos presentes las veinticuatro horas del día, todos los días del año. Y por eso el asunto de ayer era un día que hacía mío, porque estoy convencido de que mi participación —como la de cualquier hombre que se precie de tal— para conseguir la igualdad entre mujeres y hombres es necesaria y contribuye a un mundo no sólo mejor moralmente, sino también social, económica y culturalmente. Así que llamé a unas cuantas amigas, escribí sendos mensajes a las mujeres de mi familia, pergeñé estas líneas sin conocer todavía lo que el día iba a depararme y hablé con una mujer que lo está pasando realmente mal. También preparé la comida, como todos los días, para mi mujer y para mí. Tenemos repartidas las tareas domésticas según las habilidades y competencia de cada cual y sólo al cincuenta por ciento aquellas que nos desagradan a ambos o en las que nos desenvolvemos como auténticos ineptos. No llegué a tiempo para poder regalarle esas mimosas tan coloridas que florecen en el declive invernal, pero a cambio compré el mejor pastel de chocolate de la ciudad. El día era propicio y al atardecer salimos a pasear. Luego compartimos una copa de vino, comentamos las principales jugadas de la jornada, reímos con esas pequeñas complicidades que nadie entendería y regresamos a casa. En fin, uno de esos días donde la costumbre acaba por iluminarnos por dentro, como el sol a Teresa de Ávila. Pero todo se torció cuando vi las imágenes captadas por una cámara de seguridad en Benidorm, en las que se ve cómo un joven de 26 años agrede brutalmente a una joven de 17 años: la violencia era todavía más repulsiva cuando comprobé que la chica, después de la agresión, salía componiéndose el vestido tras los pasos de aquel. De nuevo, otra vez, una vez más, era a mi mujer, a las mujeres de mi familia, a las mujeres que más aprecio, a todas y cada una de las mujeres de mis amigos y de mis enemigos a quienes volvían a agredir. Otra vez. Sí, otra maldita vez. Incluso ahora mismo, mientras yo escribo o usted lee estas líneas, cuando algún descerebrado, un descerebrado al que usted y yo quizá conozcamos, esté humillando, golpeando, acuchillando o disparando en cualquier lugar del mundo a una mujer. Esto es también a lo que yo suelo llamar «tener un mal día».

La mal amada
Si algún día pronuncias mi nombre
junto al tuyo, en tu vientre de hiena
crecerá el hielo y la gangrena
en tu huérfana palabra de hombre.

Y si alguna vez tu mano me toca
ojalá que una negra esquela
se te pegue como una sanguijuela
en el cielo y el cuerpo de tu boca.

De tu voz llega un ruido de guadaña
y a gritos, a golpes y desprecio
eres hiel incluso para un gusano.

Que tu vida se desangre en vano
como una herida sin valor ni precio,

que la mía huya al fin de tu calaña.

© Javier LASHERAS, de El cielo desnudo.