La decisión

Que alguien le envió una rosa, me dijo mientras compartíamos un Palo cortado en la Alameda de Hércules. Bien es cierto que una rosa virtual, inodora, básica, tipo emoticono. No supo si aquello era un guiño o bien respondía a esa hermosa tradición arraigada en Cataluña durante la fiesta de San Jorge. El asunto fue que, no teniendo a mano un libro virtual que ofrecerle, le agradeció el detalle enviándole otra rosa y comunicándole, aún no sabía a santo de qué, su decisión de tomarse un par de años para volver la vista hacia esos clásicos que ni el tiempo ha logrado enterrar o bien, a aquellos otros libros que algún editor, en su infinita indulgencia, suele rescatar del olvido.

»Volvió a sentir lo que ni el fútbol ni el trabajo

ni internet jamás le habían dado.

La decisión, siguió contándome, no llegó porque se hubiera saturado leyendo las nuevas propuestas o porque pensara que, en realidad, desde el punto de vista literario, todavía seguimos braceando, y buceando, por el siglo veinte a falta de que llegue el nuevo Proust (liquidador del diecinueve y padrino del veinte), otro Kafka, un Joyce, un Faulkner o siquiera un Borges tal vez. Tan sólo ocurrió que pasando el dedo por los lomos de la librería se encontró inesperadamente con Thomas de Quincey y su delicioso Los últimos días de Emmanuel Kant. No muy lejos estaba vertical y delicadamente reposando El mandarín de Eça de Queiroz y unos cuantos centímetros más allá los Cuentos de Edgar Allan Poe. Recordó, ¡cuánto tiempo hacía ya!, los sólidos y pausados momentos de aquellas lecturas y entonces percibió en la yema de su dedo un cálido hormigueo que comenzó a calentar su brazo, trepó hasta el cuello por su hombro y se introdujo por los poros de la nuca hasta llegar a algún lugar del cerebro en donde sus neuronas enloquecieron de placer. De repente, aquellos días felices se elevaron ante él, imponentes edificios de una belleza exultante, y un caleidoscopio de paisajes y personajes fueron apareciendo ante sus ojos, entreverándose unos con otros: de Luz de agosto a Dr. Jekyll y Mr. Hyde; de Madame Bovary a Moby Dick o de Los demonios a Región. No supo darme razón del tiempo que estuvo viendo la danza de aquellos seres y volúmenes que aparecían por todos los flancos a su alrededor como chispas súbitas iluminando el universo. Por unos instantes permaneció aturdido, creyó que le faltaba el aire y temió desvanecerse como si el síndrome de Stendahl le hubiera golpeado a traición. Y aunque notó que el corazón se desbocaba, lejos estaba él de este viajero que un día a la salida de la Basílica de la Santa Cruz, en Florencia, sintió que la vida estaba agotada, caminando con miedo a caerse. Nada de eso. Cuando hubo recuperado la consciencia, ya sólo quiso volver a sentir aquella emoción de los dieciocho, de los veinte o incluso de los treinta años, cuando los libros eran la medida de casi todas las cosas. Esos libros que, junto al amor, le salvaron de convertirse en «el agraz atormentado que no encuentra aliento ni lugar en donde reposar su mala ventura».

Y, colorín colorado, así fue como decidió volver a sentir lo que hace ya mucho tiempo no sentía y que ni el fútbol ni el trabajo ni internet jamás le habían proporcionado. Lo mismo que sintió un día no muy lejano cuando al pedir un café en el Horno San Buenaventura, se encontró en el mostrador con aquellas magdalenas estrechas y alargadas, cubiertas por una delgada capa de praliné de chocolate glaseado. Al menos hacía cuarenta años que no había vuelto a probar una. Retiró el envoltorio, la mojó con la liturgia de un condenado y, tras darle el primer bocado, en su mente estalló todo el imperio lejano de su infancia.

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