Yo y el otro

El sábado, percibiendo la temporada otoño-invierno que se nos viene encima, salí a ver la parte marítima o acuática del mundo, como decía Ismael en Moby Dick, la novela mítica de Herman Melville. Es mi forma de mandar al infierno el tedio, esa telilla pegajosa que de lunes a viernes teje nocturna y alevosa la ciudad sobre nosotros. Y en una pequeña librería de una ciudad ovillada ante el mar, donde habitan ciudadanos a los que también se les nota esa telilla pegajosa que blablablá, compré Bajo el sol de medianoche, un buen título para la última aventura de Corto Maltés, el personaje ya clásico creado por Hugo Pratt, pero esta vez escrita y dibujada por dos españoles, Rubén Pellejero y Juan Díaz Canales. Luego caminé sin más gloria que saberme un paseante anónimo, nómada en el laberinto del capricho hasta que encontré un café con ínfulas vienesas y con la televisión apagada que me congratuló con el día y algunos de mis semejantes. La camarera era una mujer todavía delineada con brío y un jersey morado muy a juego con el rubor de sus mejillas y el candor de sus labios, con un sólo pendiente a lo bucanero, un arete en la aleta nasal izquierda y unas ojeras grises que a buen seguro no sólo delataban su cansancio sino también las condiciones laborales del laissez faire, laissez passé.

» Van a tener razón Corto Maltés y su amigo Rasputín.
Me estoy volviendo un cursi de cuidado.

Un hilo de jazz me invitó a ahormar mi cuerpo sobre una butaca, pedir un café y abandonarme a la aventura del marino corso: tardé treinta y dos minutos en verlo y leerlo, pero todavía hoy sigo disfrutándolo. Por supuesto, el trazo de Rubén Pellejero no sigue a pies juntillas la mano del maestro Hugo Pratt, pero no podría decir que el guión de Juan Díaz Canales difiera de aquellos a los que nos tenía acostumbrados Pratt. Es más, si hubieran mentido diciendo que habían encontrado un manuscrito inédito de Hugo Pratt, tal vez me habrían hecho dudar. En todo caso, qué delicia volver a tener otra vez entre mis manos aquel placer que jamás he abandonado desde que leyera en mi juventud La balada del mar salado. Supongo que a aquellas lecturas de Corto Maltés debo mi querencia al viaje, a ese estado transgresor de la costumbre, a ser el anónimo viajero hedonista que observa nunca indiferente ante el abuso o la injusticia. Y veo en el maltés a ese otro yo que nunca seré, que me habría gustado ser y que sin embargo nunca he dejado de ser: «Yo soy dos y estoy en cada uno de los dos por completo», que decía San Agustín. Y es que, casi sin darme cuenta, ha sido este otro yo el ser que siempre ha aparecido en los momentos más importantes de mi vida, cuando he necesitado de la determinación o del arrojo en su punto de temeridad. Confieso que los héroes y los antihéroes de mis lecturas privadas me «maleducaron» mucho más y mejor que las admoniciones paternas, las reglas educativas y los reglamentos estamentales. Acometer la lectura de determinados clásicos durante la adolescencia y la primera juventud es un acto que suele determinar la claridad y la musculatura de nuestro gusto artístico, la capacidad crítica con el mundo que nos rodea y la duda metódica con nuestro mundo interior: qué mejor camino para aprender a reírse de uno mismo. Recuerden conmigo y sigan la lista cada cual por su cuenta: La isla del tesoro (R. L. Stevenson), Las aventuras de Tom Sawyer (M. Twain) Viaje al centro de la tierra, Miguel Strogoff (J. Verne)…

» Veo en el maltés a ese otro yo que nunca seré,
que me habría gustado ser
y que sin embargo nunca he dejado de ser

Y cuando pedí la nota, tras abandonarme por entre las viñetas junto a Corto Maltés, caminando por los parajes del Yukón y casi de la mano de su amigo el escritor Jack London, ya habían pasado dos horas. La camarera me trajo el cambio y de pie, con una voz infantil y rota, me dijo «Ya no te acuerdas de mí, ¿verdad?». La miré a los ojos. Azules y casi tan negros como mis recuerdos. «Soy Marta… de la Facultad…». En ese instante entró una familia con los gritos molestos y alegres de los niños amenazando a mi alrededor. Marta les atendió y yo me fui no sin antes volverme hacia ella y mirarla por última vez, con una sonrisa inútil, levantando la mano no sé si en señal de hasta pronto o como un epitafio de despedida. ¿Ciudades?, ¿aventuras?, ¿lecturas?, ¿el pasado que se va borrando…? Van a tener razón Corto Maltés y su amigo Rasputín. Me estoy volviendo un cursi de cuidado.¡Ah, drizzly November in my soul! [*], que ya dijera Ismael.

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* «Whenever I find myself growing grim about the mouth; whenever it is a damp, drizzly November in my soul..
Moby Dick, de Herman Melville
«Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un noviembre húmedo y lluvioso.» [Traducción de Miguel Garci-Gómez]

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