Editor

El otro día me cité en un restaurante con un editor, pero en el último instante me dejó tirado y de repente me encontré perdido por las calles sucias de la capital, sin saber qué hacer. Por fortuna el otoño ha vuelto con su soleado ámbar de terciopelo y el asfalto de Madrid se deja andar, aunque puestos a elegir prefiero el de Sevilla, el de Gijón o el de Lisboa antes que ése o el de Barcelona. Varias calles después, me tomo un aperitivo y un bocado ligero, dando por terminado el almuerzo. Luego me adentro en un café donde ni siquiera hay síntomas de que por allí pulule el alma del camarero y me pongo a leer las últimas páginas de Todo lo que hay, de James Salter. Acerca de su protagonista, el editor y ex marine Philip Bowman, dice: «Comprar la casa había supuesto un pago al contado de cincuenta y cinco mil dólares, y por suerte había conseguido reunirlos. Nunca le había preocupado mucho el dinero. Ganaba treinta y cinco mil dólares al año, sin contar comidas de trabajo y cenas que siempre cargaba a la cuenta de la empresa. El apartamento era de renta limitada, así que pagaba por él la mitad de lo que en realidad habría costado. Dos veces al año le pagaban un viaje a Europa y a veces también iba gratis a otros lugares, Chicago, Los Ángeles. Su vida, en casi todos los aspectos, era muy agradable». Alzo la vista y miro por la ventana. La gente de septiembre ha olvidado ya los pasos tranquilos del verano y corren como gamos atentos a la ortopedia de su móvil.

»Son tiempos difíciles para las cosas que aspiran a ser definitivas. 

Unas hojas más adelante leo que Philip Bowman le dice a una mujer con la que acaba de comer: «No, no. Yo invito. Los editores siempre invitan a los almuerzos». Muy cierto, me digo. Poco después un mensaje del editor interrumpe mi lectura. Me cuenta que ya ha terminado sus reuniones y sus urgencias y que ya podemos vernos. Acepto. Me cita en una coctelería, pero todavía tengo algo de tiempo para seguir leyendo. Ahora Bowman habla con Katherine, su penúltima conquista. Ésta le pregunta si no se ha planteado escribir, a lo que él responde: «No. Como editor tienes que hacer justo lo contrario. Debes abrirte a la escritura ajena, y eso no es lo mismo. Podría escribir. De hecho, al principio quería ser periodista. Redacto los textos de las cubiertas, pero nada de auténtico mérito. Para eso necesitas cerrarte a la obra de los demás.» Salgo a la luz azul de la tarde. Es una luz madura: hace que las cosas sean más relevantes, más sensuales, menos ásperas. Tomo un taxi. El conductor es un tipo joven con gafas, despeinado, sin afeitar. Le doy la dirección, acelera y después sube el volumen: escucha Disco Grande en RNE3. Es obvio que no desea conversación y yo se lo agradezco en silencio. La coctelería es uno de esos locales nuevos donde las camareras jóvenes te enseñan toda su vertical generosidad para hacerte creer que a una mirada tuya se irían contigo. Sin duda, la ilusión está incluida en el precio de la copa.

» Todo lo que hay, de J. Salter, se dirime en los detalles, como nuestras vidas, como nosotros.

El editor me espera en la barra. Es un tipo alto y culto sin llegar a la impostura, un cuarentañero que todavía fuma; tiene una conversación notable, muy british, y sus ojos ya han adquirido esa pátina entre obispal y zorruna de quien acaba de virar en la boya de la vida: nunca miente, lo cual significa que nunca puede decir toda la verdad. Se disculpa y nos sentamos. Las copas exudan el frío benefactor. Hablamos, hablamos y hablamos y, mostrándole el libro de Salter, le suelto lo último que leí antes de coger el taxi: «No sé si eres un buen editor o un buen lector, pero me resulta muy difícil pensar que eres las dos cosas al mismo tiempo». Se ríe. Se ríe con ganas y lo deja pasar. Por supuesto, no me lo tiene en cuenta. Luego apuramos las copas sin prisa: viajes, libros, política… Al final le leo una frase del libro: «Chéjov había dicho que hacer el amor sólo una vez al año tenía un poder tan devastador que podía equipararse al impacto de una gran experiencia religiosa, pero si se hacía más a menudo se convertía en algo tan poco trascendente como comer». Convenimos en que a veces hay que estar dispuesto a pagar determinados peajes.

Me despido de él, aunque todavía no hemos llegado a un acuerdo definitivo. Son tiempos difíciles para las cosas que aspiran a ser definitivas. Quedamos en volver a vernos. Me invitará a almorzar, dice. Ya de vuelta, en el tren de la noche, hojeo el final del libro de Salter, una obra que se la juega sobre todos en los detalles, como nuestras vidas, como nosotros. Sus últimas páginas suponen algo que ya sé por experiencia propia, pero que nunca está de más recordar: en esta vida y a una cierta edad, siempre es mejor llegar acompañado. Igual que cuando se llega a algunas ciudades, por ejemplo Venecia, que es mejor estar enamorado de la persona que te acompaña y viceversa. Doy fe. Y, por el momento, esto es todo lo que hay.

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5 pensamientos en “Editor

    • Como tú bien sabes, la verosimilitud es la alternativa peor pagada de la realidad que a su vez sólo es una invención, yo diría que delirante, de la verdad. Pero ésta es imposible, así que, vuelta a lo mismo: ficción verosímil. Por lo demás, el texto aúna, fifty-fifty, realidad y ficción. Gracias por el elogio y nos vemos pronto.

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  1. Jolín, Javier, cada vez escribes mejor. Tienes que escribir más, con editor o sin él (imposible que no lo tengas si lo has buscado en serio; en serio te digo que algunos sí saben de qué va lo bueno aunque, en general, tengan mala fama, como los críticos; de nuevo lo que, estoy seguro, sabes de sobra y simplemente te recuerdo). Aunque estés bien acompañado, ¡escribe y escribe, joder! (sé que ella sabrá disculparme).

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