Barahúnda

Como si costara poco encarar la astenia otoñal y el esfuerzo que nos piden para sacar a este país del naufragio, sobreviviendo con salarios, pensiones y prestaciones demediadas, ahora la barahúnda catalana nos hace casi imposible otear el horizonte con un western de tercera categoría por donde pululan indios, vaqueros, sabandijas e insectos, pretendiendo sobresaltar nuestra universal, reconocida y reconfortante siesta española. ¡Qué buena película harían los hermanos Trueba si a ello se pusieran! Contarían con ayudas de la Unión Europea, del Ministerio, de la Generalitat y hasta de la Xunta de Galicia si fueran capaces de traer a cuento al matamoros. Hasta yo haría una aportación a través de un crowdfunding ¡Ah!, que alguno de ellos no se siente español. Y eso qué más da: desde hoy hago saber a todo el reino que no sólo en Cataluña ha existido la «clerecía». Ésta siempre es variopinta y florece por doquier. Y, además, tampoco yo me he sentido reflejado con su filmografía y no por ello voy a ser tan miserable como para negarle el pan y la sal, léase dura lex sed lex. Al cabo, una de las características más profundamente españolas y cada vez más arraigada entre los españoles, como me comentaba un buen amigo en Brujas, es no sentirse español.

» Desde hoy hago saber a todo el reino que no sólo en Cataluña existe la «clerecía»

Vale, incluso ese nihilismo está amparado bajo la Constitución española, cosa que, observada con objetividad y mirando hacia atrás, no es moco de pavo y sería suficiente para sentirse español por unos instantes, unos cinco minutos más o menos, aunque sólo fuese por solidaridad con quienes lucharon desde tan diferentes posiciones ideológicas para que ciudadanos como Trueba pudieran expresarse a su modo. Pero una cosa es no sentirse y otra muy distinta es no serlo. Hasta Mas con sus butifarras, Iceta con sus caderas o Rajoy con su empanada lo son. Y Trueba ni te cuento. De otro lado, una cosa es la ignorancia sobre qué cosa es la patria y los patriotas y otra la patria de la ignorancia, producto de la abundancia emocional y melancólica del romanticismo que exuda la historia de las regiones de España (léase a Josep Fontana, por ejemplo, y hágase cruces o flexiones con los brazos según sea usted creyente o ateo), untándonos día sí y noche también con sus deudas históricas, sus cuentos mesiánicos y sus inconsistencias de adolescentes mal criados. ¡Qué hartazgo! Con lo rica que estaba la escudella y ya me empieza a repetir, como a Ángel González la morcilla de su pueblo.

» Una de las características más españolas es no sentirse español

Y es que, como sigan así, las autoridades (las que sean) no tardarán en elevar la queixa catalana a la categoría de patrimonio cultural inmaterial similar a la rumba o convertirla en otra crema quemada con denominación de origen, con el dibujo de sus barras, su estrella y en el centro de la misma su caganer. A bote pronto recuerdo a un alcalde leridano durante una cena en Tomelloso, exaltando lo cuidado que estaba éste en contraposición con su pueblo, tan falto de recursos: qué tabarra, por dios santo, pero si sólo le habíamos preguntado con toda cortesía por Carmen Balcells; también a un par de poetas ilusionadas (esto debe de ser un oxímoron, pero no sé… tendré que consultarlo con Carme Forcadell) que exultantes con el proceso declamaban versos sobre la patria de Pau Claris o, sin ir muy allá, el otro día hablando con un periodista de El Vendrell, de padre valenciano, madre gallega, forofo del Español de Barcelona y del Real Madrid, mentándome a estas alturas las bichas de Fraga Iribarne sobre los catalanes. ¡Santo Cielo! ¿Nadie va a reparar en que nuestras sociedades están ya casi a las puertas del siglo XXII y estos chicos andan todavía pasándonos la cuenta sobre algo en lo que nosotros no hemos tenido nada que ver? ¡Ay! este amor tan lacaniano con el que algunos quieren obligarnos a aceptar algo que no tienen cuando ni siquiera se lo hemos solicitado. Menudos demócratas de voto en pecho. Pero no voy a engañarme: la queixa catalana es la queja española pasada por los hinojos de cada comunidad, pueblo o familia sin sonrojo ni pudor, como no podría ser de otra manera en un país antiguo al que, en cuanto se resfría y no tiene para llegar a fin de mes, sus diecisiete viejas hermanas escupen cual verduleras preguntando qué hay de lo suyo y buscando la manera de pasarte por la quilla por un quítame allá esas pajas, como cantaba Joan Manuel Serrat en Una de piratas. Y como aquí no hay espacio ni lugar para hablarles del quejío, ese sufrimiento profundo y ese dolor fundamental de la vida y del ser humano, les dejo con el texto de la canción, que no es ruido ni confusión, sino sólo un poco de lo que queda del seny de aquel Poble-Sec. O eso creo pues no sé cuál será la próxima rauxa de aquí o de allá y para colmo ya no podemos fiarnos ni de la empresa alemana.

UNA DE PIRATAS

Todos los piratas tienen
un temible bergantín,
con diez cañones por banda
y medio plano de un botín,
que enterraron a la orilla
de una playa en las Antillas.

Todos los piratas tienen
un lorito que habla en francés,
al que relatan el glosario
de una historia que no es
la que cuentan del corsario.
Ni tampoco lo contrario.

Por un quítame esas pajas te pasan por la quilla.
Pero en el fondo son unos sentimentales,
que se graban en la piel
a la reina del burdel
y se la llevan puesta a recorrer los mares.

Marchando una de piratas…
Larga vida y gloria eterna.
Para hincarles de rodillas
hay que cortarles las piernas.

Todos los piratas tienen
atropellos que aclarar,
deudas pendientes y asuntos
de los que mejor no hablar.
Se beben la vida de un trago
y se ríen con descaro.

Hasta que un día, temblando
en la popa de un velero,
la encuentran, y traicionando
la ley del filibustero,
no reclaman el rescate
y rehuyen el combate.

Cuando los piratas son hombres enamorados
de una piel que huele a jazmines, rompen promesas
con sus hermanos de ayer
y huyen al amanecer
rumbo a un puerto que aún no ha puesto precio a su cabeza.

Marchando una de piratas…
Nadie doblegó su espada
y bastó una mujer hermosa
para cortarles las alas.

No hay historia de piratas
que tenga un final feliz.
Ni ellos ni la censura
lo podían permitir.
Por la espalda, en una esquina,
gente a sueldo los asesina.

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8 pensamientos en “Barahúnda

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