Familia

Tengo una sobrina de pocos años de edad, muy lectora y con algunos apuntes literarios a sus espaldas que el otro día me confesó cómo desde una de esas plataformas digitales de Internet —que dicho sea al paso ya maneja con la misma soltura que un tahúr las cartas de una baraja—, entra en este espacio cada vez que publico un artículo y pulsa, supongo que con una indulgencia infinita, el símbolo correspondiente en señal de aprobación. Me preocupé, pero ella, con su inteligencia precoz, enseguida me liberó de mi pesar. Desde esa sinceridad irresponsable y pavorosamente desinhibida que define a estos seres aún incólumes, también me dijo que no pasaba de leer más allá de la segunda línea, como mucho la tercera, pues le resultaba un rollo lo que leía. Sonreí, respiré aliviado y de inmediato pensé en la inquietante y exclusiva aventura literaria que le queda por vivir si logra franquear los obstáculos y fronteras para disfrutar, después de las lecturas preparatorias de su tiempo y edad, con todos esos autores que la sumergirán no sólo en las dudas y certezas de la vida, sino en uno de los placeres más acabados de la creación humana: el arte de leer. Pensé en Homero y en Virgilio, en Dante y Chaucer, en Shakespeare y Cervantes, en Montaigne, en Milton, en Goethe, en Jane Austen y Emily Dickinson, en Tolstói y también en Ibsen, en Kafka, en Proust, en Virginia Woolf y en no sé cuántas docenas más, todos ellos con la marca garantizada de aquello que otro de los elegidos, Charles Baudelaire, denominó «la dignidad estética». Esta marca no es otra cosa que ese espacio canónico —un espacio de autoridad estética— al que todos los escritores y lectores estamos obligados a frecuentar para compararnos con la tradición, el único lugar de referencia con el que medir nuestro conocimiento y nuestra huella.

» Leer es recibir la fuerza y el poder estético para construirnos y aprender a hablar de nosotros mismos, a soportarnos y, tal vez, en algunos casos, a soportar a los demás.

Esta excelencia de la literatura (que nada tiene que ver con listas eruditas ni catálogos interesados) no invalida ningún otro placer derivado de la escritura. El sólo hecho de leer no nos hará mejores ni peores, pero la lectura profunda de determinadas obras suele ayudarnos a ser más conscientes del significado vital de palabras tan usadas y pervertidas como son el amor, la amistad, la ambición, la vida, la guerra, la rectitud, la honradez o la libertad. Sin embargo, estos significados sólo estarán al alcance de quienes deseen abrazar el lujo de pensar por sí mismos, individualmente, ya sea en compañía del solipsismo de Hamlet o con los sugerentes y amistosos diálogos entre Don Quijote y Sancho Panza. El camino no es fácil, el trabajo es arduo y la recompensa suele tardar en llegar. Al fin, leer con alguna intención más que el mero disfrute —como recuerda Harold Bloom y como sucede con cualquier otro arte — es recibir la fuerza y el poder estético para construirnos y aprender a hablar de nosotros mismos, a soportarnos y, tal vez, en algunos casos, a soportar a los demás.

No sé si algún día mi sobrina querrá leer hasta el final alguno de estos artículos diseminados en este proceloso magma de bits, pero haré lo imposible para que los libros y sus autores, que forman parte de mi familia, lo sean también de la suya. Esta tarde iré a la librería y le compraré un libro. Quién sabe, tal vez algún día ella me regale un beso, una rosa y su primer libro.

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Un pensamiento en “Familia

  1. Bonita y entrañable entrada. Excelente la frase de Harold Bloom.
    En todo este tema de la familia, independientemente de que los miembros jóvenes de la misma lean más o menos, más precoz o tardíamente, siempre me queda como una sensación de despedida, una indefinible tristeza ante el hecho de ver que a menudo los libros que para nosotros son pilares fundamentales, para ellos son un rollo. Sí, a edades tempranas es prematuro aventurar cuales serán los gustos, pero me consta que a edades adultas no siempre hay afinidad en los gustos(cosa perfectamente comprensible). Y aquellas lecturas que nos parecen sublimes, se convierten en una especie de cementerio de elefantes, entendido no en la versión clásica que las películas antiguas reflejan, un lugar escondido, difícil de localizar, pero que ofrece la promesa de una riqueza en marfil. No, no es en ese sentido, este es un cementerio olvidado que nadie quiere encontrar, pero para nosotros encierra un gran tesoro también, casualmente, del color del marfil y del hueso, el de las páginas que nos dejaron huella.

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