A propósito de Charlie

Los asesinatos en la redacción de Charlie Hebdo, el perpetrado en la huída de los hermanos Kouachi y los ejecutados en el supermercado por Amedy Coulibaly suelen ser actos difícilmente evitables, pero eran actos previsibles. Lo demuestra tanto el seguimiento policial al que estuvieron sometidos los hermanos asesinos como el hecho de que hasta yo mismo imaginé y escribí para la ambientación final de mi primera novela (El amor inútil, Ed. Algaida, 2004) el París del año 2009 bajo el impacto de una masacre terrorista, y ello contando tan sólo con la información que puede disponer cualquier ciudadano medio occidental. Sin embargo, lo que nunca es previsible es la respuesta que los ciudadanos de las naciones occidentales podamos dar ante el desafío y el siniestro político-social de estos abyectos y abominables actos de terror. Al fin y al cabo, la libertad de expresión que nos alumbra nace de la aceptación y consagración del respeto a nuestras diferencias, libertad que garantiza el funcionamiento de la democracia y la participación en la esfera pública de los ciudadanos, y cuyo ejercicio sólo limitará con la sentencia judicial que pueda derivarse en cada caso en base a la legislación vigente y nunca con la de cualquier tipo de violencia.

Así, y como hemos podido leer durante estas dos semanas, las opiniones son muy variadas y van desde la apuesta inequívoca por ser Charlie (la otredad en este caso también incluye, entre otros muchos valores, la igualdad, la libertad y la fraternidad) hasta la negación más radical, sin que ello sea obstáculo para la condena casi unánime de toda la población, con excepción de los ciudadanos europeos cuya fe musulmana fanática y radical les conduce por veneros alejados de cualquier conducta razonable y que ancla sus fundamentos en creencias indigeribles y ya amortizadas por los siglos de razón —e incluso de razones religiosas— que los ciudadanos occidentales hemos construido en un proceso lento pero de cimentación sólida, irrenunciable y ya irreductible. Ahora, además de las medidas antiterroristas que los gobiernos puedan desarrollar, también es el momento de analizar las causas de la aparición de estos asesinos yihadistas. También aquí las causas y variables son innúmeras. Pero haríamos bien en detenernos en los suburbios de los barrios más desfavorecidos de Europa. Porque si bien el progreso en nuestras sociedades de libre mercado conlleva unas cuotas razonables de desigualdad, no por ello nuestros gobiernos deben hacer dejación de sus funciones y olvidarse de una integración que requiere de esfuerzos presupuestarios y de una altísima y proteica capacidad de convicción y pedagogía para atraer a los individuos más débiles proclives a la embaucadora y letal llamada de determinadas creencias y prácticas religiosas: en cada uno de ellos hiberna un arma de efectos incalculables que aún hoy se alimenta de las Torres Gemelas neoyorquinas, sajadas por las cimitarras aladas de Osama Bin Laden, y que bebe casi a diario, y no precisamente para olvidar, en la barbarie de los vídeos producidos por el Estado Islámico. Nuestras complejas sociedades actuales están preparadas para soportar cargas de desigualdad económica, social, educativa y sanitaria, entre tantas otras, mediante la aplicación de medidas paliativas de diverso orden, pero no así cuando estas desigualdades encuentran cobijo en las esquinas de una religión que posibilita no sólo el odio sino también a su hija la venganza. Ciertamente esta sensibilidad religiosa, insensible y beligerante ante el progreso humanístico occidental, no arroja números imbatibles, pero todos sabemos y en España aún más, que basta un individuo melancólico henchido de ideas flácidas, y atrincherado en un bucle de onanismo emocional, para que la violencia asesina haga estallar las costuras básicas del entendimiento y la convivencia entre los ciudadanos. Hay que actuar y la inversión económica para el desarrollo de estos banlieue repartidos por toda Europa es tan importante como la inaplazable inmersión en nuestra sociedad de aquellos ciudadanos más desfavorecidos y portadores de otras culturas y religiones ajenas y lejanas si no a la historia de Europa, sí a los valores laicos y occidentales de nuestros estados actuales.

Ante esta situación, sólo inadvertida para ciudadanos aquejados de presbicia y políticos populistas invadidos por el virus romántico del buenismo o del maquiavélico malismo, no me resulta nada extraño que Michelle Houellebecq haya tratado el tema de una posible llegada al poder de la República de un musulmán moderado. Y desconozco si el autor de Las partículas elementales o El mapa y el territorio contaba o no con la posibilidad de una coincidencia en el tiempo entre la publicación de su ficción —Sumisión— y la realidad de los atentados, aunque tampoco creo que fuese tan difícil de contemplar. Lo que no me cabe duda alguna es de la existencia de un tiempo en que los autores no podemos ser contingencia indiferente ante los hechos de barbarie que apuntan hacia la posibilidad de un derrumbe inquietante de nuestra civilización, nuestro modus vivendi y, por descontado, de nuestra cultura periodística, satírica y literaria.

De otro lado, da igual que con anterioridad otras naciones occidentales no hayan visto en el terrorismo etarra un motivo para solidarizarse con nosotros. Ello sólo es una muestra más de la ventaja con la que intenta jugar siempre el terror: nuestra división. Por eso y sin tratar de reducir este debate tan poliédrico, la cuestión fundamental no es tanto si como ciudadanos nos sentimos o no Charlie, si estamos de acuerdo o no con su línea editorial, sino en qué parte nos situamos: en la de la libertad de expresión o en la del cautiverio fanático, llámese como se llame. Porque es la libertad, nuestra libertad («por la libertad se puede y debe aventurar la vida», Don Quijote, Capítulo LVIII), lo que hoy, como siempre, está en juego. Por ella y por las víctimas del terrorismo, pulso cada letra del teclado y levanto este lápiz con el que hoy he escrito estas palabras.

Anuncios

4 pensamientos en “A propósito de Charlie

  1. gracias Javier, has perfilado totalmente los limites de libertad que por diversas causas nos quieren imponer. Me ha impresionado la parte en la que dices: religión que posibilita no sólo el odio sino también a su hija la venganza. Gracias y sigue escribiendo…

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s