Preguntas de libro

Una amable y muy atenta seguidora de este Cuaderno tranquilo me envía, por motivos que no vienen ahora al caso, este texto de Gaddis que ha copiado de su obra Gótico carpintero y que dice: «… no estoy hablando de ignorancia. Estoy hablando de estupidez. Si quieres ignorancia puedes encontrarla aquí mismo, o hace tres millones de años, eso era ignorancia, era el amanecer de la inteligencia, pero lo que tenemos ahora es un eclipse. La estupidez es el cultivo deliberado de la ignorancia, eso es lo que tenemos ahora. Y la revelación es el último refugio que encuentra la ignorancia frente a la razón. La verdad revelada es el arma que la estupidez tiene para enfrentarse a la inteligencia (…). La resurrección, la transmigración, el paraíso, el karma, todas esas malditas cosas, todo eso forma parte de la eterna tontería, toda esa tontería… Es sólo miedo. Simplemente el pánico ante la idea de no existir, así que deciden que van a encontrarse con la misma esposa y la misma familia en otra vida y todos se reúnen de nuevo el día del Juicio Final, o piensan que van a volver bajo cualquier forma, la de un perro, la de un mosquito, cualquier cosa mejor que no volver, el mismo pánico mires donde mires, cualquier fantasía delirante para darse ánimos y cuanto más inverosímil mejor, cualquier evasión de la única cosa absolutamente inevitable que hay en la vida… ¡Libros! Hacen falta libros que erosionen los valores absolutos, las verdades reveladas de los fanáticos, planteando preguntas que no se puedan contestar con firmeza»

Pues bien, aunque no estoy completamente de acuerdo con el contenido, haré caso a William Gaddis y les mencionaré cuatro libros que plantean preguntas, aunque no sé si pueden o no contestarse con firmeza.

En primer lugar, Las confesiones de un bibliófago, de Jorge Ordaz con prólogo de José Luis Melero. Se trata de una nueva edición de este obra que apareció en 1988 en Espasa Calpe -altamente valorada en el mercado- y que ahora publica tan gustosamente Pez de Plata (excelente regalo para estas fechas, por cierto). Debo decir que le he pasado la lengua varias veces a las páginas de esta edición y me han parecido tiernas y jugosas, aunque algo insípidas, y, si bien las de la edición del siglo pasado las recuerdo más sabrosas, creo advertir en mi inveterada memoria que allá por 1999, la última vez que las probé, adolecían ya de resecas texturas. En fin, como quiera que All in a book is palatable, después de la degustación y la comparación acabé disfrutando de unos calamares en su tinta. Si lo compran y se atreven con él (mastiquen bien, por favor), espero que les aproveche. La pregunta es: ¿legarían su propia piel para encuadernar un libro? Sea más concreto, por favor, exactamente ¿de qué parte de su cuerpo? Y ¿a quién legaría el libro?

En segundo lugar, una novela breve que es un cuento que hunde sus raíces en aquel hombre de la multitud de Poe, en el flaneur baudelaireano y también en la identidad y la esencia kafkianas, sólo por mencionar tres patas: Apabullante silencio extranjero, de Fernando Fonseca (¡vaya!, qué casualidad, también editada por Pez de Plata. En fin, qué le voy a hacer, pocas veces ocurren estas conjunciones planetarias). En esta obra de personajes furtivos y realidades poéticas, el lector debería acabar contestando a la siguiente cuestión: ¿Cree usted que es capaz de nombrar la verdad? ¿No? ¿Y la realidad? ¿Tampoco? Me temo que entonces sólo le queda la ficción de una máquina que le procure las palabras exactas como la que aparece en la novela de Fonseca o, de lo contrario, un apabullante silencio. Que sea extranjero, nacional o marciano ya sólo es cuestión de detalles para exquisitos. Aunque, como muchos ya saben, en los detalles es donde un autor se la juega.

En tercer lugar, Alfredo Hernández García nos regala, y yo mediante a ustedes (disponible gratuitamente en internet aquí), La venganza del objeto, publicado con primor por Luna de Abajo, una novela crítica grosso modo con la instrumentalización del mundo científico y, dicho sea al paso, con todos aquellos que hayan tenido en alguna ocasión la veleidad de creerse asentados en algún pódium cognoscitivo, aunque sólo fuese el de su orto. Pero esta segunda obra de Hernández García también aporta apuntes para reflexiones acerca de la amistad, la política, la democracia, la melancolía, el pasado —el del pesado y el de la Historia— y hasta de la muerte y el destino. Desconozco si el estilo juguetón y algo barroquizante del autor será de su gusto, pero nada mejor que comprobarlo leyéndose unas cuantas páginas antes de comprarlo. Y si al final acaba por leerlo, pregúntese como Friedrich Nietzsche en La ciencia jovial, qué es la originalidad: «Ver algo que todavía no tiene nombre, que todavía no puede ser nombrado, aunque ya esté a la vista de todo el mundo. Ahora bien, dada la habitual naturaleza de los hombres, una cosa por lo general se les hace antes visible por el nombre. —Los originales son principalmente quienes han puesto nombre a las cosas.»

Y por último, Club Lola y otros espectáculos (Liber Factory), de José Ángel Ordiz. Un libro de relatos de amor y desamor, de errores y horrores humanos en el que se inserta una novela corta, árida, dura, incorrecta, rápida, desnuda, desvestida, irritante, directa, oscura, enferma, desarmada e inválida y al cabo… tan humana. ¿O no cree que sea así, hipócrita lector? ¡Felices lecturas!

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