Grasa

Ayer asistí invitado a la presentación de El rector, de Pedro de Silva, obra teatral escrita en siete actos y que cuenta la historia del asesinato de Leopoldo Alas Argüelles, rector de la Universidad de Oviedo e hijo de Clarín. Los hechos son de sobra conocidos, pero adquieren otras consideraciones cuando el tiempo asienta la emoción y la literatura realza la atmósfera, aquilata las reflexiones e invita a las conclusiones morales que cada lector tenga a bien. Con todo, y en medio de ese aire antiguo y lóbrego que rezumaba ayer la presentación de este libro en la Biblioteca de la Universidad de Oviedo, el autor destacó una cuestión de su quehacer literario que no por obvio resulta menos importante. Pedro de Silva afirmó que el carburante de su dedicación a esta obra fue la obsesión por el atractivo de la muerte. Un atractivo irresistible ante una ejecución, un asesinato, que después de 150 páginas, resulta inexplicable y carente de toda lógica… a no ser que nos apliquemos a la lógica que aportaba en aquellos años el singular imperio de la venganza y la metódica y siniestra estrategia del miedo. Fue esa obsesión la que, según confesión de parte del autor, le llevó a ingerir un exceso de grasa que, antes de dar el texto a la imprenta, hubo de digerir y aligerar con una rigurosa dieta de corrección y puesta a punto. Desconozco si este ejercicio le resultó grato, pero sin duda habla con nitidez de la forja necesaria, del oficio y dedicación que el texto requiere para llegar a convertirse en una obra literaria. No hay mayor suerte y fuente de inspiración en un escritor que el numen constante de la corrección.

Y hablando de lípidos, en este caso de su necesaria ración para el correcto funcionamiento de nuestro intelecto, no puedo dejar pasar la ocasión para recomendar una pequeña pero deliciosa exposición que estos días se muestra en otra Biblioteca, la de Asturias, titulada Víctor Botas, veinte años después, comisariada por el crítico José Havel. Viéndola, los libros del autor y los libros de otros, los manuscritos, las fotografías y hasta los objetos particulares, he sentido la inextricable persistencia de una identidad quebrada por el tiempo pero todavía incompleta, no sé si porque me niego a aceptar lo que se ofrece o porque atisbo o deseo más interpretaciones que aporten algo más de lo ya dicho sobre la obra de Víctor Botas. Del catálogo, cuidado y elocuente, me disuenan algunas de las opiniones de sus compañeros de tertulia, en general acertadas, pero ya sabemos que a veces las consideraciones amicales suelen ser las más crueles y al tiempo las más inanes y sonrojantes. No se la pierdan y, si pueden, háganse con un catálogo. Por mi parte, y con su permiso, yo me voy al gimnasio. Últimamente estoy muy fofo.

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