Descanso

Me he ausentado unos días, unos cuantos y calurosos días, bajo un sol reparador y de justicia. Y así, alejado del ruido patrio —con desayunos minuciosos, lecturas sosegadas (la habitación llenita de turguenievs, stevensons, dostoievskis, hugos… ¡dios santo, qué criatura del cielo ha dispuesto toda esta orgía!), excursiones y paseos reconfortantes, ligeros almuerzos, siestas melancólicas y noches desnudas e inolvidables—, he logrado descansar y combatir la angustia cotidiana de un país hundido por la voracidad de las ratas y el éxito de la mediocridad. Antes de escribir esto me he mirado en el espejo, por si las moscas.

Pero regresar no es fácil: la furia de la nueva nomenklatura y sus círculos, la idiotez de los desprevenidos y el pleonasmo regional abundan y aturden por doquier. Contra ello basta recordar el bodegón de Morandi, el silencio de la abadía, los besos lúbricos de dos chicas, la lavanda y los girasoles, la arboleda de la campiña, las ruinas del templo, la fuente de Nostradamus, los pies al fresco, los ocres de Sainte Victoire y el aroma del mar, el tiempo detenido en un helado inimitable o en el útero de un calanque y, claro, la caída del sol, el cuello tentador, el primer mordisco… ¡Ah!, qué hermosas son las historias que se cuentan al calor de la noche. Lástima que el antídoto dure tan poco. Son malos tiempos para casi todo y habrá que racionarlo.

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