Qué triste Madrid

Aquí ya no importan las realezas ni la princesa, que ahora por un quítame allá esas pajas enseguida se piden un taxi, porque no sé si lo sabes, mi rey, al fin y al cabo «a mí me da igual» lo que me digas; importa todavía menos que nada la secesión y la miasma catalana de un nacionalismo presuntuoso llevado en volandas por la ufanía adolescente de una tropa atascada en la democracia asamblearia que aún no ha superado los conceptos básicos de una democracia fallona, esmerilada en la partitocracia trilera y en los arreglos y apaños más rancios; «aquí no queda sitio para nadie» decía la canción, pero eso ya no es verdad. Aquí, en Madrid, con la que ha caído y todo lo que se ha venido abajo, hay sitio para todo el mundo, sobre todo en el subway madrileño, tan vanguardia que dado el escaso número de pasajeros se ha instaurado en los vagones que llegan a la T-4 un silencio muy posmoderno, como si fueran performances existenciales con trenes fantasmales sin destino. Sí, en Madrid hay sitio de sobra y por doquier, tanto que hasta las chicas de la calle se llegan por la noche hasta la Gran Vía, y te suplican con una voz santificada como si de tanto pedir ya se hubieran quedado apagaditas. Qué triste Madrid. Quién te ha visto y quién te ve. Y eso que la tristeza tuvo su punto de gloria en décadas pasadas, pero esta tristeza, tan colectiva, a pesar de pequeñas victorias ciudadanas, se muestra abatida y no sé si también resignada. En Madrid y para defenderse de algún mal peor, mis amigos se han apoderado ya de un lenguaje más acerado, con una ironía norteña y flemática aderezada con una pizca de melancólico resabio mesetario. Don Dinero se ha marchado y la alegría se ha puesto por las nubes, convertida ya en un lujo cuasi cultural que sólo asoma en las miradas de los mochileros, los turistas y quienes tienen la fortuna de salir al encuentro de la belleza, qué se yo, el Prado, el Gastro, el ARCO o el Real, es un decir. Porque de lo demás, de eso que da calor, vida y alegría, esto es, el trabajo, la juventud, la calle y sobre todo la imaginación, no hay apenas rastro, todo se ha evaporado o ha volado lejos. Me despido en Velázquez, y antes de ser engullido por una bocana del metro, un amigo me dice que Madrid sólo volverá a la alegría si sabe inspirarse en la luz de sus cuatro estaciones. Claro, menos de la muerte, la poesía nos salva siempre. Entonces, le digo yo, habrá que empezar por borrar cuanto antes las sombras que la pudren y la gobiernan. Qué magnífico proyecto sería éste para esta gran ciudad el año que viene.

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