Esencias

Termino el año como lo empecé, es decir, leyendo. A mí me gustaría acabarlo bañándome en el Atlántico Sur, es un decir, pero el picor tendrá que esperar a mejores tiempos. Conste que yo no me quejo, pues la lectura siempre resulta un océano estimulante, consolador y terapéutico con independencia del diálogo, las ideas y emociones que uno establezca con lo leído. Y vaya por delante que no siempre ha de ser un libro. Por cierto, dos libros estupendos para regalar durante estas fiestas: Donde dejé mi alma, de Jérôme Ferrari (y no se olviden de Albert Camus) y Diabolicón, de Jorge Ordaz, delicioso Ordaz y perdón por este paréntesis. Sigo. El asunto es que el domingo pasado me zampé el dominical de El País (cosa que no hacía desde que Zapatero ganó por primera vez las elecciones) y me pareció que el suplemento estaba ex profeso escrito para mí. Me encontré con Jacqueline Bisset, la mujer de mis deseos a principios de los ochenta. Confiesa que a sus 69 años ha descubierto la amistad. No me extraña. Al pasar del tiempo la sustituí por Kim Bassinger, años después por Mónica Belucci y Charlize Theron y finalmente, como soy un realista irredento, decidí adorar a la diosa de mi casa. Luego pasé algunas páginas y me encontré con un estupendo y guasón Stephen King tan avergonzado de ser estadounidense como yo español. Conste que amo a mi país, pero la complacencia de los políticos honrados ha llegado a cotas tan inimaginables que el orto de un gorrino es más de fiar que una sola de sus palabras. Y lo peor es que, cual si de una pandemia zombi se tratase, a cada paso que doy me encuentro a más y más ciudadanos infectados. Me temo que pronto pase a mis amigos y familiares. Me comentaba el otro día Ricardo Menéndez Salmón, quien regresa a las librerías con Niños en el tiempo, que al menos los jóvenes están resistiendo a través de Internet. Es probable que una minoría sí, pero tiendo a pensar que lo que está haciendo la mayoría es entretenerse, prepararse para formar parte de ese gran ejército que será Zombilandia. Y para finalizar, veinte páginas más allá, el cocinero del bosque, Yoshihiro Narisawa, un cocinero a quien tuve el gusto de saludar hace seis meses en su restaurante de Tokio. El bosque y el mar japonés fundido con las cocinas española y francesa, la esencia y el barroco, lo sagrado y lo orgiástico, todo ello simbolizado en elementos presocráticos, muy sintoísta, regado a discreción con los vinos de uva koshu o un divino Lynsolence 2001 de Saint Emilion, entre otros registros de su magnífica bodega. Puestos a ser exquisitos y un punto gilipollas, eché de menos un panier (la primera vez que se me acercó uno fue en una mesa del Guy Savoy y casi me da un ataque de risa), pero estuvo compensado con ese pan que se coció delicada, voluptuosa y lentamente ante mis ojos. Todo un homenaje a la tradición, el talento, el esfuerzo y el savoir faire. Narisawa es especial, un paisaje moderno desde el que uno se asoma al alma primitiva de los alimentos y a la explosión poética de una de las formas más acabadas de la alta cultura. Cerré la revista y el mundo real volvió con toda su estupidez. Una estupidez insondable, claro. Si alguien sabe dónde está la salida, le ruego información. Mientras tanto, vida, amor y arte. No hay otra cosa.

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