Perdedor

Tiene razón Carlos Boyero cuando afirma que a Woody Allen se le nota que no le interesan demasiado los personajes de su última entrega, Blue Jasmine. Hay que estar muy perdido para que alguien se interese (en un sentido empático) por alguno de esos personajes que con tanta finura y elegancia nos muestra Allen. Pero como director y escritor, ¡vaya si se interesa! Woody Allen ha dibujado una galería misérrima del ser humano occidental, porque todos ellos suponen, cada uno con su nivel de intensidad y responsabilidad, un retrato esencial de la incapacidad para formar su identidad, hablan de su escasez cuando no de su  bancarrota moral, del vacío sideral de sus verdaderas emociones, de su falta de empatía con los demás o de la carencia continuada para resolver sus problemas o urdir concienzuda y responsablemente sus destinos. No hay duda de que cada uno de los hechos que conforman nuestro pasado son una materia indeleble y respondemos con nuestra propia vida de ellos, pero de esto no debe inferirse que seamos incapaces de gestionar nuestro presente y nuestro futuro, a menos que… a menos que un complejo de inferioridad te condene, una ambición desmedida te condene, una enloquecida apuesta amorosa te condene, un engaño previsible te condene, tu padre, tu madre o tu familia entera te condenen o tu propia e incontrolable idiotez te condene. Es entonces cuando has perdido. Y esto es lo que les ocurre a todos y cada uno de los personajes del film de Allen, que todos pierden. Pero más allá, cuando las horas van cayendo después de ver Blue Jasmine, sus fotogramas comienzan a estallar como bombas de racimo retardadas y entonces el espectador reflexivo se encontrará con que Woody Allen ha firmado un retrato coral y trágico de la angustia humana cuando se es un perdedor, en algún caso casi me atrevería a apuntar que perdedores por decisión propia. Unos seres que no nos emocionan, que no nos transmiten ningún valor ejemplar y que a pesar de ser perfectamente reconocibles nos resultan de principio a fin ajenos. No los juzgamos, no decidimos si son culpables o inocentes y por eso no sentimos ni un gramo de compasión por ellos. Y es aquí donde radica la sutileza del discurso de Woody Allen: ¿cómo podemos convivir, cómo hemos podido convivir con este tipo de personas, nosotros, que no somos como ellos? Pero, ¿estamos seguros de que no somos como ellos? Existe una muy delgada línea ética y estética que creemos no sobrepasar nunca. Pero ¿es esto cierto? ¿Acaso no nos permitimos con una mano lo que otra rechaza? ¿No hacemos por un hijo lo que denunciamos socialmente? ¿No proclamamos recortes y dureza en la economía siempre y cuando no se trate de nosotros? ¿Acaso no es nuestro desentendimiento o nuestra pereza, lo que nos condena al fracaso? ¿No justificamos en los políticos de nuestra cuerda los comportamientos y los hechos que denunciamos sin pudor en quienes no son nuestros afectos? Sea como fuere, hay algo en Blue Jasmine, además de su valor cinematográfico, que merece la pena recordar y es que siempre reconoceremos a un perdedor porque nunca hace las paces con el pasado.

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