Mercado

Durante una reciente estancia, más escasa de lo que me hubiera apetecido, en la muy burguesa, afable y superficialmente conocida Viena, he tenido la suerte de visitar, en el Kunsthistorisches Museum, una concisa exposición sobre uno de los más importantes pintores del siglo XX y XXI: Lucian Freud, nieto de Sigmund Freud. Me quedo antes con su luz que con su color, con sus escorzos y ambientes que con algunos de sus modelos —no soporto el derramamiento de lípidos; a cambio, me apropiaría sin dudar de este Interior / Autorretrato— y, sobre todo con esas pinceladas largas y profundas que otorgan al cuerpo, al mirar y al ser una expresión múltiple y retorcida cuyo conjunto me ha hecho identificarme con el pintor y, quizá por ello, también me ha hecho sentirme a salvo, como esa sensación salvífica que acaso sería mejor definir como certeza y de la que hablaba Thomas Bernhard en El sótano: la contraposición como fundamento de la felicidad. Además, creo que ciertas descomposiciones, algunas fealdades y muchas contradicciones adquieren en mi cerebro una mayor categoría de belleza que los caminos ingenuos e insustanciales por los que transitan, pareciera que bastante acojonados, una buena parte de la pintura más actual. Es en los defectos de los demás cuando mejor me comprendo y son sus virtudes las que me ponen en estado de alerta. Y así, los retratos y autorretratos de Lucian Freud me conmueven tanto como me provocan. Tuve una sensación similar con Francis Bacon, cuando visité en El Prado la magnífica exposición comisariada por Manuela Mena. En ambos artistas hay algo que nos lleva al límite de lo humano con lo animal, aunque con Freud la visión sea menos agresiva. Ahora, un tríptico de Francis Bacon, en el que retrata al propio Lucian, ha alcanzado en el mercado una cifra incomprensible para casi cualquier mortal. De un lado no es casual que Francis Bacon retratara a Lucian Freud, pues consideraba a sus amigos como héroes y sabía que el daño que pudiera infligirles por el retrato nacido de su imaginación, sólo ellos sabrían perdonárselo. De otro, la angustia del ser humano, la halitosis del poder y la riqueza amoral que Francis Bacon y, en parte, Lucian Freud denunciaran y reflejaran en sus obras siguen sin ser aplacadas. Al contrario, el mercado, el verdadero gran hacedor del arte, se alimenta tan ricamente de esos productos que lo critican y sigue engordando, continúa con paso firme su camino triunfante hacia la morbidez infinita.

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