Gas

Ya sabemos que todo lo sólido acaba por desvanecerse en el aire (Karl Marx y Berman Marshall mediantes) y que el perfil frágil de nuestra identidad es el sujeto de nuestra líquida modernidad (Zygmunt Bauman en concreto y Manuel García Rubio —y hace poco también Muñoz Molina—, literariamente hablando). Lo que no sabemos bien, atizados por el maelstrom cotidiano, es lo que está sucediendo ahora. Aunque no creo que andemos muy descarriados si aventuramos que este estado social, político y económico de vaporización generalizada, cuando no de sublimación, está comenzando a depositar una bruma pertinaz, incolora e inodora, sobre nuestras formas de entendimiento e interpretación del otro, del mundo y de nosotros mismos. Se caracteriza este vapor, en primer lugar, por su plácida adaptación al cerebro de cada individuo, sin resistencia e incluso con alguna que otra admiración, sobre todo cuando es escasa la capacidad crítica, y por supuesto, cualquiera que sea la extracción socio-económica del depositario. Y, en segundo lugar, por su difícil erradicación. De la primera característica valgan por el momento —esto no es ninguna tesis, tan sólo una intuición—, dos hechos que no hace mucho tiempo pasarían por insospechados y, por tanto, improbables, pero que la actualidad nos muestra hora a hora en la bandeja informativa. El primero es que los pobres del primer mundo ya han aceptado serlo y algunos, en el colmo de su delirio, aseveran muy circunspectos que no tienen motivo de queja pues ellos mismos han optado por una profesión que les cumple su vida, a pesar de las penurias. El segundo anuncia cómo esa masa quebrada que es hoy la burguesía de nuestra sociedad, se cuece en su propio horno lenta pero confiadamente para acomodarse y mantener el nuevo lema de la casa: «Quédate como estás». Unos y otros no sólo han claudicado en sus demandas de mejora social y económica, sino que además se han quedado huérfanos de medios para organizar siquiera una mínima confrontación que les ampare. Como mucho algunos disponen de sacos terreros para protegerse de la inundación, aunque temo que la previsión del temporal no vaya a apaciguar sus incertidumbres. En definitiva, una sociedad (tal vez ya vaya siendo mejor decir unos individuos)  que está en vías de asumir una filosofía más propia del budismo —recuérdese la inscripción de aquella fuente del templo que decía «confórmate con lo que tienes»—, y que se dispone a abandonar los valores que conformaban nuestro bienestar y prosperidad, como si ahora éstos fueran quimeras, ensoñaciones o utopías para adolescentes.

Pero ¿qué es lo que ha hecho posible este siniestro social y esta intemperie individual que nos inculpa, nos aísla y nos deja inermes ante esa hidra, ese factótum que todos mencionamos y nadie ve? No lo sé, pero dado que las instituciones, los poderes y hasta los intelectuales nos han abandonado, sospecho que esta bruma que se abate sobre nuestras maltrechas identidades, insuflada por el incremento de la temperatura neoliberal a la que se van sumando sin pudor las potencias y sus poderes emergentes, será el nuevo aire sin forma definida ni cohesión que ahorme nuestra parálisis durante las próximas décadas del siglo XXI. Se necesita un Hércules que corte de un tajo las siete cabezas del monstruo, aunque me temo que los héroes también han dimitido. ¿O quizá piensen que los monstruos somos los propios mortales? Ponga un poeta en su vida. No se arrepentirá. «Nunca agradeceremos / bastante a tu belleza / el habernos salvado / otra vez del diluvio;», ¿recuerdan?

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